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AVANZAR CON OPTIMISMO

La desesperanza percibida hoy en gran parte de los ciudadanos de Colombia, especialmente en la juventud, se asemeja a la que se vive actualmente en diversos lugares del Continente, particularmente en Argentina en donde, al conversar con su gente, parecieran clausuradas la confianza y la ilusión y agotados los caminos para salir de la grave encrucijada en la que se sienten atrapados; una situación a la cual se llegó como consecuencia de pésimas administraciones y de la corrupción de una clase política en la cual ya muy pocos creen y que, paradójicamente, a pesar del caos en el que ha sumido al país, permanece amparada en el pesimismo generalizado y en la ausencia de nuevas alternativas.

01 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

La desesperanza percibida hoy en gran parte de los ciudadanos de Colombia, especialmente en la juventud, se asemeja a la que se vive actualmente en diversos lugares del Continente, particularmente en Argentina en donde, al conversar con su gente, parecieran clausuradas la confianza y la ilusión y agotados los caminos para salir de la grave encrucijada en la que se sienten atrapados; una situación a la cual se llegó como consecuencia de pésimas administraciones y de la corrupción de una clase política en la cual ya muy pocos creen y que, paradójicamente, a pesar del caos en el que ha sumido al país, permanece amparada en el pesimismo generalizado y en la ausencia de nuevas alternativas.

Es incuestionable que los resultados del reciente proceso electoral colombiano abrieron un resquicio de optimismo; sin embargo, también resulta incuestionable que no resistiríamos una frustración más, como la experimentada durante los últimos cuatro años en donde los publicitados cambios fueron los grandes ausentes y, otra vez, desde las cumbres del poder, unos pocos se lucraron de actividades poco transparentes, en desmedro de un pueblo agotado de tanto sufrimiento. De aquí que ese tenue optimismo tendrá que nutrirse de hechos que recuperen la confianza ciudadana. Esta debe ser una tarea prioritaria en la agenda del próximo gobierno. Una labor en la cual, en la misma forma, todos debemos poner aportando entusiastas lo mejor de cada quien en la labor que le competa para lograr de esta manera la impostergable reconstrucción de nuestro país.

A la solución de los graves problemas de desempleo, de la calidad y cobertura de los servicios de educación y de salud, de seguridad y, en especial, del conflicto armado, deben sumarse otras urgentes reformas; como aquella estructural de los sistemas de control imperantes -fiscal, político, interno, disciplinario y ciudadano- que con sus pobres resultados han posibilitado la permanencia e incremento incluso de la corrupción en la administración pública, estimulada por la doble moral de un sector privado que pareciera desentenderse de sus responsabilidades en esta materia. Insisto en este tema en tanto me cuento entre los convencidos de que esta corrupción es la médula de gran parte de nuestros males y creo con optimismo que construyendo los caminos adecuados, podremos enfrentarlo certeramente.

Reitero, este gobierno no puede permitirse nuevos fracasos que conducirían a la desintegración total de la nación. Por ello, como tantos otros amantes de nuestro país, propongo respaldarlo -así discrepemos de algunas de sus propuestas- asumiendo con entusiasmo los retos que se nos planteen, desde el lugar que nos corresponda.