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El sistema político ya no funciona

El sistema presidencial, por su estructura, propicia desavenencias entre Ejecutivo y Legislativo, aun después de los ajustes de 1991. Desde su origen, en calendarios diferentes, el primero es elegido en circunscripción nacional, por mayoría absoluta o doble vuelta, más propicio para campañas de imagen y voto de opinión, que polarizan fácilmente en dos opciones; mientras que la elección del Congreso se realiza en circunscripciones departamentales (así el Senado sea formalmente nacional), con representación proporcional, propia del trabajo partidista sujeto a lealtades y compromisos, que incentiva la proliferación de movimientos y minorías. Ambos apelan a legitimidades populares bien distintas.

14 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Ahora bien, cuando el partido de gobierno no logra la mayoría parlamentaria, el sistema se bloquea, se hacen necesarias coaliciones y participaciones burocráticas inestables y volátiles que apenas sirven para lograr aprobaciones legislativas indispensables; en fin, todo el período de gobierno se malogra y la sociedad pierde un tiempo precioso.

El constitucionalismo colombiano ha transitado en círculo vicioso entre el fortalecimiento y debilitamiento del Ejecutivo, sin resolver profundas crisis institucionales, preso de la rigidez de los calendarios electorales.

A la Constitución de 1991 correspondió el momento de debilitamiento del Presidente, al cual sumó el desmonte del bipartidismo –que desembocó en empresas políticas unipersonales– y la tímida inclusión de instrumentos propios del sistema parlamentario como la moción de censura y después el régimen de bancadas para los partidos.

Con la elección en el 2002 de Álvaro Uribe, los partidos tradicionales perdieron el gobierno pero mantuvieron algún control del Congreso, en el cual el Presidente no tenía ninguna representación; situación que explica que el Ministro del Interior de la época, desde el inicio del período, amenazara con anticipar las elecciones parlamentarias, para terminar obteniendo de dicho órgano la aprobación de la reelección presidencial.

El segundo período de Uribe presenta peculiaridades y disfunciones del sistema presidencial. Un Presidente con amplio respaldo electoral pero sin partido con representación en el Congreso; un gabinete ministerial más técnico y personal que no permite recomposición política; un ministro delegatario que no pertenece al mismo partido del Presidente; un Congreso fraccionado en distintos partidos y movimientos; una coalición de partidos de apoyo al gobierno disímil e inestable. Este panorama explica por qué el Presidente cultiva su imagen y popularidad ante el electorado; sin embargo, se trata de una estrategia que, aunque ha dado resultados, es riesgosa e incierta a largo plazo. Lo anterior indica que ha llegado el momento de revisar el sistema político y pensar seriamente en adoptar uno más armónico y flexible: el sistema parlamentario.