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REFORMA POLÍTICA EN ESCENA

En vía de recobrar la alegría de leer, después del intermedio lechoso de delicada afección ocular, encontré casualmente la oportunidad apetitosa de mantener en descanso el ejercicio de la vista, asistiendo por televisión al debate parlamentario sobre la reforma política en el Senado de la República. Los presagios de gran camorra resultaron felizmente fallidos. Lo que se dio fue un espectáculo de la inteligencia, sereno, reflexivo y muy ilustrativo, en el cual el don de la palabra, tanto del protagonista ministerial como de las senadoras y los senadores, emuló con la capacidad de raciocinio, la dignidad del lenguaje y su sentido de la medida.

29 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

En vía de recobrar la alegría de leer, después del intermedio lechoso de delicada afección ocular, encontré casualmente la oportunidad apetitosa de mantener en descanso el ejercicio de la vista, asistiendo por televisión al debate parlamentario sobre la reforma política en el Senado de la República. Los presagios de gran camorra resultaron felizmente fallidos. Lo que se dio fue un espectáculo de la inteligencia, sereno, reflexivo y muy ilustrativo, en el cual el don de la palabra, tanto del protagonista ministerial como de las senadoras y los senadores, emuló con la capacidad de raciocinio, la dignidad del lenguaje y su sentido de la medida.

El tema, de suyo conflictivo, se prestaba para una riña de gallos, lo mismo que la calidad y la fama de los oradores. El tono menor, forense y dialéctico, ponderado y ponderoso del ministro Fernando Londoño Hoyos marcó, en su afortunado estreno parlamentario, la pauta para debatir las ideas sin estridencia ni acritud. Planteó las del Gobierno con ductilidad y habilidad, invitando al entendimiento cordial para fortalecer la operatividad del régimen democrático.

Aunque insistiera en reducir el Congreso a una sola Cámara y no callara sobre la eventualidad de la revocatoria del mandato de sus actuales miembros, supo escuchar las razones adversas y dejar abierta la puerta al gran acuerdo nacional que ha propuesto el jefe del Partido Liberal, Horacio Serpa Uribe, para sacar adelante una reforma política de inconfundible aliento democrático. También en otros aspectos neurálgicos debiera haberlo, en lugar de obsesionarnos con que haya oposición sistemática y en toda la línea, adicional a la mortífera de la insurgencia armada.

Contra lo predicho, la atmósfera parlamentaria es francamente propicia a llevar a cabo esa reforma, depurando, profundizando y densificando las propuestas del Gobierno. Incluso con referendo, pero con sistema bicameral y respeto al período constitucional de los actuales legisladores. Ninguna simpatía despiertan aventuras que pudieran asemejarse a las de Fujimori en el Perú y Chávez en Venezuela.

La iniciativa de robustecer a los partidos y de sustituir el juego codicioso en torno de los residuos electorales es ampliamente compartida por la opinión pública, escarmentada por las nocivas consecuencias de las microempresas electorales y por los escándalos pecuniarios a que han dado lugar. No menos la supresión de los llamados auxilios parlamentarios y de los simoníacos repartos burocráticos.

La animadversión por tales auxilios se explica por sus abusos y por la tendencia a convertirlos en la razón de ser del presupuesto y en palanca necesaria para el trámite de los proyectos de ley. En 1966 debimos objetar por inconstitucional el que con cuantioso desequilibrio se había aprobado a pupitrazos. El acto de protesta y de gobierno mucho sirvió para disciplinar el manejo fiscal. Las desastrosas experiencias ulteriores incitan a establecer procedimientos permanentes que eviten semejantes extravíos.

Necesidad y defensa de los partidos.

El auge de las microempresas electorales ha debilitado ciertamente a los partidos y movimientos políticos, sin lograr hacer sus veces ni constituir cauce propicio para aproximar criterios y organizar las voluntades. La clientela política ha sido su resultado y la base de su sobrevivencia, tanto más dadas la elevación del costo de las respectivas campañas y la necesidad de cubrirlo. En esta forma, la democracia termina siendo cuestión de dinero más que de participación popular, carente de espacio para estratos como el de los condenados al desempleo y el marginamiento.

Paradójicamente, el reconocimiento de la necesidad democrática de partidos o movimientos civiles de fuerte raigambre en las masas coincide con la tendencia antipartido, esnob y fachendosa. No parece caerse en la cuenta de que mientras más débiles, dispersas y desorganizadas estén las corrientes de opinión, más probabilidades de éxito tendrán las cohesionadas y disciplinadas fuerzas subversivas y sus atentados terroristas. No vaya a resultar que por abjurar de las colectividades históricas y de la liberal mayoritaria en particular, se les allana el camino a los partidos armados, liberticidas y antidemocráticos.

Desde luego, es menester modificar el régimen electoral que a las presentes circunstancias ha conducido. Estableciendo un mínimo de votos para los miembros de los cuerpos representativos, enmendando la circunscripción nacional, aliviando los gastos abrumadores de las correspondientes campañas y previniendo anomalías como las registradas en los pasados comicios para el Congreso. Como la calentura no sólo está en las sábanas, hay que rediseñar, reestructurar y refinar las normas. En cuanto a lo inmediato, buen paso ha sido el de la designación de la prestigiosa jurista Alma Beatriz Rengifo como cabeza de esa rama, en reemplazo de su idóneo antecesor, Iván Duque Escobar.

abdesp@cable.net.co