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Llegó a E.U. en balsa y hoy opera corazones

Las instrucciones eran claras: cuando vieran a sus padres en el aeropuerto no podían reaccionar de forma efusiva o dramática porque llamarían de inmediato la atención de las autoridades de inmigración. Pero Harold Fernández, que en 1978 tenía 13 años y su hermano Byron, de 11 años, no se pudieron aguantar. Llorando, corrieron a abrazar a sus padres, a quienes no habían visto en más de dos años. “Si hubiera estado Inmigración nos hubieran cogido”, dice ahora Fernández.

17 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Solo 24 horas antes, los dos jóvenes habían sobrevivido a una travesía en una pequeña embarcación que los había llevado de Bimini, en Las Bahamas, a las costas de la Florida (más tarde tomarían un avión a Newark, Nueva Jersey).

En esa época, la ruta era una de las más usadas por los centroamericanos y colombianos para ingresar ilegalmente a Estados Unidos. “Era un bote pequeño y la marea estaba alta. Todo el mundo se mareó y empezó a vomitar, fueron las cinco horas más largas de mi vida. El miedo era, o que nos cogieran o que nos ahogáramos, porque no sabíamos nadar”, dice Fernández, que hoy tiene 41 años.

Pocos creerían que ese niño asustado es hoy por hoy un prestigioso cirujano de corazón en el área de Nueva York. Aún más sorprendente es saber que a pesar de haber crecido en el barrio Antioquia de Medellín, rodeado de violencia y malas influencias, alcanzó un nivel académico de excelencia, algo que le abrió las puertas de las Universidades de Princeton y Harvard, de donde se graduó con honores.

“Estaba empezando a aprender a fumar cigarrillo y de vez en cuando me tomaba unos aguardientes con amigos, cuando mis padres decidieron que viajara con mi hermano a E.U.”, recuerda Fernández, sentado en su consultorio en el hospital St. Francis en Roslyn, a unos 40 kilómetros de Nueva York.

Atascados en Las Bahamas Sus padres, Ángela Londoño y Alberto Fernández, que habían ingresado a E.U.

con visa de turista, estaban establecidos en Nueva Jersey desde hacía dos años, y habían dejado a sus dos hijos al cuidado de las abuelas en Medellín.

Como muchos colombianos en busca del sueño americano, trabajaban de sol a sol, ella en una fábrica de confecciones, y su padre, en textiles.

“Mis hijos ya me estaban haciendo mucha falta. Una señora vino por Las Bahamas y me dijo que no era difícil pasar por allí, que se los confiara a su hija que venía por esa ruta y así lo hice. Pero, fueron dos semanas de mucha angustia”, dice Londoño, refiriéndose a los días que sus hijos quedaron atascados en Bimini porque las condiciones climáticas impedían que el bote zarpara hacia la Florida, a unos 80 kilómetros de distancia.

“Al principio, no teníamos miedo porque era la primera vez que montábamos en avión. El plan era llegar a Nassau y luego tomar un avión pequeño para ir a Bimini, y después el bote. El recorrido supuestamente no duraría más de dos días”, dice Fernández.

Pero él y su hermano terminaron esperando dos semanas, junto a otras 15 personas con las que compartían dos cuartos en una casa hotel. Se alimentaron básicamente de cocos, porque tenían que hacer rendir el poco dinero que llevaban.

El 26 de septiembre de 1978, los coyotes los embarcaron a la medianoche para iniciar las angustiosas 5 horas de navegación. En la Florida, fueron recogidos por dos amigos de sus padres, que inmediatamente los embarcaron en un vuelo hacia Newark, donde la familia se reencontró.

“La adaptación a este país fue difícil. En Medellín se la pasaban en la calle todo el día… en cambio acá teníamos que estar en el apartamento todo el día”. La integración en el colegio también fue dura. “Nos llamaban refugiados y eso provocó unas cuantas peleas con otros muchachos. Además, la falta del inglés nos ponía en desventaja”.

“Encontré actividades para desfogar mi energía, como los Boy Scouts, el atletismo y el fútbol”, dice. En secundaria, a solo dos años de haber llegado de Colombia, hablaba fluidamente inglés y su nivel académico había mejorado radicalmente. “Siempre ocupaba el primer lugar”.

‘No soy más inteligente’ Según Fernández, su excelencia académica no se debía a que era más inteligente, sino a que se esforzaba siempre por hacer bien las cosas.

“Durante los últimos cuatro años de bachillerato lo único que hacía era estudiar, trabajar en las actividades atléticas y en los Boy Scouts”. Sus calificaciones y recomendaciones le sirvieron para ser aceptado en una de las universidades más prestigiosas de E.U., Princeton. Pero la alegría de haber aprobado los exámenes fue aguada con una dura realidad: Fernández era un inmigrante ilegal. Así que con la ayuda de sus padres decidió comprar una tarjeta de residencia y un número de seguro social falso.

“No quería que la falta de papeles fuera una excusa para no estudiar”, dice.

A pesar de la tensión y el estrés de pensar que lo podían descubrir, el colombiano terminó el primer año de estudios sin problemas, e incluso recibió una carta de la rectoría en la que le decían que sus calificaciones lo ubicaban como uno de los mejores estudiantes.

Pero al poco tiempo pasó lo que temía. La decana de estudiantes extranjeros le pidió los documentos originales de residencia. “No me sentí capaz de ir a la oficina a mostrarle la tarjeta”. Fernández habló con uno de sus profesores, Arcadio Díaz Quiñones, autor puertorriqueño, quien habló con las directivas.

Después de varias reuniones, y teniendo en cuenta su excelencia académica, decidieron perdonarlo y cambiar su estatus de estudiante nacional a estudiante extranjero Paralelamente, la familia Fernández estaba tratando de legalizar su situación ante las autoridades de inmigración. “Le escribí al presidente Ronal Reagan, al gobernador de Nueva Jersey, y al senador de Nueva Jersey Bill Bradley. Todos me respondieron con cartas de apoyo para que las mostrara a inmigración”.

La estrategia funcionó, y en una de las audiencias, el juez les dio la residencia. Era 1986, mucho antes de que la amenaza terrorista cambiara el panorama migratorio de E.U.

Tres años después, Fernández sería honrado con el máximo galardón que entrega Princeton cada año a uno de sus estudiantes: el premio Moses Taylor Pyne a la excelencia, integridad y liderazgo. Luego de recibir el grado en biología molecular en Princeton, pasó a la Escuela de Medicina en Harvard.

Durante las vacaciones de mitad de año de 1992 viajo a Medellín a trabajar en el Hospital Universitario San Vicente de Paul, donde permaneció dos meses.

Además de hacer un estudio sobre el sistema de urgencias de Medellín, el viaje le sirvió para conocer a la que más adelante sería su esposa, Sandra Quiroz, con quien tiene dos hijos, una niña de 9 años y un niño de 3. “A pesar de haber nacido y vivido acá toda la vida, hablan español con acento paisa”, asegura.

Su especialización en cirugía general y cirugía del corazón le tomaría casi una década. Actualmente es uno de los cirujanos estrella del Hospital St.

Francis, en Roslyn, Nueva York, un centro especializado en cardiología y el cual realiza en promedio 2.000 cirugías de corazón abierto al año.

“Para ser honesto, soy la última persona que usted quiere ver, porque nos llaman cuando ya se han agotado todas las otras opciones para el paciente”, dice Fernández