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Habemus TLC

22 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Por fin, como en los a veces complicados cónclaves p ara elección del Sumo Pontífice, ha salido humo del Congreso, aprobando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. No humo blanco. Apenas grisáceo, como epílogo de un interminable debate en el que se agotaron las tediosas intervenciones que nada aclararon y sí contribuyeron al mar de dudas, confusión, interrogantes no resueltos. Epílogo melancólico, de pupitrazos. Le ocurrió al tema lo que a los asuntos más importantes sometidos a la sabia consideración del Legislativo, cuya discusión se aplaza indefinidamente porque requieren tiempo para un estudio juicioso y una votación consciente.

Por fin, cuando esta se decide, es ya bajo la presión angustiosa del cierre inmediato del período legislativo, acentuado por la prensa que reclama y la opinión que desespera.

Ha sido larga y complicada la gestación del tratado. Por una parte, se trata de material vital para el presente y el futuro de la nación. Por otra, gremios y sectores de la producción, del comercio internacional, de la actividad económica en general, difícilmente hallan coincidencias. Lo que a unos beneficia, a otros perjudica. Los negociadores enfrentaron una contraparte, empeñada como la nuestra en obtener ventajas, que en determinados renglones resultarían catastróficas para Colombia, en otros perjudiciales y raras veces benéficos. Es lo normal. También los nuestros buscaron los mismos objetivos. Lo importante es que el balance resulte equilibrado y que los aspectos cruciales respondan a ese equilibrio y nos sean, así sea ligeramente, favorables si no se logra nada mejor.

Mucha gente se pregunta: dado el desbalance de potencial económico de los dos países, ¿era indispensable el Tratado? Para bien o para mal, sí lo es.

La tendencia incontenible del mundo contemporáneo arrastra hacia una globalización, sin la cual los países pequeños o en incipiente desarrollo están condenados a un ostracismo mortal. Colombia, Ecuador y Perú tuvieron el acierto de adelantar una negociación solidaria, lo cual elevó la fortaleza del grupo, identificado en la mayor parte de las materias de fondo, pero discreparon en algunas de particular significación para cada país y al final se separaron para el trámite final, pendiente aún de las decisiones de su contraparte en lo que a Colombia se refiere, frente a un país en el que los factores electorales pesan más que la dialéctica y no pocas veces que la situación de un país débil, aliado con un gobierno que entra de lleno en la controversia del sufragio.

Mal momento para nuestro país, afectado como lo está por dañinas controversias internas y la acción devastadora de una oposición que lleva mensajes dañinos, utilizando el inagotable arsenal de una ‘parapolítica’ de explosivos contenidos y manipulaciones que pesan poderosamente contra los intereses nacionales, no solo del Tratado sino de la ayuda económica para la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.

Sin presunciones de economista, el cuidadoso estudio del texto del que será el TLC, si la soberbia y el poder permiten su aprobación, parece equilibrado y razonable en su mayor parte, pero deja abierto un interrogante dramático y es el relativo al sector agrario, amén de otros con futuro incierto. Aterra la avalancha de los excedentes agrícolas, por otra parte subsidiados, que los Estados Unidos pueden volcar sobre nuestro país. Es aquí donde las dudas emergen con mayor aliento. En artículos de insuficiente producción actual, la invasión gringa puede resultar aniquilante. Se coparía la insuficiencia con creces, lo cual arruinaría a nuestros campesinos bajo el alud extranjero.

Los demócratas, adversos a la concepción del Tratado por razones políticas, hallan en él aspectos que, bajo el peso de informaciones tendenciosas las más de las veces, están produciendo ya dilaciones y riesgos de rechazo.

Asunto delicado, sobre todo si las ventajas arancelarias que tanto nos han favorecido fenecen sin prórroga. Aquí es donde el humo, que pretendió ser blanco, no solo aparece grisáceo sino como densos nubarrones