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La pasión crítica

19 de junio 2007 , 12:00 a.m.

En mayo del año pasado murió en Bonn (Alemania) Rafael Gutiérrez Girardot.

En un país desdibujado por la falta de crítica, su ausencia cada día es más notoria. Lejos de algunas improntas corrosivas como sus ataques a Octavio Paz, a quien consideraba un poeta “patético sentimental”, o al último García Márquez que, según Gutiérrez, comenzó a “repetirse y la repetición es una forma de agotamiento”; o de Fernando González, al que tildó de ser un intelectual representativo del “sector cafetero-industrial (el greco-vasco-judeo-quimbaya)”, su aparato crítico es una lección de lucidez y rigor en el ámbito hispanoamericano. Era un hombre mordaz, terriblemente irónico, pero también un crítico genial.

Su aporte a las letras españolas es inmenso. En 1958 publicó Ensayo de interpretación, el primer trabajo fundamental sobre la obra de Borges en Europa. Y sus incursiones reflexivas sobre César Vallejo y Antonio Machado son un legado vigente para los amantes de la literatura y la crítica literaria. Su acercamiento al pensamiento y la poesía alemana, principalmente a Nietzsche, Walter Benjamin, Novalis, Georg Trakl, Gotfried Benn, entre otros, sientan medidas intelectuales que Colombia está todavía por reconocer plenamente.

Gutiérrez promovió el “americano universal”, que desecha la visión nacionalista y provinciana, concentrándose en un conocimiento dialéctico: la aprehensión rigurosa de la cultura occidental a la par con una búsqueda creativa de las raíces americanas y su desembocadura en la modernidad. De allí su vehemente admiración por José Martí, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña y Jorge Luis Borges.

Las palabras de Gutiérrez Girardot siguen resonando con enconado esplendor: “En Colombia se ha extendido una actitud anticrítica, cobardemente neutral”.

Y afirma que estos inmensos cráteres culturales se originan “en la maleducación universitaria”. Defensor acérrimo de la universidad pública, consideraba a las universidades privadas en nuestro medio como “fábricas de negocios o, si se quiere, más bien una empresa de sensaciones”.

Amó la polémica en el concepto griego que deviene de polemos, guerra: una confrontación intelectual donde primara la “refutación”. En el país unilateral que estamos viviendo, extrañamos su afilada inteligencia. Con admiradores o detractores, su obra está por encima de prejuicios, y es allí donde Gutiérrez se hace imprescindible para que las nuevas generaciones conozcan su pensamiento. En su exilio, “el filósofo alemán nacido en Boyacᔠdejó una memoria que es necesario reivindicar en su origen, es decir, desde la lectura de su pasión crítica.