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Filosofía del trasteo

Busqué en los Diálogos, de Platón; escarbé textos de Schopenhauer y ya más actualizado y presente, consulté reflexiones de Fernando Savater, Ciorán y Humberto Maturana; de los colombianos Fernando González y Estanislao Zuleta, y del chino Lin Yutang: ninguno ha indagado en el valor filosófico de un trasteo.

22 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Por eso aquí, frente a las cajas en las que están empacados los elementos supérstites de la morada entrañable que abandono con nostalgia, pienso que la vida nos enseña lo que queramos aprender. De este acto molesto, incómodo, desgarrador y cansón que consiste en mudarnos de un sitio a otro, he terminado sacando más enseñanzas que de algunas teorías enrevesadas y muchos cuentos de management.

Vienen bien en este momento de mi vida. Aprendí la lección que no soy por lo que tengo y que entre más posea podré aumentar mi precio y encarecer el falso aprecio, sin que medre ni disminuya mi verdadero valor. Por eso quiero compartir esta esencia personal con aquel lector, aquella lectora, que este fin de semana o algún día, meterá sus cosas en un vehículo extraño y dejará atrás, desprendida en un espacio que fue suyo, una parte de su historia terrena.

Primera conclusión: tenemos más de lo que podemos disfrutar, de lo que realmente nos sirve, de lo que necesitamos para vivir. Más libros, más ropa, más chécheres y perendengues, más cachivaches, aparaticos, papeles y pedazos de algo, que arrumamos confiados en que algún día los vamos a necesitar.

Para donar los libros, mi patrimonio más querido y mi inversión más constante, me apliqué un principio de realidad y de límite: lo que ya leí, consulté u ojeé, cumplió su ciclo conmigo. Tal vez sea hora de desaprender, de escuchar mi propia voz y de que aquellos magníficos textos que llenaron mis horas y mi alma nutran con sus inquietudes a otros espíritus, ojalá jóvenes, mejor infantiles, como cuando yo comencé la aventura de la palabra.

La mudanza enseña que el riesgo más grande de las posesiones está cifrado en el apego. Personas y objetos nos hacen sus esclavos, muchas veces con nuestro consentimiento entusiasta o nuestra vergonzosa inconsciencia. La cultura consumista nos ha retornado a adorar Becerros de Oro, como los automóviles, para no hablar del extenso prontuario de las cosas inútiles.

Haga el ejercicio de examinar hace cuánto ni siquiera toca y mucho menos sabe lo que tiene arrumado, empacado, encaletado. O lo que tiene ante sus ojos. Desprenderse es una forma de colmarnos.

La vida pasada se aparece como un duende, en la obligada revisión de los trasteos. Volvemos a encontrarnos con otro ser que fuimos nosotros mismos, una persona muchas veces tan distinta y que tomó caminos tan insólitos, que ha terminado siendo un forastero en nuestros sueños.

Las personas deberíamos mudarnos con más frecuencia, refractarios al espejismo de la estabilidad que muchas veces está en el camino de la misma muerte. El trasteo es una lección para la mente, que también debe dejar atrás ideas anquilosadas, fijadas en el estante de nuestros prejuicios, talanqueras que todos los días contemplamos y obedecemos, incapaces de lanzarlas al sano abismo de la incertidumbre. También, como en la mudanza, debemos empacar de vez en cuando en una caja salvadora sentimientos que son más bien escollos, y mandarlos a algún lugar que no sea nuestra vida futura, nuestro recodo en el porvenir.

Ya recogido en el montoncito de aperos que hombres rudos van tirando en un camión tapizado de cobijas viejas, mi trasteo es simplemente la vida que he decidido continuar: sencilla y ligera como la del viajero que soy. Ha llegado la hora de transitarla solo con lo necesario. Hago el curso para una mudanza más difícil: trastearme del pomposo edificio de la arrogancia al domicilio franco de la humildad.

Periodista .

"Tenemos más de lo que podemos disfrutar, de lo que realmente nos sirve, de lo que necesitamos para vivir”.