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Voto ultraconservador

Lo primero que democratiza a las sociedades es la aceptación de los cambios en su vida cotidiana. A veces pasa mucho tiempo para que las costumbres sean aceptadas por la moral dominante y acogidas por el espíritu de las leyes. A las costumbres les pasa lo que a las ‘malas palabras’: son usadas con regularidad y por sectores diversos, pero las academias y los diccionarios tardan en aceptarlas como buenas, es decir, como palabras necesarias.

21 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Una sociedad en vías de democratización no les teme a la libertad y a los derechos de los demás. Tampoco les pone trabas a quienes buscan desde las instituciones la aceptación de libertades y derechos ajenos. No se requiere ser homosexual para defender los derechos de los homosexuales, ni mujer, ni negro, ni indio, ni desplazado para consagrar en las leyes los derechos de las mujeres, los negros, los indios y los desplazados. Cualquier esfuerzo por impedir lo que es ajeno a la moral de nuestras propias costumbres es una vileza.

Lo sucedido anteayer en el Senado de la República al proyecto de ley que buscaba conceder derechos patrimoniales a las parejas homosexuales tiene un tufillo a mezquindad democrática. Es un contrasentido, y con contrasentidos de esta clase se envenena nuestra sociedad y se pervierte más esta democracia ilusoria.

Esos 34 votos en contra de una ley que estaba a punto de ser aprobada; esos 34 votos deberían ser enmarcados, con nombres y apellidos. Tal vez un día se sepa que en ese voto se expresaba una siniestra tendencia: hay colombianos de bien a quienes no se les puede conceder legalmente derechos, y colombianos que delinquieron para los que se redactan y aprueban leyes de impunidad.

¿No tienen las parejas del mismo sexo los derechos que la ley pretendía consagrar? ¿No tienen derecho a ser beneficiadas por el ordenamiento jurídico de Colombia? ¿No tienen derecho a ser tenidas en cuenta como parejas cuyas vidas son cada vez más toleradas por la sociedad? Si algo ha ganado la sociedad colombiana en una pequeña proporción es la tolerancia con que se aceptó gradualmente la condición homosexual de hombres y mujeres. La homosexualidad se volvió relativamente visible y los colombianos le bajamos el voltaje a la estigmatización tradicional. En pequeña pero considerable proporción, esta conquista del pensamiento liberal se ha extendido en nuestras grandes ciudades.

Pero lo que la sociedad colombiana ha ganado no lo han conquistado nunca quienes deberían darnos leyes para la convivencia. Lo que nichos importantes de la sociedad han ganado en la aceptación y defensa de los derechos individuales, lo han ignorado las mayorías en el Congreso de la República en decisiones falsamente moralizantes.

Yo no sé cuántos ‘honorables’, entre los 34 que votaron en contra de esta ley, estén dispuestos a votar leyes de perdón y olvido que saquen de las prisiones a socios políticos de criminales que cometieron delitos atroces.

No lo sé, pero me temo que pondrían menos objeciones a una decisión de esa naturaleza que la puesta para tumbar una ley que buscaba la razonable democratización de nuestras leyes