Archivo

Una locura llamada Moscú

En Moscú ocurre algo imposible de creer para un bogotano radical y sincero con las carencias de su ciudad: el tráfico es peor que el de la capital colombiana, los conductores son muy rudos y los taxistas, bueno, son como en casi todos lados, solo que un poquito más careros.

17 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Los moscovitas (9 millones en el área metropolitana) lo saben y lo aceptan.

En los mapas que proporcionan en los hoteles la advertencia es clara: “Los conductores son un poco agresivos. Se aconseja utilizar los pasos subterráneos y tener extremo cuidado al cruzar las calles”.

Con los taxistas la recomendación comienza con negociar la tarifa antes de sentarse. Uno de ellos cobró por un trayecto de cinco cuadras, una carrera mínima, 100 rublos, es decir 4 dólares . Muy pocos tienen taxímetro y, lo que es peor, son menos los que tienen el aviso iluminado que dice Taxi. De tal manera que cualquiera puede parar.

Pero para un bogotano toreado en la Avenida Caracas, con todas sus mutaciones (Troncal y Transmilenio), el panorama es de cierta forma familiar.

El tráfico y su caos es quizás la mayor expresión de la transformación que todos los rusos han experimentado en los últimos 15 años, cuando dejaron de ser la gran potencia comunista para convertirse en un país capitalista a medio camino del primer y del tercer mundo.

Capitalismo salvaje Los calles son anchas pero no aguantan el tráfico exagerado de los Ford, BMW, Mercedes Benz, Hyundai, Volkswagen, Bentley, uno que otro Lamborghini Murciélago, y dos o tres Lada de la era soviética. El tráfico de hace dos décadas se quintuplicó.

En Rusia, el capitalismo entró con todas sus bondades y defectos.

La avenida Tverskaya, quizá la más importante de la ciudad y que desemboca a la entrada del Kremlin, podría estar ubicada en Nueva York, París o Chicago, la diferencia es que los nombres de los almacenes están todos en alfabeto cirílico. Por lo demás, los almacenes son los mismos, Louis Vuitton, Zara, Friday’s, Adidas, Guess, Marks & Spencer, Nike, Pizza Hut y el inefable McDonalds, que es omnipresente en toda la ciudad.

Pero es un país que ofrece una ventaja frente a otros. Por el momento la diferencia de clases no es tan notoria. Felipe Gamba, el colombiano que asesoró la adaptación de Betty la Fea en Rusia dice que uno de los cambios que le hicieron fue en el origen de las familias. “No podíamos poner a Betty en un estrato bajo, aquí no es así. Lo resolvimos haciendo que su padre fuera un viejo y leal comunista”.

Fuera de la avenida Tverskaya, todo está por conocer. La sensación de estar en otro mundo se agudiza cuando, a la salida del hotel se puede constatar que el inglés no sirve de mucho, todo es ruso, ruso... o ruso.

Esto quiere decir que, además, todo está escrito en cirílico, un alfabeto que no es como el nuestro, con el agravante de que se le parece. Por decir algo, donde usted ve una ‘R’ es una ‘G’, o donde encuentra una ‘P’, es una ‘R’, la ‘Z’ es un 3 y la ‘N’ al revés es una ‘I’, de tal manera que no siempre lo que usted cree que lee es lo que dice.

Metro catedral Tener en cuenta esto es importante porque, como el tráfico es endemoniado, la mejor opción para movilizarse por Moscú es el metro .

La capital rusa tiene entre sus orgullos lo que podría ser uno de los mejores metros del mundo y, con seguridad, el más bonito.

Cada estación es un verdadero museo y fácilmente se puede recorrer la historia reciente de Rusia visitando las estaciones, especialmente las que rodean el Kremlin, quizás las más bonitas.

Son túneles llenos de mármol, con enormes y luminosas arañas que se multiplican cada dos metros. A los lados, estatuas que recuerdan a personajes como Lenin, Gogol y los héroes anónimos de la Segunda Guerra Mundial. Todo por 17 rublos, como 70 centavos de dólar.

El metro es una herencia de la era estalinista y buena parte de la dirección de su construcción estuvo en las manos de un eficiente dirigente comunista de nombre Nikita Kruschev.

Uno no siente estar en un oscuro socavón, sino en una gran catedral subterránea consagrada a los milagros del pueblo ruso.

La sola excursión visitando las estaciones del metro vale la estadía en la capital rusa y después de entenderlo, todo marcha perfecto. Llegar al Kremlin, el punto donde converge toda la ciudad, es rutina.

La recomendación es visitarlo un viernes, en lo posible. Ese día se puede ver, además de la multicolor catedral de San Basilio, la Plaza Roja y la tumba de Lenin, a las parejas de novios que vienen a consagrar su matrimonio. Es un acto, por lo menos para nosotros, bien particular.

Según Alicia Anoukhina, guía turística durante 30 años, esa es una costumbre que quedó del comunismo. “Los novios hacen el paseo por la Plaza Roja y el Kremlin por agüero. Hace unas décadas, cuando alguien se casaba tenía tres días de permiso. Entonces pedía el viernes para la boda, sábado y domingo los tenían libres por derecho y se ganaban el lunes y el martes.La costumbre quedó. Además, como la religión estaba proscrita, se convirtió en un rito de buena suerte”.

Es alucinante ver el cortejo de hombres encorbatados, con la pinta de lujo, uno de ellos con una cinta roja cruzada al pecho (el padrino) y las mujeres con sus trajes de noche y entaconadas (una con la cinta roja), recorriendo toda la Plaza Roja. Todos echando vivas y repartiendo vodka. Primero, San Basilio, y luego el resto de la enorme muralla roja que rodea el Kremlin.

Casi todas llegan en ese obsceno símbolo del capitalismo opulento que son las limusinas.

Es el mestizaje brusco de las dos formas de ver el mundo y que conviven en Rusia. El capitalismo abierto y cierta nostalgia de un pasado que muchos consideran glorioso.

*POR INVITACIÓN DEL FESTIVAL CHEJOV Y EL TEATRO NACIONAL.

EDITOR DE CULTURA .

Se busca un hielo en Moscú Los días 29 y 30 de mayo fueron los más calientes en 150 años en la capital rusa. La temperatura subió a los 30 grados. El problema es que esta es una ciudad poco preparada para el calor. En cualquier metrópoli del trópico, una gaseosa llena de hielo es una solución. En Rusia no. Las bebidas se sirven al clima. Conseguir hielo era una odisea. El primer problema era averiguar cómo se dice en ruso. Después de averiguarlo y hacerse entender, la respuesta en varios locales fue un no. Al final se encontró uno pero lo servían en cubeta y con autoservicio. Los congeladores no funcionan a su máxima capacidad, en el mejor de los casos son recipientes para guardar las bebidas. Un día, al tratar de comprar una Coca Cola, la dependiente me alcanzó una al clima. Le indiqué que prefería una de las del refrigerador y, un poco molesta, la sacó y la puso al lado de la que estaba al clima. Las toqué y vi que no había diferencia... Me llevé la que estaba al clima.