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El conservador del MamBo

Cada mañana, Jaime Pulido, un hombre delgado y tranquilo, de 56 años, cruza una puerta blindada en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo). Deja su saco y se pone una bata blanca, como de médico.

19 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Antes de traspasar otra puerta, mira el estado de una tubería cercana, verifica las chapas, revisa la apariencia general del lugar y escucha atento el ronroneo de las bombas de agua que llega desde atrás de unos muros.

Entonces entra al ‘aposento’ de las 2.350 obras del MamBo, varias de las cuales están en este momento exhibidas en la exposición que muestra buena parte de su colección al público, desde 1960 hasta nuestros días.

Pulido es el conservador del MamBo. El hombre al que las pinturas y esculturas de artistas que son testimonio del transcurrir del arte moderno y contemporáneo colombiano le deben su bienestar.

“Aunque las medidas de control son buenas, no puedo evitar ponerme un poco nervioso antes de entrar –dice en tono sereno–. Hasta en los museos más custodiados han hecho robos y ninguna parte está libre de algo así”. La cara se le pone un poco tensa cuando piensa en los robos que han sufrido otros museos en el mundo. Privilegiado por el arte A sus 19 años, el conservador dejó Ramiriquí (Boyacá), donde vivía, para ir a estudiar en Bogotá, pero aún conserva el estilo callado de los de su tierra. Pulido, hace honor a su apellido. Para manejar sus obras usa guantes de algodón y de hilo. Tiene seis plumeros, igual número de cepillos y varias bayetillas con las que les ahuyenta el polvo, mediante suaves movimientos de sus manos, que más parecen caricias. Y cuando hay que barrer o trapear, él mismo inspecciona que el encargado lo haga de manera apropiada.

“De vez en cuando, paso los domingos para verificar que todo esté bien y en cualquier momento del día voy por las salas de exposición, solo para mirar las obras. Es parte de mi trabajo”, cuenta.

De hecho, su trabajo, para definirlo de una manera simple, consiste en que todas las obras estén bien, lo que, obvio, requiere sumo cuidado.

Cuando llegó al museo en 1971, como vendedor de la tienda de la institución, esta no contaba con más de 140 trabajos artísticos. Luego fue guardasala (ese personaje cuya labor es estar parado asegurándose de que nadie maltrate las obras) y auxiliar de contaduría. Así ha visto cada creación que ha llegado.

“Como mínimo, he tenido contacto con 30 mil obras –calcula–. Hay momentos que son únicos. Abrir el guacal donde llegan es algo emocionante. Recuerdo que en 1983, para la exposición Grandes maestros de los siglos VX al XVIII, en el Hermitage pasaron por mis manos cuadros de Rembrandt, Durero, Tiepolo… Yo los cogía despacio, siguiendo las instrucciones del comisario que vino con las pinturas. Yo puedo tocar lo que otros no”.

Con un ojo educado por 36 años de contacto con tantos artistas, propuestas creativas y por cursos que ha realizado podría dar una visión descarnada del arte. Pero no lo hace: “He visto de todo. Cosas raras que me han dejado sin expresión, pero para mí es tan respetable una obra de Picasso –que es el artista que más me gusta– como la de un colombiano nuevo. Algunas no le gustan a uno, pero pasa el tiempo y luego el artista crece y evoluciona. A todas las obras, así sea una puntilla en un espacio vacío, les tengo un profundo respeto”.

Por supuesto, entre sus allegados hay muchos de los 400 artistas a los que, calcula, les ha estrechado la mano. De todos modos, si se le pusiera a escoger ser como uno de ellos, crítico, curador o, incluso, restaurador, él dice: “Escojo ser conservador. Es una labor que yo no sé si otros envidien, pero ha sido la pasión de mi vida”.

CONSERVADOR POR ENCIMA DE TODO ''Escojo ser conservador. Es una labor que yo no sé si otros envidien, pero ha sido la pasión de mi vida”.

Jaime Pulido, el hombre que cuida las obras del MamBo