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¿Zoellick, al rescate?

¿Será capaz Robert Zoellick, el recién designado presidente del Banco Mundial, de hacer que la institución retome su curso normal tras la desastrosa presidencia de Paul Wolfowitz? Aunque no es una estrella de la categoría de Bob Rubin, sin duda aporta atributos positivos. Como actor clave para que China se integrara a la Organización Mundial de Comercio, es un internacionalista probado en una administración donde los internacionalistas han parecido una especie en peligro. Además, es un firme partidario del poder de los mercados y del libre comercio, que han hecho más por paliar la pobreza en el último medio siglo que cualquier programa de ayuda. Y ha sido un constante soporte tras bambalinas para el Banco, mientras muchos de sus colegas de la administración Bush estarían felices de que aquel cerrara sus puertas. De modo que tal vez tenga una visión constructiva sobre el futuro del Banco.

02 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Pero Zoellick no carece de debilidades. Ante todo, su nombramiento prolonga la vergonzosamente añeja práctica de poner a un estadounidense en el cargo.

Frente a la incansable prédica del Banco sobre los méritos del buen gobierno, esta falta de principios democráticos socava su legitimidad. El argumento de que el Banco necesita un presidente estadounidense para asegurar que Estados Unidos siga donándole dinero es ridículo. La contribución de E.U. al Banco, incluyendo las garantías de préstamos extracontables, es relativamente pequeña. China, India o Brasil podrían aumentar su aporte si E.U. cometiera la tontería de eliminar el suyo.

La formación de Zoellick como abogado difícilmente lo hace perfecto para el trabajo. La presidencia del Banco no consiste en negociar tratados, como lo hizo cuando era representante de Comercio de E.U. El papel más importante del Banco en el desarrollo actual es ser un “banco de conocimientos” que ayude a reunir, seleccionar y diseminar las mejores prácticas en todo el mundo. Su asistencia técnica a los gobiernos es similar a la de los consultores privados a las compañías. Muchas decisiones importantes del presidente del Banco implican la economía. Decisiones económicas erróneas, como en los 70, cuando Robert McNamara impulsó proyectos grandiosos pero ambientalmente devastadores, afectaron al Banco por décadas.

El mayor interrogante es si Zoellick será capaz de ejecutar reformas que se necesitan urgentemente. La número uno es asegurar que el siguiente presidente no sea estadounidense. Rodrigo de Rato, la contraparte de Zoellick en el Fondo Monetario Internacional, dominado por Europa, ya sugirió que su sucesor sea electo mediante un proceso más incluyente. El Banco Mundial debería avergonzarse de que su presidente no haya propuesto lo mismo.

En segundo lugar, Zoellick debería preguntar por qué el Banco gasta solo 2,5 por ciento de su presupuesto en la función de investigación que anuncia con tanta fanfarria, mientras dedica tres veces esa cantidad a mantener su junta ejecutiva. En tercer lugar, debería usar sus formidables capacidades negociadoras para aumentar el componente de subvenciones en la ayuda del Banco. A medida que pase de hacer préstamos a otorgar subvenciones, podrá usar algunas de sus enormes ganancias para potenciar su función de “banco de conocimientos”. Por último, el Banco debe jugar un papel mucho mayor en los problemas medioambientales y, en general, en promover una participación responsable y positiva en el concierto internacional, tanto por parte de los países ricos como de los pobres.

Por supuesto, Zoellick podría desempeñar el papel de manera simbólica y hacer poco o nada, como algunos de sus predecesores. O, lo que es menos probable, podría abrazar una visión megalomaníaca y extralimitada de intervención sobre los gobiernos, como otros han intentado. En cualquier caso, le deseo suerte. El mundo necesita al Banco Mundial mucho más que a otro condominio.

* Profesor de economía y políticas públicas de la Universidad de Harvard Por razones de espacio, esta columna ha sido editada. Véala completa en www.eltiempo.com. © Copyright: Project Syndicate, 2007