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Richistán, la tierra de los más ricos de E.U.

Viven aislados del resto de los norteamericanos, entre countries exclusivos, aviones privados, hoteles de lujo, escuelas prestigiosas y trabajos de élite. Y todos, con cientos de millones de dólares cada uno, conforman un país dentro de otro. Conforman Richistán.

22 de junio 2007 , 12:00 a.m.

El pionero fue, mucho tiempo atrás, John D. Rockefeller, el primero en este país que acumuló una riqueza privada superior a los 1.000 millones de dólares. Pero su fortuna actualizada rondaría hoy los 14.000 millones de dólares, es decir, menos de lo que vale cada uno de los cinco hijos de Sam Walton, el fundador de la cadena Wal-Mart. O Bill Gates. O tantos otros más.

“Hubo un tiempo en que la vida paralela de los ricos era apenas una aldea con unos pocos; ahora es una nación”, dice el periodista del diario The Wall Street Journal Robert Frank, quien escribió el libro que dio nombre al fenómeno: Richistán. Un viaje a través del boom de la riqueza norteamericana y las vidas de los nuevos ricos.

En 1985, solo 13 estadounidenses tenían o valían más de 1.000 millones de dólares; hoy son más de 1.000.

En rigor, solo durante el 2005 se registraron 227.000 nuevos millonarios en E.U. Aunque, claro, tener un millón de dólares no califica para ingresar en la casta que describe Richistán. El “piso mínimo de entrada” para moverse en esos círculos ronda los 10 millones de dólares.

Pero vale aclarar algo más. Los verdaderamente súper ricos o megarricos –términos con que los categorizan The New York Times, Times, Forbes, The Washington Post y The Wall Street Journal, entre otros medios de comunicación–, gastan eso y más en “pequeñeces”. Es lo que pueden destinar al mantenimiento de una residencia en el Club Yellowstone, por ejemplo, o de sus perros de colección.

Ellos tienen, además, su propia y exclusiva cobertura de salud, con “médicos conserjes”, su propio sistema de transporte aéreo, con aviones Lear Jet o Gulfstream y pistas de aterrizaje privadas en todo el mundo. Eso tiene sus costos y secuelas, también. Frank cuenta, por ejemplo, que un niño de 11 años, hijo de uno de los súper ricos, rogó volar en un avión de línea como regalo de cumpleaños. “Quería volar en un avión grande junto con otras personas. Quería ver cómo es un aeropuerto por dentro”, explicó.

Pero tampoco cualquiera entra en Richistán, aunque tenga muchísimo dinero.

No se trata de billetes, sangre o herencia, ni de ser nuevos ricos para ser aceptado en Nevada o Palm Beach. Los más respetados son los que llevan años, quizá décadas, acumulando liquidez por méritos propios. En otras palabras, el genio de Microsoft, Bill Gates, es el ejemplo por seguir.

Aunque lejos de las atiborradas cuentas bancarias que exhibe el genio de Microsoft, Richistán florece. Los ingresos promedio, por ejemplo, de los presidentes de 386 de las 500 compañías que integran el índice Standard & Poor’s 500 rondaron los 8,3 millones de dólares el año pasado, más otros 500.000 dólares en “compensaciones” que no incluyen, por ejemplo, los viajes en aviones privados para fines privados.

El ex mandamás de la cadena de hoteles y resorts Starwood, Steven Heder, recibió por ejemplo 866.178 dólares de la compañía para cubrir sus gastos de vuelo entre su casa, en Atlanta, y las oficinas centrales del grupo, en Nueva York. Pero está lejos de ser un caso curioso, mucho menos controvertido.

Los richistanos –¿se les llamará así?–, tienen además sus propios códigos.

Usar un reloj Rolex o un Mercedes-Benz SLK está lejos de encarnar un símbolo de estatus. Todo lo contrario, son una prueba de que su dueño es un “opulento”, la palabra en código que los multimillonarios usan para denotar a los que “realmente no son tan ricos”.

Dicho de otro modo, según los códigos de Richistán, un “opulento” se mueve en un Mercedes-Benz con chofer. Pero un “súper rico” conduce, él o ella, su Rolls-Royce o su Maybach alemán, que en Estados Unidos cuesta de 367.000 dólares para arriba. O se fija qué hora es en su reloj diseñado por el suizo Franck Muller. ¿Valor? Hasta 600.000 dólares, aunque sean pocos publicitados para que, justamente, no los compre cualquiera.

El “problema”, si se quiere, para muchos de ellos es que no pueden “parar” de ser cada vez más ricos.

En 1985.

solo 13 estadounidenses tenían más de 1.000 millones de dólares; hoy son más de 1.000. En el 2005 se registraron 227.00 nuevos millonarios.

CADA VEZ MÁS RICOS..., PERO INSACIABLES.

El fundador de Oracle, Lawrence Ellison, por citar un caso, atesora unos 16.000 millones de dólares. Y tendría que gastar 25 millones de dólares por semana, solo para evitar enriquecerse más.

Y puede decirse que lo intentó. Pagó 100 millones de dólares por su mansión de estilo japonés en California. Pero eso no cuenta porque, en definitiva, es una inversión que sigue dentro de su patrimonio. En rigor, debería gastar 150.000 dólares por hora en cosas que no le den retornos, como comidas o fiestas. Quizá podría pedirle guía a París Hilton, la heredera de la cadena de hoteles e integrante del jet-set, despilfarradora por excelencia.

Pero, aún así, los richistanos también temen perder su estatus, retroceder, empobrecerse, sufrir. Así, cuando Frank les preguntó a muchos de ellos cuánto dinero necesitarían para sentirse seguros, apuntaron a una cifra que era casi el doble de lo que ya tienen. Cien, mil o diez mil millones de dólares. Lo mismo da.