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LOS TRAPECISTAS DE LA CALLE

Yo me salí de El Cartucho el día que me dijeron que me iban a matar , recuerda Richard al traer a la memoria los años de su infancia en que vivió como habitante de la calle. El maltrato que sufría con sus otros cinco hermanos y la pobreza de sus padres, lo sacaron a los 5 años de su humilde rancho, en los altos de Cazucá, vecindario de Soacha.

31 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Yo me salí de El Cartucho el día que me dijeron que me iban a matar , recuerda Richard al traer a la memoria los años de su infancia en que vivió como habitante de la calle. El maltrato que sufría con sus otros cinco hermanos y la pobreza de sus padres, lo sacaron a los 5 años de su humilde rancho, en los altos de Cazucá, vecindario de Soacha.

Hoy, a sus 17 años, Richard, en proceso de rehabilitación, no ha podido borrar del todo las imágenes que transmiten su vivencia como drogadicto, vicio que lo metió en el refugio de El Cartucho por cinco años.

El día que me abrí del parche, una señora me recogió y me llevó a uno de los patios del padre Javier de Nicoló , relata. Allí, en los hogares de rehabilitación del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idipron), inició el retorno a la sociedad. No quería terminar como un desechable .

Durante siete años se ha sometido a un tratamiento terapéutico que no lo obliga a permanecer en las casas de paso, para dejar las drogas. Asegura que el vicio es cosa del pasado. En este tiempo ha aprendido de todo: cerámica, carpintería, electricidad y labores agrícolas.

Richard integra hoy el grupo de 600 jóvenes trapecistas - ex drogadictos y ex pandilleros entre 17 y 21 años- dedicados a la repavimentación de calles, arreglo de andenes, poda de zonas verdes, mantenimiento de la señalización y limpieza de fachadas de la ciudad.

Con el uniforme azul de dotación, recorre semanalmente, al lado de su brigada, sectores como Usaquén, San Cristóbal Norte, Chapinero, Tunjuelito y Puente Aranda, para tapar los huecos y reconstruir las calles de los barrios de esas localidades, gracias a un convenio firmado entre el Idipron y las 20 alcaldías locales.

Por ese trabajo, que va de 7 de la mañana a 4 de la tarde tres días a la semana, le pagan 150.000 pesos mensuales, de los cuales tiene que ahorrar obligatoriamente 30.000.

Esa plata es una especie de cesantías para cuando necesiten algo urgente , explica Jair Castaño, el educador que coordina el proyecto Trapecistas y quien también fue rehabilitado tras varios años en la droga.

En uno de los tres frentes de trabajo en Usaquén, sector al que la Junta Administradora Local (JAL) le aprobó 900 millones de pesos para la operación ex hueco, está Deibi, quien a los 13 años entró a las pandillas juveniles que operan en Ciudad Bolívar, Bosa y Soacha.

Llegué del Guamo (Tolima) y unos amigos me metieron en esas bandolas a hacer maldades a la gente , cuenta hoy a sus 18 años. No quiero volver a vivir en ese mundo cruel y violento , dice convencido del resultado que esta dando su readaptación social.

Aún con la sombra de su pasado, en el que la violencia y el desamor dejaron huellas imborrables, los trapecistas de la calle, jóvenes que no saben en qué lugar van a caer nuevamente, solo desean no ser excluidos por la sociedad y que se les reconozca como ciudadanos de bien, así sea en el papel obreros rasos que repavimentan las calles de la ciudad, las mismas que en el pasado los vieron deambular sin dirección.

Fotos.

- Estos jóvenes quieren volver a la calle, pero ahora como obreros y no como desconocidos.

- Los jóvenes trapecistas trabajan de 7 a.m. a 4 p.m. pavimentando las calles durante lunes, miércoles y viernes. Los otros dos días estudian en los patios del Idipron.

Carlos Julio Martínez / EL TIEMPO.