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UN REFUGIO PARA SOBREVIVIR

Esperanza Cáceres ha trabajado en los últimos tres años como vendedora de prendas de vestir, de acciones, de publicidad, de perfumes y lociones. Ha adquirido experiencia en este campo, pero no en el que se preparó académicamente: Comunicación Social y Producción de Televisión. (VER CUADRO: EL DESEMPLEO EN LOS HOGARES)

19 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Esperanza Cáceres ha trabajado en los últimos tres años como vendedora de prendas de vestir, de acciones, de publicidad, de perfumes y lociones. Ha adquirido experiencia en este campo, pero no en el que se preparó académicamente: Comunicación Social y Producción de Televisión.

(VER CUADRO: EL DESEMPLEO EN LOS HOGARES).

"No es justo -dice desconsolada- que no pueda explotar las capacidades y habilidades que demostré cuando estudiaba. Además, lo que me han pagado como vendedora está lejos de las expectativas y necesidades económicas".

Esperanza se graduó en 1999, el peor año que haya registrado la actividad económica colombiana (cayó 4,3 por ciento), cuando las tasas de desempleo y subempleo, hoy en 16 y 35,5 por ciento respectivamente, aceleraron su carrera ascendente y llegaron en el 2000 a escalas no conocidas en el país.

La situación de la fuerza laboral colombiana es explosiva: 6 de cada 10 trabajadores se encuentran subempleados (6,9 millones) o desocupados (3,1 millones).

La pobreza ataca a 31 millones de personas. En consecuencia, la demanda no despega y menos aún la actividad productiva (apenas creció 0,5 por ciento en el primer trimestre y se estima 1,5 por ciento para el semestre), condición indispensable para crear empleos.

El drama que viven los subempleados, que aumentaron en un año 45,2 por ciento hasta 6,78 millones en el trimestre abril-junio, según el último informe del Dane, escasamente asoma la cabeza en las frías estadísticas.

De 10,7 millones de hogares contabilizados por el Dane, 5,1 millones tienen subempleados y 2,6 millones de hogares reportaron por lo menos un desempleado.

Los desocupados, dijo un analista, están en las peores condiciones. Los subempleados, agregó, son unos empleados pobres -en muchos casos demasiado pobres-, que se quejan porque tienen una jornada inferior a 48 horas a la semana y quisieran trabajar más.

Y es que su capacidad, formación y experiencia supera las exigencias de la labor que desempeñan. O bien, quisieran cambiar de ocupación debido a que los ingresos son insuficientes, pero las condiciones no se les permiten.

El rebusque.

De los 6,7 millones de subempleados, 2,8 millones son jefes de hogar que, como Amparo Astudillo, una auxiliar de enfermería con dos hijos que tampoco ha podido hacer experiencia en lo que estudió, deben responder por las necesidades básicas de su familia.

El ministro de Salud y de Trabajo (e), Juan Luis Londoño, ratifica la gravedad del problema: el desempleo golpea a 700.000 jefes de hogar, de los cuales, 400.000 son muy pobres, números que son apenas el abrebocas de un cuadro más aterrador: cada año, según Londoño, las empresas botan al 30 por ciento de los trabajadores.

De allí la apreciación del presidente del Consejo Nacional de Planeación, Ernesto Parra Escobar: el subempleo nace como una estrategia de supervivencia de la población, que no encuentra empleo de calidad y remuneración apropiada y se refugia en la informalidad.

Eso sí que lo saben bien los colombianos, que tienen merecida reputación de campeones del rebusque: en estas andan 915.359 personas que han pasado por centros de educación superior y 515.273 que cargan con el título de profesionales y técnicos.

Después de desempeñarse durante seis años como contador de una entidad financiera, "graduado en una buena universidad", Carlos Morales, casado y con dos hijos a punto de terminar bachillerato en un colegio al que le deben "hasta la coronilla", se consigue unos pocos pesos como dependiente de una licorera, jugándose la vida todas las noches, como él dice.

Crecimiento, la única salida.

En Colombia, según el Dane, hay 2,3 millones de hogares con cuatro personas. La mitad de estos registra por lo menos un subempleado. En este grupo están Carlos y su familia que, en un período muy corto se empobrecieron, al igual que otros 273.933 hogares del mismo número de miembros que figuran con la doble condición de tener subempleados y desocupados.

El empobrecimiento ha sido otra de las consecuencias negativas del desempeño económico reciente: según Parra Escobar, el 10 por ciento de la población de mayores ingresos concentra el 58,4 por ciento de los ingresos totales, mientras que el 10 por ciento más pobre recibe apenas el 0,3 por ciento de los mismos.

De acuerdo con el economista Julio Silva Colmenares, el ingreso de no menos de 4,5 millones de hogares ha sufrido un fuerte deterioro en los últimos años. Lo más probable es que allí estén incluidos los 1,3 millones de hogares con desocupados y subempleados reportados por el Dane para el trimestre abril-junio.

A Parra Escobar -y a Esperanza, Amparo, Carlos y seguramente a los millones de colombianos que atraviesan por la misma situación- no le disgustan las medidas de emergencia anunciadas por Juan Luis Londoño (seguro de desempleo, subsidio al empleo y protección de ingresos mínimos) para paliar la situación.

Sin embargo, considera que lo que se requiere son soluciones estructurales permanentes, puesto que el crecimiento de la economía es el único remedio conocido para reducir la desocupación, el subempleo y el trabajo de mala calidad y peor remuneración.