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Deisy, entre la pobreza y el ballet

En el patio de una casa humilde del barrio Villanueva del sur de Bogotá, Deisy Paola Gil, da sus primeros pasos de ballet entre la ropa mojada que cuelga de los alambres, al compás de la música clásica que sintoniza en su grabadora.

09 de junio 2007 , 12:00 a.m.

La niña, de 13 años, estudiante de octavo grado del colegio Alfonso López Pumarejo, se apoya en el lavadero, extiende sus piernas de garza, se agarra los tenis viejos y suelta una sonrisa tímida, como el sol de ese día.

Ese lugar, pintado de verde, cubierto de nubes grises y rodeado de materas, es su salón de baile improvisado, donde ensaya lo que aprende en DanzRoyal Studio, una escuela privada, que les dio a ella y a otros 14 niños de barrios pobres de la ciudad la oportunidad de entrar al mundo de la danza.

“Me gustaría ser bailarina, me parece muy bonito, como saltan, como se visten”, dice, sentada en una viejo sofá.

La historia de Deisy Deisy vive en esa casa, protegida por la virgen de Santa Marta pero que se inunda por las goteras cada vez que llueve, con Ana Cecilia, una tía de su mamá, con la que duerme en la misma cama, en la habitación del fondo.

A la niña le han contado su historia sin misterios. Sabe que su padre la abandonó. Que su mamá tuvo otro esposo y tres hermanos más. Que el señor murió y que ella se fue a vivir a un barrio más pobre con sus hermanitos.

Ana Cecilia, de 53 años a la que Deisy llama ‘Nana’, tuvo dos hijos, que ya se casaron y ahora vela por el futuro de la niña, con el salario mínimo que se gana en una fábrica, cosiendo sacos.

“He intentado darle sus cositas, pero siempre le he dicho la verdad de nuestra situación. Venimos de descendencia pobre. Le compro fiada su ropita.

A veces no hay ni para comprar carne y en Navidad no tuvo regalos, pero ella entiende”, dice la mujer.

La niña, acostumbrada a desayunar solo aguapanela; a caminar media hora al colegio; a no tener a veces plata para el recreo; a barrer y trapear la casa; a ver dibujos animados en un televisor de 14 pulgadas, tuvo la oportunidad de cumplir este año su sueño de aprender a bailar.

En bus, tras una oportunidad Alexandra, una amiga del colegio que había participado en un grupo de danza del Distrito que se disolvió hace dos años, le contó que la habían llamado para una audición porque iban a dar unas becas.

Deisy, que solo había bailado salsa en las fiestas de adultos y reguetón en el patio, le preguntó si podía ir. Y Nancy Archila, la mamá de Alexandra, que tiene una peluquería en el barrio, la llevó.

Era 13 de abril. Tras un viaje de una hora en bus, llegaron a DanzRoyal Studio, en la calle 93, y se sentaron a esperar su turno.

A Deisy le dieron el número 9. Vestida con una camisa azul, una pantaloneta y con las medias del colegio, bailó en un auditorio de piso de madera, con barras y rodeado de espejos. Tres maestras la calificaron y le dijeron que le avisarían si pasaba. Deisy llegó a la casa ilusionada. “Me decía que quería estar la academia de baile, yo le decía, mamita, algún día, algún día”, recuerda Cecilia.

Un mes después, cuando parecía que todo había sido un sueño, le avisaron con su amiga Alexandra que había sido escogida. “Solo había visto ballet cuando iba a casa de una tía donde tienen parabólica”, recuerda.

Lo único que le pidieron en la academia fueron 35 mil pesos para papelería.

‘Nana’ los consiguió prestados y Daisy comenzó el 15 de mayo a ir tres horas a clases los martes, jueves y viernes, con la profesora Martha Roncancio, en un largo viaje, a veces en bus, otras veces en TransMilenio y otras en el carro de un familiar de una compañera.

“Las clases son muy chéveres”, dice la niña, que no le importa ensayar con las medias y la pantaloneta de educación física, pues no le han podido comprar la trusa.

Sus primeros pasos en el mundo de la danza no han sido fáciles. Su ‘Nana’ tiene que hacer préstamos para conseguirle lo del transporte para ir a la academia. Ya estuvo dos semanas sin ir porque no tenía los 2.000 pesos para el pasaje. “Es que la situación es difícil. Esta semana me cortaron el agua, pues un hermano puso hace un tiempo una carpintería en un cuarto que abandonó y me cobran 140 mil pesos mensuales, como si fuera comercial”, dice la mujer. El mes pasado le cortaron la luz y pasaron varios días con un cirio de la Iglesia que le regalaron unas señoras.

Ana Cecilia dice que ella hace lo que puede para que la niña aprenda a bailar, pero cuenta que a veces no hay ni para la comida y tiene que pedirle a una vecina que le regale el almuerzo a la niña. “Ella está ilusionada, nosotros nos aterramos de ver cómo levanta las patas”, dice la ‘Nana’, mientras Deisy baila en el patio, entre la ropa mojada.

LOS PRIMEROS PASOS DEL ‘GRANDJETɒ .

Las becas para los niños son el primer paso de la Fundación para la danza ‘GrandJeté’, creada por Patty Jenkins, directora de DanzRoyal Studio. La fundación es inspirada y apoyada por Fernando Rodríguez, el primer bailarín colombiano en llegar a la compañía Royal Ballet, de Londres, y quien creció en un barrio pobre de Cali.

La Fundación está buscando apoyo en el exterior y en Colombia para ayudar con implementos a estos niños. “Las historias del ballet son de personas que han luchado contra muchas barreras”, dice Rodríguez, quien bailará en agosto en el país para recaudar fondos para los niños.