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La ‘generala’ de Ortega en Nicaragua

Hace más de cinco meses que el líder sandinista Daniel Ortega retornó al poder en Nicaragua, tras 16 años de ausencia. Desde entonces, ninguna decisión se toma en el país sin la aprobación de la primera dama y esposa de Ortega, Rosario Murillo, quien por decreto presidencial se ha convertido en una especie de ‘superministra’ y en el personaje más temido del gobierno.

24 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Murillo, considerada una mujer hábil, destacada por algunos por su poesía erótica y estrambótica; por los numerosos abalorios con que se adorna y por su devoción a Sai Baba (controvertido gurú indio que predica la regeneración espiritual de la humanidad), ha dejado entrever en este corto lapso a la opinión nicaragüense que en este segundo mandato de Ortega, en el que todo está bajo control, al estilo de la revolución bolivariana de Hugo Chávez, es ella la que decide quién habla, quién se queda y quién se va.

“Ella es la que gobierna de hecho”, dice Danilo Aguirre, abogado y director del periódico nicaragüense El Nuevo Diario. Después de Violeta Barrios de Chamorro, presidenta entre 1990-1996, ninguna mujer en Nicaragua había jugado un papel tan importante.

28 años de matrimonio Murillo, que gusta vestirse de tonos pastel y es vegetariana, se unió a Ortega hace casi 28 años. Con él ha tenido seis de sus ocho hijos.

Luego de la victoria, en el 2006, la estratega de las dos últimas campañas electorales de su marido –en el 2001 perdió frente al liberal Enrique Bolaños– pasó a dirigir el Consejo de Comunicación y Ciudadanía, un apéndice de la Presidencia que Ortega creó por decreto a dos semanas de su llegada al cargo.

Ese Consejo, cuya jefatura asumió la Primera dama, se encarga de la política de comunicación y maneja los fondos de la publicidad estatal: casi cinco millones de dólares.

Los directores de los medios más importantes aún no saben muy bien cómo se distribuirá ese presupuesto. Lo que sí ha quedado muy claro es que en este segundo round del sandinismo ningún funcionario de alto rango abre la boca sin la autorización previa de la ‘compañera Murillo’, como la llaman todos, incluido el presidente Ortega.

Y quienes se atreven a saltar por encima de ella, se exponen a ser despedidos, como le ocurrió a la directora del Instituto de Cultura, Margine Gutiérrez, separada del cargo un día después de ser entrevistada por un periódico local.

En los más de cinco meses de gobierno, al menos siete funcionarios de alto rango –cinco de ellos mujeres– han sido destituidos de sus cargos sin ninguna explicación del mandatario. En los pasillos se rumora que detrás de todo está la mano de Murillo. Y como prueba, se esgrime que algunos de los remplazantes son cercanos a la Primera dama.

La portavoz presidencial La omnisciencia de Murillo se siente en todas las actividades del gobierno.

En las ruedas de prensa no solo oficia como maestra de ceremonias, papel que asumió desde las campañas electorales, sino que muchas veces es ella misma quien responde las preguntas que se le hacen a su marido.

“‘La Chayo’ (apócope de Rosario) a veces, inclusive, interrumpe a Ortega en sus respuestas”, dice un periodista que cubre al mandatario. Y un Ortega callado y sereno la deja hacer.

En mayo, cuando se celebró el natalicio de Augusto Sandino, el héroe antiimperialista de quien se jacta de ser sobrina-nieta por el lado materno, informó sobre el lanzamiento de los programas Hambre Cero, como el de Lula en Brasil y Luis Eduardo Garzón en Bogotá, y de los alcances del pro-grama de alfabetización.

En su afán de protagonismo, Murillo ha tenido roces con personajes del sandinismo, como el alcalde de Managua, y con el legendario guerrillero, Tomás Borge, fundador del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional), designado embajador en el Perú. Borge, de visita en Managua, ha reconocido que dentro del partido de gobierno hay divisiones, y que una de las tendencias la encabezan Ortega y Murillo.

Como nadie lo habría imaginado en los 80, Murillo ha alineado la política de Ortega con figuras como el cardenal Miguel Obando y Bravo, líder de la iglesia católica que ha jugado un rol decisivo en la vida nicaragüense en las últimas tres décadas, y quien fue calumniado en los 80 por el régimen sandinista de Ortega, que propugnó una ideología anticlerical.

En los últimos años, la pareja Ortega-Murillo mantiene un discurso opuesto al de los 80. Profesan el catolicismo, al igual que la mayoría de los nicaragüenses, están a favor de la familia tradicional y se manifiestan en contra del aborto.

El año pasado, en una jugada clara para congraciarse con la Iglesia y lograr votos, consiguieron que se borrara de las leyes, a través de su bancada en el Congreso, la figura del aborto terapéutico, presente en la Constitución nicaragüense desde finales del siglo XIX.

Y los domingos, es casi una escena común verlos comulgar junto a su familia en la catedral, en el nuevo centro de Managua.

Obando y Bravo, oriundo del mismo pueblo de Ortega, fue quien los casó en septiembre pasado, meses antes de las elecciones. Hoy es un personaje clave para el gobierno de Ortega.

Hace poco, en medio de una polémica, Obando y Bravo fue nombrado director del Consejo de Reconciliación, otra instancia creada por el dedo de Ortega, desde su casa en Managua, una fortaleza donde ha funcionado la Secretaría del partido, ahora la Presidencia, y el despacho de la poderosa Rosario Murillo.

El periodista Aguirre sostiene que el poder de Murillo es a todas luces ilegal, porque las leyes nicaragüenses inhiben de ejercer cargos públicos a parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad y el segundo de afinidad con el servidor que los nombra.

Secretaria de Chamorro “Lo que está ocurriendo es inconstitucional”, dice escandalizado el veterano periodista, quien conoce a Murillo desde la época en que era secretaria de Pedro Joaquín Chamorro, el director mártir del diario La Prensa, asesinado en 1978 por la dictadura somocista.

Aguirre recuerda que muy distinto fue el papel de Murillo en los 80, cuando estaba dedicada a la cultura. El protagonismo de Murillo en el gobierno actual es algo que habían advertido los reconocidos escritores Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez, funcionarios del régimen sandinista en los 80 y hoy enemistados con la ‘Chayo’.

En distintos momentos, los ha llamado “depredadores” y “traidores” de la revolución, lo mismo que a la reconocida escritora Gioconda Belli.

“El partido sandinista está en manos de Ortega y de su mujer, Rosario Murillo (…) quien tiene absoluta influencia sobre Ortega”, dijo Ramírez, ex vicepresidente de Nicaragua, al diario Vanguardia, de España, en noviembre pasado. Mientras que Cardenal, a quien Murillo hizo la guerra en los años en que el poeta estuvo a cargo de la cultura, dijo a un medio chileno, también previo a las elecciones, que prefería votar por Monteale-gre (Eduardo, el candidato de la derecha) y no por la “mafia” que dirigen Ortega y su mujer.

Los adversarios de Ortega explican que Murillo ejerce tanto poder sobre Ortega porque estuvo de su lado en 1998, cuando fue acusado de violación por Zoilamérica Narváez, hija de Murillo e hijastra de Ortega.

En esa ocasión, cuando el escándalo se ensañaba con el otrora guerrillero, ante la mirada de sus seguidores y opositores, Murillo cerró filas en favor de su marido y declaró que su hija estaba loca.

“Por eso ahora se cree que Daniel le está pagando el apoyo que le dio en ese momento clave; que le está pagando la factura”, dice Aguirre.

Cuestionado por los poderes cada vez más ilimitados de su esposa, Ortega, ha dicho que su gobierno quiere romper con el machismo y darle más participación a la mujer.

Una afirmación poco coherente con su práctica política. Solo en el 38 por ciento de los cargos importantes hay mujeres, según un estudio del diario La Prensa. Con ocasión del Día de la mujer, Murillo dijo algo que tal vez explique un poco las expectativas de su poder: “En el siglo XXI, que es, indudablemente, el siglo de las mujeres, vamos a brillar con nuestra propia luz… Con libertad y sabiduría; con fortaleza y responsabilidad; con aplomo y generosidad”.

‘‘El partido sandinista está en manos de Ortega y de su mujer, Rosario Murillo (…) quien tiene absoluta influencia sobre Ortega.

Sergio Ramírez, escritor y ex vicepresidente de Nicaragua.