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¿Nada personal?

“Yo no clamo solamente por uno u otro, sino por todos los niños y las madres de Colombia y el mundo”, declaró Rodrigo Granda haciendo alusión a Emmanuel, y esgrimió como argumento que los hijos de muchas guerrilleras han sido retirados del vientre de sus madres con una bayoneta. Aunque nadie duda de ello, se trata de los típicos clichés de guerra: mal de muchos, la violencia es la partera, el fin justifica los medios, pagan justos por pecadores y tantas otras consignas que ya no convencen a nadie.

10 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Todos los Niños del Mundo es uno de esos lugares comunes que se esgrimen en cumbres de mandatarios para salir en la foto. Los niños concretos, uno por uno, con nombre y apellido, son los que importan y ellos son los que sí duelen. Pero no le duelen igual a todo el mundo, seamos sinceros: a cada quien le duelen los suyos o los cercanos, y desde ese dolor o desde ese amor singular, se puede aspirar a sentir empatía con la niñez, con las madres o con la humanidad en general.

Lo más aterrador de la “lógica” de la guerra es esa costumbre de referirse a la gente como un sustantivo colectivo; ese desprecio por las personas de carne y hueso, con sus historias particulares. En aras de la Historia, de la Razón de Estado, de la Alta Política, del Interés Nacional, o comoquiera que eso se llame, se justifica el dolor de las “personas naturales”, como si aquello del Bien Común llevara aparejado el sufrimiento individual. ¿Qué tan común es un bien que lo excluye a uno y a sus seres queridos? La misma “lógica” parece colarse en las declaraciones del presidente Uribe a la prensa, cuando se refiere a la hija de Íngrid Betancourt como a “esa niñita” que sufre. Él comprende su dolor, afirma con un rictus de conmiseración, como quien dice perdónenla, que no sabe lo que hace. Entonces uno se pregunta por qué unos niños ameritan un cambio de estrategia y otros merecen un cariñoso tirón de orejas: es solo una niñita rebelde cegada por el dolor, no puede ser objetiva.

La pelea, y esa sí deberíamos darla entre todos, tendría que comenzar por cambiar este libreto de guerra que trata a los sentimientos como asuntos secundarios. Esa niñita –que, dicho sea de paso, es una mujer mayor de edad– ha movido cielo y tierra por una razón personal, más respetable que ninguna: recuperar a su madre. Motivos así de entrañables mueven a su abuela y a la de Emmanuel, a las esposas de los diputados, a las madres de los soldados, a las familias de los secuestrados y a las de tantas víctimas de todos los bandos. No es una razón “objetiva” porque la subjetividad es, justamente, la sustancia de lo humano. Si hemos caído en la trampa de ver a nuestros compatriotas como botines de guerra o como símbolos ambulantes para esgrimir frente al mundo a nombre de alguna causa, es parte de nuestra patología.

Quizás porque las mujeres venimos equipadas evolutivamente para interpretar el llanto de nuestras criaturas, alimentarlas con nuestros cuerpos y defenderlas como tigresas, tenemos una sabiduría instintiva para meternos en la piel de otros y cuidarlos durante su tiempo de indefensión. Y tal vez deberíamos dejar salir ese instinto para ponernos en los zapatos de esas mujeres y andar junto a ellas, como lo hicieron, por ejemplo, las madres argentinas de Plaza de Mayo. Si caminaron en círculo frente al palacio de gobierno, día tras día durante años, con sus pañuelos blancos y con las fotos y los nombres de sus desaparecidos, no lo hicieron por un Interés Superior, sino por un dolor que salía de las entrañas. Y, desde esa perspectiva personal, pudieron conectarse con el dolor colectivo y convertirse en la conciencia de su pueblo.

Al subestimar el duelo de tantas familias, nosotros también somos víctimas de una terrible pérdida: la de sentir con los otros. Esa capacidad, que nace de lo más subjetivo y privado y que nos conecta con las raíces profundas de nuestra común humanidad, nos la ha arrebatado la guerra.