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Todos somos culpables

Se habla mucho y mal del programa Nada más que la verdad: “que las directivas de Caracol perdieron el norte”, “que su presidente está mal asesorado”, “que el presentador, con su actitud, logra trivializar los peores pecados”. Lo cierto es que el formato disparó el rating y logró un golpe de opinión que la empresa hace rato no consigue con ninguna de sus telenovelas.

16 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Buscamos un culpable y el asunto es que aquí todos somos culpables. Los que lo emiten, por ambiciosos; los que participan, por sinvergüenzas; los familiares testigos, por alcahuetes; los que prendemos el televisor, por morbosos; los que hablamos del tema, por voyeristas. Correción: no es que seamos culpables, es que estamos contagiados, pertenecemos a una sociedad enferma que hace tiempo perdió el orden de valores. Los valores se aprenden en la casa, en el colegio, en el trabajo, con los amigos, no son teóricos, se trasmiten con el ejemplo y responden a un orden moral. Por eso, el polígrafo (y ahí hay que defenderlo) no acepta que un marido diga “todavía amo a mi esposa” cuando en las 10 respuestas anteriores dijo sí a todas las pruebas de infidelidad.

La gracia o desgracia de “toda la verdad” no es solo que las miserias se vendan por plata, sino también la forma como se enjuician esas miserias. Hay muchos escandalizados porque una vendedora de seguros va a bares swingers, pero nadie parece impresionado por las confesiones de un joven padre separado que reconoció preferir quedarse durmiendo a recoger a su hijo cuando solo puede verlo los fines de semana. Que la señora de los seguros haga con su sexualidad lo que quiera. Allá ella si se gana una venérea o se enreda con quien no debe, pero que este caballerito confiese, sin sonrojarse, que es mal padre, que exponga al hijo a la burla de sus compañeros, que dañe el entorno de ese niño, que seguramente quedó marcado, que la hermana lo defienda diciendo que “es perezocito pero quiere mucho a su hijo”, eso sí que es una suciedad. No hay que ser psicólogo para saber que en esa edad lo que crea identidad, da seguridad y marca la personalidad es la certeza de ser amado por sus padres.

Que un programa pague por “decir la verdad”, según se repite, “en un país donde se dicen tantas mentiras”, es otro error de interpretación. ¿Qué verdades? La verdad per se no existe, siempre está en relación con lo que se dice, se siente o se vive. Por eso el programa, aunque descubra verdades, es sucio porque las verdades son con relación a bajas pasiones, bajos sentimientos, bajos instintos. La verdad así no tiene defensa ni cuando los concursantes dicen sentirse liberados. ¿Liberados de qué? La libertad permite actuar sin condicionamientos y aquí el condicionamiento es la plata.

Si responde le doy; si no, le quito. Esclavos del polígrafo.

Hay que reconocerlo: nuestro orden de valores se volvió una bolsa de anzuelos. Más enredados no podemos estar. “Solo la verdad” fue la gota que rebosó la copa, pero no es el único programa que tiene desviado el foco. Si nos ponemos a escarbar pocos pasan la prueba. Para la muestra El jugador,que, a su manera, también es un corruptor de valores: enseña a mentir, a “cañar”, como dicen ellos. Gana el que es capaz de engañar al vecino. Por eso el problema no es solo del presidente de Caracol,que, una vez metido en el laberinto de la competencia por el rating, tiene que seguir transitándolo como sea; ni de sus asesores, que supuestamente le iluminan el camino; ni siquiera del animador que firmó un contrato. El problema es que se nos derrumbó el orden de los valores y, al parecer, todos quedamos sepultados. Los valores determinan las formas. Cuando en una sociedad todo se hace por plata, cambia la forma de vivir, de vestir, de pensar, de hablar. Solo un ejemplo para entender la importancia de la forma: ¿qué tal que al animador de Toda la verdad le preguntaran lo que hace de esta forma: “¿Es verdad que usted se gana la vida utilizando gente que necesita plata para confesarla públicamente, humillando a sus familiares? Seguramente diría no y perdería el acumulado.

* Profesora de libretos para televisión