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Esperando respuestas

Un enigma dentro de un acertijo. Así podría resumirse la sensación que dejó el Presidente de la República el pasado lunes en la noche, al cabo de una intervención hecha ante el cuerpo diplomático reunido en la Casa de Nariño, en la cual Álvaro Uribe se refirió a la decisión del Gobierno de liberar a casi dos centenares de guerrilleros de las Farc y, en particular, al llamado ‘Canciller’ de esa organización, Rodrigo Granda.

06 de junio 2007 , 12:00 a.m.

En su larga explicación, el mandatario habló sobre el proceso de maduración de un gesto unilateral cuya intención es destrabar esa especie de diálogo de sordos en que se ha convertido cualquier tentativa de llegar a un acuerdo con el grupo subversivo. También contó sus diálogos con el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, de los cuales salió el nombre de Granda, acusado por las fuerzas de seguridad de Paraguay de haber participado en el secuestro y posterior asesinato de Cecilia Cubas, hija de un ex mandatario de ese país. En su momento, la captura de este guerrillero produjo un fuerte incidente diplomático con Venezuela debido a las circunstancias que rodearon su arresto, que en Bogotá fue calificado como un triunfo de la política de Seguridad Democrática.

Por tales razones queda claro que la apuesta hecha por el Presidente no sólo es muy audaz, sino muy alta. Si el objetivo, como lo dijo el propio Uribe, es lograr la liberación de los secuestrados sometidos por las Farc a todo tipo de vejámenes, la decisión no debería generar sino palabras de apoyo. La inquietud, sin embargo, es que este sacrificio que hace la sociedad colombiana caiga en el vacío. Aunque los guerrilleros liberados se comprometieron a no volver a delinquir, las experiencias del pasado indican que no todos cumplen su palabra. Como si esto fuera poco, las Farc se apresuraron a calificarlos de desertores, con lo cual perdieron cualquier posibilidad de interlocución para que esa organización decidiera hacer un gesto de buena voluntad.

El tema de Granda también genera interrogantes. Tal como lo reconoció el propio Uribe, el guerrillero hoy liberado no aceptó desvincularse de su organización, ni firmar el compromiso de no volver a delinquir, contraviniendo así la que se suponía era la condición fundamental de la excarcelación. Sólo queda esperar que su nombramiento como nuevo representante para gestiones de paz resulte en puntos de encuentro que permitan, entre otros, liberar a los secuestrados y buscar fórmulas de resolución definitiva del conflicto.

Si eso no ocurre, el costo para el Gobierno será muy grande. Aunque los éxitos del Ejecutivo son indiscutibles en diversos frentes, no se puede desconocer que el tema de la seguridad sigue siendo una de las piedras angulares de la credibilidad presidencial. Por eso, si no hay avances tangibles con las Farc, el lema de “mano firme, corazón grande” con el que Uribe ganó en su primera campaña, puede quedar desvirtuado.

Más preocupante todavía sería que la excarcelación de los detenidos de las Farc acabe siendo un preámbulo para la salida de quienes hoy están en prisión por paramilitarismo y ‘parapolítica’. Afortunadamente, el Gobierno le dio un compás de espera a una propuesta que debe pasar por el Congreso y a la cual, por lo visto, todavía le falta más de una puntada.

Todo esto sería del más puro resorte político, si no afectara a la economía y al clima de negocios. Es evidente que la buena situación actual de expansión de la inversión y la demanda tiene mucho que ver con la confianza que el Gobierno genera en empresarios y consumidores. Por ello, hay que hacer votos para que los interrogantes que rondan la apuesta hecha con las Farc sean resueltos pronto y terminen en respuestas para que se afiance la paz que tanto necesita Colombia.

Todo este episodio con los detenidos de las Farc sería del más puro resorte político, si no afectara a la economía y al clima de negocios”.