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Un viraje en el G-8

Cuando se pensaba que la reunión de los siete países más industrializados del mundo y Rusia –el G-8– iba a culminar con vagas recomendaciones sobre gases contaminantes y un inquietante choque entre los presidentes de Estados Unidos, George Bush, y de Rusia, Vladimir Putin, se produjo un sorpresivo y alentador timonazo que abre paso al optimismo en ambas materias. Hasta ayer al mediodía, la cumbre de Heilingdamm (Alemania), que empezó el miércoles y termina hoy, resultaba poco prometedora. Sus más importantes puntos eran el freno al calentamiento global y la ayuda al África. Pero, como decía Mafalda, “lo urgente a menudo no deja tiempo para lo importante”. Y, en este caso, lo urgente era el enfrentamiento entre Bush y Putin por el sistema antimisiles que se propone desplegar Estados Unidos en Europa del Este, asunto que opacó los demás temas y propició una belicosa ebullición retórica.

08 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Todo parecía encaminarse, pues, hacia un melancólico final. Pero, en las horas de la tarde, Putin se sacó de la manga una propuesta en su reunión bilateral con Bush, que cambió el rumbo a la tensa relación. Ya que Estados Unidos pretende proteger a Europa de posibles ataques iraníes con la batería antimisiles, ¿por qué no montarla en Azerbaiyán, antigua república soviética que conserva lazos cercanos con Moscú, y permitir que Rusia participe en la iniciativa y se beneficie de ella? La jugada sorprendió a su interlocutor, que solo pudo calificarla de “interesante” y anunciar que sus especialistas la estudiarán a fondo.

También mejoraron las perspectivas del acuerdo contra los gases contaminantes. El 31 de mayo, Bush había sorprendido al mundo al anunciar desde su oficina una nueva política ambiental y plantear la posibilidad de cortes en la emisión de gases contaminantes, modalidad en que su país es campeón. Algunos no creyeron que un presidente que se negó a ratificar el Tratado de Kioto, donde se establecen limitaciones concretas a tales gases, pudiera adherir de repente a la doctrina de fijar cifras y responsabilidades que preconiza la canciller alemana, Ángela Merkel. Bush replicó que “Estados Unidos se toma estos asuntos con toda seriedad”. Pero luego, al llegar a Alemania, se vio que no era verdad tanta belleza. La Casa Blanca rechazó la meta de reducir en un 50 por ciento las emisiones de dióxido de carbono para el 2050 y repitió su peligrosa esperanza de que la tecnología acabará por remediar el problema. Sin propósitos mensurables, la lucha contra el calentamiento global no pasaba de ser un canto a la bandera. A última hora, sin embargo, los ocho miembros del club (Estados Unidos, Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Japón, Canadá, Italia y Francia) firmaron un documento por el cual se comprometen a adelantar en la ONU “recortes sustanciales” en las emisiones de dióxido de carbono. No aparecen cifras ni obligaciones, pero cabe esperar que se luche por llegar a estos niveles. La declaración representa un claro compromiso político, por lo que Merkel la celebró como “un enorme éxito” y el británico Tony Blair, que se despide de sus colegas, la tildó de “avance muy importante”.

Con esta, van ya 33 reuniones del G-8. Lo que nació como un concilio de ministros de economía en 1973 y quiso ser ocasión de encuentros entre los gobernantes más poderosos del planeta, se volvió luego una agitada conferencia, donde desembarcan más de 2.000 altos burócratas cada año. El gesto de Putin en su reunión con Bush recupera el fundacional espíritu intimista de estas cumbres. .

Una ‘interesante’ propuesta antimisiles y un propósito de reducción de dióxido de carbono, puntos alentadores en la cumbre.