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Fiebre de oro afecta a Quinchía

El brazo fuerte del hombre que sujeta el lazo separa la vida de la muerte en el oscuro vacío rumbo a las entrañas de la montaña. Ese descenso sin arneses ni poleas de seguridad es sólo el inicio en la jornada de miedo que cada día, buscando pepitas de oro del tamaño de un grano de arena, cumplen unos 100 mineros.

23 de junio 2007 , 12:00 a.m.

El último bajará a fuerza de pulso por la gruesa soga. Ya en tierra firme, a 8, 10 o 20 metros de profundidad, sin cascos de protección, encorvados o a rastras, avanzan por una red de túneles bajo las montañas de la vereda El Callao, un caserío de 39 familias, en zona rural de Quinchía (Risaralda).

Son esas condiciones de trabajo por las que el alcalde de Quinchía, Jorge Uribe, alerta sobre el riesgo para estos mineros, muchos provenientes de las 26 veredas que comprenden el corregimiento Irra. También dice que las excavaciones ponen en peligro la vía Panamericana, que comunica al Eje Cafetero con Medellín, y la escuela de El Callao (Ver Escolares en riesgo).

Teme que se produzca una tragedia como la de la mina Pescadero, a cielo abierto y a orillas del río Cauca, donde murieron 51 mineros el primero de noviembre de 2003, cuando una pared se desplomó y los atrapó entre toneladas de arena y agua.

“Han sido cerradas y en las noches vuelven a reabrirlas para su explotación.

Comenzaron a hacer socavones debajo de la cancha de fútbol y la escuela de El Callao. Se derrumbaron viviendas y la escuela. Esta fue reubicada y otra vez la están socavando. Se mandó a cerrar la mina y cuando no hay policía siguen excavando”, dice el secretario de Gobierno de Quinchía, Carlos Trejos.

Condiciones de pesadilla “Si nos impiden hacer esto nos condenan al hambre. No hay empleo y es todo lo que podemos hacer por aquí”, dice Osiel García, de 51 años, que ha dedicado la mayor parte de su vida a este oficio.

Su hijo Wilmer parece confirmar este destino. “Presté servicio militar con la ilusión de encontrar empleo teniendo tarjeta. No hubo nada y tuve que regresar. Por lo menos no nos vamos en blanco en el día”, expresa, antes de entrar por estas galerías que parecen tumbas para vivos.

Si la bajada sujetos a un lazo tiene sus riesgos abajo la situación no es mejor. Se iluminan con linternas de mano que arrojan una débil luz amarilla.

En un espacio un poco más amplio varios hombres permanecen encorvados mientras llenan bateas con tierra y arena. La pasan por agua y la baten varias veces. La tierra sale con el agua. En el centro anguloso, entre la arena van quedando minúsculos granos de oro.

Casi todos tienen una historia qué contar. Luis Vélez dice que está vivo de milagro. Es un sobreviviente de la mina Pescadero. Alcanzó a correr cuando vio que se venía la montaña de arena, pero vio como su amigo Juan Trejos quedó sepultado.

“Esperé unos días pero mi hijo de meses no daba espera para comer. Regresé.

No hay salida”, expresa mientras se adentra por una red de túneles, que según refieren, se internan 150, 200 y más metros. Son estrechos, sin ventilación ni arcos de soporte.

“No podemos pensar en nuestros miedos. Y si pasa un accidente es cuestión de esperar y la obligación nos vuelve a meter al túnel”, afirma Hernán Trejos, quien muestra las cicatrices que le dejó la caída de una roca. “Desperté a los tres días. Son permanentes los dolores de cabeza. Pero tengo un hijo de 14 y otro de 9 y aquí sigo. En el campo no nos dan trabajo. Aquí uno se levanta un ‘tomín’ y ahí está la comida”, agrega.

En un buen día, después de sacar del fondo unos cinco bultos de tierra y lavarlos en la caverna o en el río Tarria, que pasa cerca, grano a grano, se reúne un ‘tomín’ de oro, equivalente a gramo y medio, por el que reciben 20.200 pesos.

“No nos vamos en blanco. Algo sale de acá todos los días. A veces son 12.000 o 7.500 pesos. Todo es duro acá abajo, pero más duro es llegar a casa sin nada. Saludar al hijo y no tener qué darle eso duele más que la cintura por estar escarbando la tierra”, dice Rodolfo Gallego, mientras guarda unos granos de oro mezclados con arena en una pequeña bolsa. Esta vez llegará orgulloso a su casa.

33 niños en riesgo.

El geólogo Jaime Guzmán Giraldo, de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), denuncia que una excavación a siete metros de la escuela de El Callao desestabilizó la ladera próxima al plantel. Esto pone en riesgo la vida de los 33 alumnos que asisten a la edificación. Guzmán advierte que podría ocurrir el deslizamiento de una masa de 3.000 metros cúbicos.

Este riesgo plantearía una reubicación similar a la de hace dos años. Según Guzmán, los túneles que han encontrado carecen de medidas de seguridad y es un riesgo adentrarse en ellos.

En el Callao y en general el corregimiento Irra, que tiene 6 mil habitantes, se vive del oro pero esa economía ha perdido dinámica porque el recurso está agotado.

“En el 2000 eran semanas de 700 mil y un millón de pesos. Esto parecía una feria diaria. Venían comerciantes de todas partes”, recuerda Rubén Garrido, que llegó de Puerto Berrío (Antioquia) atraído por la fiebre del oro y .

ahora prefiere un ingreso más estable con una pequeña tienda.

‘‘ En cercanías de la vía Panamericana se hallaron cinco bocas de túneles. Tres están activas y en ellas trabajan unas 100 personas. No se pudo establecer la ruta de los túneles”.

Jaime Guzmán Giraldo, geólogo de la Corporación Autónoma Regional.