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VOCEROS, PROPAGANDISTAS O COMUNICADORES

No es fácil cubrir una guerra tan compleja y sucia como la colombiana.

18 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

No es fácil cubrir una guerra tan compleja y sucia como la colombiana.

Las Torres Gemelas y la calle del Cartucho. Nada más opuesto, nada más distante y, sin embargo, compartieron la dudosa gloria de llenar las pantallas de la CNN; las primeras, por semanas; la segunda, por un día. El universo que las separa, esa distancia entre la dignidad y la miseria humanas, quedó reflejado en la mirada de la cámara gringa.

Ni un muerto, ni un llanto, ni un grito, en la tragedia de los rascacielos. Sangre, escombros, lágrimas, chillidos, en el estercolero bogotano. Respeto para unos, circo para los otros. Así son nuestros amigos del Norte, fieles practicantes de la ley del embudo.

Pero no hablaré de ellos, sino de nosotros. El Gobierno ya ha dicho que no impondrá restricciones a radio y televisión, aunque lo permite la Conmoción Interior. Solo pedirá autorregulación para que los directores de los medios actúen con responsabilidad.

Para muchos dirigentes políticos y sociales, los periodistas somos la correa de transmisión de los grupos armados, sus voceros, y nada les gustaría más que colocarnos una mordaza y quitárnosla solo para cantar sus supuestas hazañas.

Si criticamos a Londoño, les hacemos el juego a las Farc; si ponemos en la picota al Ejercito, también; si entrevistamos a un comandante subversivo y no rematamos cada respuesta con una mención de sus muchos crímenes, simpatizantes. Si informamos de un ataque cruento a una población, magnificamos la capacidad militar guerrillera. Si lo ignoramos, les damos la espalda a las víctimas inocentes. Si los corresponsales extranjeros destacamos las bombas y la capital aterrada del 7 de agosto, creamos mala imagen exterior. Y así, hasta el infinito.

Los guerrilleros opinan igual, solo que al revés. Somos los amanuenses de la oligarquía y todas nuestras informaciones están dirigidas a proteger sus insaciables intereses espurios.

No es fácil cubrir una guerra tan compleja y sucia como la colombiana. A los periodistas, el recrudecimiento del conflicto y el proceso de paz nos cogió con los pantalones abajo. Sobre la marcha, cada cual ha ido adoptando normas, pero no siempre sabemos el camino a seguir.

El collar bomba, por ejemplo, me hizo desconfiar para siempre de las fuentes militares. Una cosa es estar al lado de las instituciones y otra, tragarnos todos sus cuentos. Las fuentes guerrilleras y paras son aún menos fiables. Si a eso sumamos la presión del tiempo y las dificultades evidentes (lugares inaccesibles, ausencia de comunicaciones, mentiras de los actores, ley del silencio) para contrastar informaciones, comprenderán los múltiples errores en los que incurrimos.

La solución sería no hacer la nota hasta tener todos los datos, es decir, después de varios días, o hacerlo con todas las reservas del caso. Lo primero es una quimera en el mundo periodístico en el que nos movemos; lo segundo lo podemos hacer, y no siempre, los que no sentimos en la nuca el jadeo de un editor sediento de sangre.

Otra duda es si debemos o no entrevistar a jefes guerrilleros o paras . Cuando lo hacemos, les colocamos una plataforma para difundir sus ideas y amenazas, o es información necesaria? Pienso que es información, pero otros lo verán como simple propaganda a terrorista.

En las guerras, los Estados toman partido a favor de sus Fuerzas Armadas, lo que comenzaron a hacer tímidamente hace un par de años y ahora de forma más abierta los medios colombianos. Pero eso significa que debemos ocultar fiascos como la Operación 7 de Agosto del pasado año y magnificar la destrucción de laboratorios-cambuches y megacampamentos vacíos?.

El debate lo comenzamos hace rato, al menos entre los periodistas. No tenemos todas las respuestas y aceptamos sugerencias. Lo único claro es que la censura no sirve. Nadie puede tapar la verdad con un dedo; es mejor cambiar de canal o cerrar el periódico.