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El poder del general Óscar Naranjo

Quizás ningún director de la Policía había llegado al cargo con tanto poder en sus manos. Con la salida de doce generales no queda nadie que le haga sombra en la institución, tiene además un especial respaldo del presidente Uribe, un ambiente muy favorable en el gobierno de los Estados Unidos y una acogida sin precedentes en los medios de comunicación.

02 de junio 2007 , 12:00 a.m.

¿Cómo va a utilizar este gran poder el general Oscar Naranjo? Podría, si quisiera, jalonar importantes cambios que necesita la Policía y que no se han podido realizar o se han realizado a medias en los últimos años en varios intentos de reforma. Tiene, además, los conocimientos y un innato espíritu de líder para hacerlo.

Conocí al general hace unos 10 años en una circunstancia muy especial.

Descubrí que me estaban haciendo seguimientos y labores de inteligencia. Me fui a hablar con el entonces teniente coronel Naranjo para decirle que mi decisión de venir a la vida civil y a la paz era un compromiso sincero y no tenía nada que ocultar. No solo se superó el incidente, sino que, después, en varias ocasiones, cuando he sufrido amenazas, he tenido en él una ayuda invaluable.

En aquella oportunidad y en otras en que nos hemos encontrado, la conversación ha derivado rápidamente hacia la situación nacional. Me ha sorprendido la comprensión que tiene de las motivaciones, propósitos y estrategias de cada uno de los grupos armados. También, el conocimiento minucioso de muchos de los dirigentes políticos del país y de los cambios que está sufriendo el mundo. Es lo que en el lenguaje de la seguridad denominan inteligencia estratégica.

Entender la política y saber algo de sus laberintos es lo que le permite a un mando militar o policial tomar decisiones tácticas o de largo plazo con acierto. No es muy común esto en nuestra fuerza pública y esa es una de las ventajas de Naranjo.

Sería muy bueno para el país y para la Policía que hiciera acopio de esos conocimientos para cortar los lazos de sectores de la institución con paramilitares y narcotraficantes, adecuar la fuerza a los cada día más exigentes estándares internacionales de derechos humanos y desatar una campaña contra los persistentes brotes de corrupción.

Hay en este momento una especial sensibilidad en la opinión pública nacional e internacional que favorece la decisión de hacer cambios. El escándalo de la ‘parapolítica’ ha echado por tierra la idea muy difundida en los últimos años de que las lesiones a los derechos humanos y a la democracia colombiana eran producto de la acción de grupos ilegales, mientras un Estado víctima hacía grandes esfuerzos por conjurar estos males.

Ha quedado en evidencia que, desde dentro del Estado, encumbrados funcionarios públicos y dirigentes políticos empujaban el crimen y anulaban la competencia democrática en alianza con grupos armados ilegales. Fue una brutal estrategia de acumulación de riquezas y poder, que costó miles de vidas humanas y ha producido un daño profundo en las instituciones.

Es eso lo que está generando una dura reacción en Estados Unidos y en Europa y también empieza a preocupar a sectores decentes de la dirigencia del país.

La ruptura de la institucionalidad dispara las alarmas de las fuerzas democráticas en Occidente; es algo de la entraña de esta cultura, algo que se ignora con frecuencia en Colombia.

El general Naranjo y la nueva cúpula de la Policía pueden conquistar un lugar privilegiado en la historia de la institución si deciden no pasar de agache en esta crisis del país y se lanzan a limpiar la propia fuerza y a contribuir con los organismos de justicia en la revelación de todos los secretos que esconde la conculcación descarada que se ha hecho de la democracia y de los derechos políticos en los últimos años.

lvalencia@nuevoarcoiris.org.co