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¿Liderazgo o caudillismo?

En medio del actual caos político, la fórmula mágica con que muchos sueñan para salir de tal entuerto es la “formidable capacidad de liderazgo” del Presidente. Sin embargo, habría que tener en cuenta el significado del término liderazgo y la confusión que se deriva al identificarlo con soluciones artificiosas propias de prestidigitadores y caudillos.

08 de junio 2007 , 12:00 a.m.

No cabe duda de que el liderazgo es esencial para el éxito en el manejo de las instituciones, en particular de los partidos políticos. Pero las condiciones propias del llamado carisma son solo la cuota inicial del liderazgo, y solo operan a plenitud cuando la institucionalidad de una sociedad es precaria. De resto, el liderazgo exige fortalezas institucionales y se configura como uno de sus corolarios en las sociedades modernas.

No puede haber liderazgo a costa de la institucionalidad, es decir, de la solidez normativa, de la permanencia de las reglas del juego y de la vigencia del Estado de Derecho. El liderazgo significa promover un proyecto político con fuerte apoyo ciudadano –voluntario, con convencimiento y sin prebendas–, dentro del marco de la institucionalidad. Y, en política, esta es una regla de oro de la democracia, que, cuando tiene suficiente fortaleza, se da el lujo de sobrevivir a liderazgos espurios.

En el pasado premoderno de América Latina, algunas sociedades fueron regidas por caudillos y otras no. Colombia hizo parte de este segundo grupo, debido a la fuerte regionalización, la precariedad del Estado y la sustitución de las funciones estatales por la Iglesia y el bipartidismo. En cambio, Venezuela fue una tierra de caudillos, como Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Buena parte del éxito de Chávez se debe a que revivió la tradición caudillista, sobre la base del fracaso de los partidos nacidos con retardo.

En Colombia, la larga agonía del bipartidismo fue rematada por Uribe en las elecciones del 2002. Pero subsistió la fragilidad de los partidos tradicionales, acompañada de montoneras disfrazadas de partidos. El interés presidencial se limitó a alimentarlas con dádivas clientelistas, pero no a propiciar un sistema alternativo de partidos. De esta manera, abonó el campo para ensayar una forma inédita de caudillismo.

La semilla de este experimento fue la movilización de sentimientos mediante el uso mediático de una imagen presidencial mesiánica, sumada a la manipulación del Estado de Derecho. Y la germinación fue la reelección de Uribe, apoyada en el frenético activismo presidencial, una seguridad precaria, el costoso repliegue de las Farc y la supuesta desmovilización de las mafias paramilitares.

Tenemos, pues, un embrión de caudillo, cuyo “liderazgo” consiste en negociar leyes a la orden del día, torcerle el pescuezo a la normatividad, comprar voluntades y conciencias e hipnotizar a ciertos estratos sociales temerosos y complacientes.