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¿Es usted uno de los locos por la sal?

Si le ponen sobre la mesa una caja de chocolates y una ración de jamón serrano, ¿ante cuál de los dos manjares se le hace agua la boca? Si su paladar disfruta más con lo salado quizá haya nacido de forma prematura y con bajos niveles de sodio (sal) en la sangre, lo cual podría hacerle más susceptible a aumentar de peso.

20 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Es lo que sugiere un estudio de investigadores israelíes que analizaron a 41 niños prematuros y encontraron que cuanto menor era su nivel de sodio sanguíneo al nacer, mayor era el consumo de ese mismo mineral cuando tenían entre 8 y 15 años de edad.

Según los investigadores, de la Universidad de Haifa, el hallazgo sugiere que los niveles muy bajos de sodio en la sangre de los bebés prematuros y recién nacidos parece ser un factor que contribuye al consumo de sodio a largo plazo, un factor de riesgo clave para la obesidad.

“Existen alrededor de ocho estudios que muestran que alguna forma de pérdida o deficiencia de sodio, antes o después del nacimiento, se relaciona con un mayor apetito por la sal al final de la infancia o en la adultez”, según el investigador Micah Leshem, coautor del trabajo.

Entre el salero y la balanza Los israelíes estudiaron el apetito por el sodio de cada niño entre los 8 y los 15, una etapa comprendida entre la infancia temprana y el comienzo de la adolescencia, verificaron si preferían mucha sal en la sopa y azúcar en el té, y les invitaron a que se sirvieran con total libertad los pasabocas salados y dulces dispuestos en una mesa.

Aquellos que habían nacido con niveles de sodio más bajos tomaron el doble de refrigerios salados que los que habían venido al mundo con un nivel normal de este mineral en su sangre. Además, pesaban cerca de 30 por ciento más que otros niños.

Según los investigadores, esto puede deberse a que la evolución nos ha brindado la capacidad de responder a la pérdida de sodio aumentando nuestra avidez por este mineral, aunque reconocen que hacen falta más investigaciones, porque sólo tuvieron en cuenta a bebés prematuros, y no a los de un peso normal.

A partir de la investigación israelí se plantea otra pregunta: ¿Qué puede hacer una persona amante lo salado para controlar su sobrepeso u obesidad a los que posiblemente la predispone su preferencia por este sabor? Para la médica nutricionista Luz García Juan, de Madrid, “además de por factores biológicos, como la inclinación hereditaria por un determinado tipo de alimentación, las preferencias por lo dulce o lo salado las determinan los hábitos alimentarios familiares, lo que se acostumbraba comer en casa cuando éramos pequeños y jóvenes, y nos habituamos a comer”.

“Aunque también influye en nuestras preferencias gastronómicas el estilo de vida, ya que la dieta de quien suele comer en su casa y la de quien lo hace fuera, en bares y restaurantes, difieren bastante”, explica Luz García.

Las apetencias por lo salado a veces se deben a la necesidad de sal del organismo: por tensión baja o falta de oligoelementos. Esta preferencia también obedece a las costumbres alimentarias familiares: aliños excesivos en las comidas o uso frecuente de vinagretas. Esto acaba exigiendo la inclusión de sabores fuertes en las demás comidas.

RECOMENDACIONES Según Luz García, las personas con preferencia por lo salado son muy dadas a picar entre comidas.

Una clave para no atiborrarse de alimentos consiste en caer en la tentación, pero sin pasarse, ya se trate de comidas o bebidas dulces o saladas. Claro está que además de influir en el sobrepeso, el consumo excesivo de alimentos salados tiene efectos perjudiciales en la salud: “La sal favorece la hipertensión arterial y la retención de líquidos”, advierte.

Si se quiere adelgazar, y se tiene apetencia por lo salado y engordante, hay que tener cuidado con ciertos alimentos que contienen carbohidratos pero en ocasiones no son solo salados, como las papas fritas, los aperitivos, las carnes grasosas, los alimentos fritos y las salsas con aceite o mayonesa.