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Una ‘Chiva’ que llegó a los 80

–Busque almohada, que esto es largo– dice y comienza el cuento de lo que le pasó:

03 de junio 2007 , 12:00 a.m.

El chofer de su carro desvió el camino y se dirigió sin avisar hacia el Museo del Chicó.

Era el mediodía del jueves pasado y el cambio de ruta sorprendió a Guillermo La Chiva Cortés. Él preguntó a qué se debía, pero sólo escuchó evasivas. Al llegar se encontró con la sorpresa: decenas de amigos lo esperaban para celebrarle su cumpleaños 80.

–Lo mejor fue que no había nadie a quien no quisiera ver, porque vaya si a veces soy un poco neurótico –afirma La Chiva, que pide que se le diga así, sin esos títulos que aquí se estilan y que de tanto usarse están agotados.

Sin señor, ni doctor, ni don. Solo Chiva.

Después de una jornada en el Concejo de Bogotá, ha llegado a su oficina particular. En su escritorio hay tarjetas de felicitación hechas a mano por sus empleadas. Las fotos de hijas y nietos se confunden entre los papeles de trabajo.

–La ‘puve’ no perdona –dice cuando habla de su edad.

–¿La ‘puve’? –Sí, la ‘puta vejez’, que al final llega y no quita con nada.

Unas pocas palabras y el humor (que todos le reconocen) aparece. No lo abandonó ni cuando estuvo secuestrado por las Farc durante 205 días.

Humor de bogotano puro.

“Soy cachaco total”, dice. Guillermo Cortés Castro nació el 31 de mayo de 1927. Siete meses después, su papá, Abraham, murió. Su mamá, Elisa, cumplió las funciones de padre y madre. Toda su etapa escolar la vivió en el Gimnasio Moderno y todavía hoy lo une a su colegio un gran amor: –Difícil encontrar a un gimnasiano más grande que yo.

Contador de billetes Al Moderno le debe buenos amigos, un título de subcampeón de salto alto en intercolegiales (la verdad: la competencia solo fue entre dos), buenas calificaciones y, entre muchas otras cosas, su apodo. Si bien para muchos su sobrenombre se deriva de “lo loco que es”, Cortés cuenta que tiene un origen “menos bonito”: –Estaba en la cancha del colegio y me agarré con un compañero que resultó más fuerte. Me reventó la nariz y mi uniforme se llenó de sangre.

Caía un aguacero y, para protegerlo, una profesora le puso encima un saco grueso de lana. “Los guaches del salón empezaron a decir ‘miren a la chiva’, y así me quedé”.

Cuenta su vida con calma y con gracia. Pasa por episodios felices –como sus excursiones de colegio– y recorre momentos dolorosos, como su secuestro en el 2000 o los muchos proyectos que no funcionaron.

–Entre una cosa mala y una buena, no hay que vacilar: La Chiva es tan huevona que siempre escoge la mala –dice.

Se graduó del colegio enamorado de una joven del Gimnasio Femenino, María Elvira de Greiff, y se casó con ella sin tener 18 años. “¡Cómo nos permitieron esa bestialidad!”, se queja cuando habla del permiso que sus padres les dieron para casarse. “¡Sin plata ni educación universitaria!”.

Consiguió su primer trabajo en el Banco de la República en un oficio que recuerda aburrido: contador de billetes viejos. De ahí (“y sin palancas”, recalca), llegó a ser jefe de departamento en el Banco. Pero se cansó, así que decidió irse y empezar un camino como empresario en el sector privado.

Fue socio de compañías financieras, gerente de revistas (Cromos), fundador y gerente de noticieros (Hora Cero)... y algo más que le brindó satisfacciones: fue presidente de su amadísimo Independiente Santa Fe, en los años 70.

–A eso llegué por ‘culipronto’ –dice, y hace uso de una palabra que, según sus amigos (entre ellos, Daniel Samper), salió de su imaginación.

‘Culipronto’ o no, el Santa Fe vio con él la estrella de campeón en 1975 (que no ha vuelto a ser suya) y en esa época conquistó también grandes cariños. “La Chiva siempre priorizó lo humano a lo deportivo o económico –dice su amigo, el ex futbolista argentino Carlos Alberto Pandolfi–.

No más política Dejó de ser presidente del equipo cuando percibió (y anunció) la presencia de la mafia en el fútbol colombiano. Sin embargo, sigue siendo hincha furibundo. Tras una derrota del Santa Fe no quiere ni levantarse de su cama.

–¡Quietaaaa! –grita La Chiva cuando intentan retirarle de su escritorio un tinto frío.

Los gritos repentinos son otro rasgo suyo. Quienes lo conocen lo saben. Son de cariño.

Hasta antes del secuestro no sabía lo que era enfermarse (tenía salud de hierro, dice) y solía pasar los fines de semana en su finca de Choachí.

Ahora lo aquejan ciertas dolencias, nada grave; y va menos al “Palacio del Zancudo”, como llama a “su ranchito”.

Todavía hoy le duele recordar los días de cautiverio.

–Esa etapa me cambió. No sé si para bien o para mal. Vi una Colombia que no conocía.

El Ejército lo rescató, pero la experiencia lo lleva a afirmar que “un rescate a sangre y fuego es una estupidez”. Lo dice porque fue testigo del riesgo en que se pone la vida de las personas secuestradas.

Del cautiverio le quedó la barba y el hábito de rezar el rosario, aunque no se define creyente. En el monte lo rezaba para acompañar a una anciana también secuestrada.Hoy vuelve a la oración cuando quiere sentirse tranquilo.

Pocos se lo imaginaban en política. Sin embargo, tras su liberación, aceptó una invitación de Cambio Radical (Germán Vargas Lleras lo llamó a participar en su lista y logró una votación de casi 11 mil votos), y llegó al Concejo.

Pero dice que termina este período y se retira. Aunque está orgulloso de proyectos que hizo realidad –como el que exime a familiares de secuestrados a pagos de impuestos mientras tengan a un miembro del hogar en cautiverio; proyecto que presentó junto a Fernando Flórez, del Polo– se cansó de la política. No le gustó.

Entre una cosa mala y una buena no hay por qué vacilar: ‘La Chiva’ es tan huevona que siempre escoge la mala.

Me parece que tengo ese sino. A lo largo de mi vida he cometido muchas equivocaciones”.

205 días estuvo secuestrado. “Me encontré con una Colombia que no conocía”, dice Cortés