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LOS DARDOS DE LA CARICATURA

Solamente me he pronunciado dos veces sobre caricaturas. Una para protestar por el atrevimiento de sacar olímpicamente la caricatura de Quino y reemplazarla por una propaganda publicitaria, y la segunda para buscar que el espacio de libertad del caricaturista no se disminuyera sino, por el contrario, se garantizara sin cortapisas.

18 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Solamente me he pronunciado dos veces sobre caricaturas. Una para protestar por el atrevimiento de sacar olímpicamente la caricatura de Quino y reemplazarla por una propaganda publicitaria, y la segunda para buscar que el espacio de libertad del caricaturista no se disminuyera sino, por el contrario, se garantizara sin cortapisas.

En el primer caso, mi buzón se atosigó de cartas de los quinófilos indignados por algo que consideraron un atrevimiento sin par: reemplazar el humor incisivo, brillante e implacable del gran creador argentino por un aviso insulso, de algún producto sin gracia. Mafalda se quedó pequeña y muda ante la cantidad de protestas que convirtieron semejante desatino comercial en una verdadera turbamulta de lectores indignados. Tuve que prometer, casi jurar, que no volvería a suceder semejante desaguisado, para que las iras justas de los lectores se calmaran y las aguas turbulentas volvieran a sus cauces normales.

El segundo caso fue una experiencia diferente. Uno de los caricaturistas del periódico resolvió copiar la mala costumbre de recomendar su lista personal de congresistas preferidos, como si los lectores no tuvieran sobrados elementos de juicio. Los comentarios saltaron de inmediato. Y casi todos coincidieron en lo mismo: el caricaturista está para criticar, para afilar su pluma y ponerle una dosis de venenillo, para producir escozor donde simplemente hay conveniencia o complicidad.

El caricaturista, en vez de aconsejar, provoca; en cambio de sentar cátedra, la deshace.

Esta semana, el congresista Wilson Borja escribe una carta criticando una caricatura de Pepón, con la que se siente evidentemente aludido. No la publicaré nuevamente, aunque haré algo peor: poner en palabras lo que impacta en imágenes.

La escena es simple. Dos ratones o ratas observan desde su correspondiente hueco en la pared a otro ratón o rata sentado solitario en su escritorio y con un sombrero sobre la cabeza. Una le dice a la otra: Ese idiota le está dando argumentos a Uribe para que reduzca la nómina... .

En su carta, el representante a la Cámara acude a la definición de rata, que además de ser mamífero roedor que vive generalmente en edificios y embarcaciones , es también ratero, ladrón . Y a idiota que es imbécil, falto de entendimiento y estúpido .

Inmediatamente después señala que no cabe duda de que su intención (la del caricaturista) ha sido la de transmitir una imagen negativa de la institución y comete un error al tratar de involucrar a todos sus miembros dentro de las conductas que se reprochan a unos pocos. Fui elegido para trabajar por unos intereses ciudadanos y no para ocultar, como un perfecto imbécil, los errores y carencias de una institución que encarna a la democracia como es el Congreso, la cual espero que con mi contribución sea convertida en el real foro que discuta y resuelva los grandes problemas nacionales .

El caricaturizado pide entonces una rectificación porque ni el momento ni la protesta legítima, que protagonicé, merece que se abuse de la posición preponderante que se tiene a partir de un medio de comunicación como EL TIEMPO .

Se debe conceder la rectificación? Es exactamente igual una caricatura que una noticia o una nota informativa? Tienen los caricaturistas unas concesiones especiales, reconocidas por los periódicos y por la sociedad?.

Mi punto de vista es que la caricatura es fundamentalmente una pieza de opinión. Por lo tanto, el Defensor no debe pronunciarse sobre su contenido, ni proceder a rectificar. Sin embargo, lo que sí me parece importante es que los ciudadanos que se sientan agredidos puedan expresar públicamente su posición, manifestar claramente su rechazo.

La caricatura es una concesión que nace de la libertad y que, además, se expresa dentro de un contexto particular, que los lectores saben ubicar y ponderar.

El congresista Wilson Borja es un ciudadano respetable, que ha sido elegido popularmente y que, por lo demás, debe gozar de todas las garantías que le permitan ejercer, con absoluta independencia, su cargo de representación pública.

El sabrá comprender, que las libertades que fundamentan la dignidad del ejercicio legislativo tienen mucho que ver con las que protegen el derecho a la ironía, al humor corrosivo y a las duras comprensiones o incomprensiones de la caricatura.