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OTRA REVOCATORIA DEL CONGRESO

Para no engañarnos. La experiencia en materia de revocatoria del Congreso es negra. En 1991, la Asamblea Constituyente decretó, como un castigo, la revocatoria del mandato de los congresistas recién elegidos. Qué pasó luego? Que el nuevo Congreso fue peor que el revocado.

01 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Para no engañarnos. La experiencia en materia de revocatoria del Congreso es negra. En 1991, la Asamblea Constituyente decretó, como un castigo, la revocatoria del mandato de los congresistas recién elegidos. Qué pasó luego? Que el nuevo Congreso fue peor que el revocado.

Lección aprendida. La revocatoria es taquillera ante los medios, sirve de valium colectivo por unas semanas, cabalga sobre el desprestigio del Congreso, genera titulares espectaculares y entrevistas polémicas, pero no resuelve ningún tema estructural.

Esta película ya la vimos. Y terminó mal. Si se revoca a los congresistas actuales y no se da un tiempo razonable de maduración de las nuevas fuerzas políticas, de las nuevas opciones y de una nueva cultura electoral, lo único que se logra es incubar nuevas frustraciones.

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La aprobación de una reforma, acompañada de revocatoria inmediata y nueva elección, no le da tiempo a la ciudadanía para articular un verdadero cambio político.

El resultado es predecible. Nuevas reglas, vieja política. Reforma reluciente, sin tiempo para que los voceros de la renovación estructuren proyectos políticos con vocación de poder.

Una revocatoria apresurada nos dejaría con el pecado del costo multimillonario de una campaña electoral intimidada por todos los agentes del conflicto y la corrupción, y nos privaría del género de una dignificación amplia de la política colombiana.

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La urgencia nacional gira en torno de la reforma pensional, de las reformas tributarias, de la reactivación económica, del orden público, de la superación de la pobreza, de la recuperación del empleo, de la propia reforma política. La urgencia nacional no es la revocatoria del Congreso.

Un Congreso mayoritariamente uribista, estoy seguro, está dispuesto a jalarles a las grandes reformas. El Congreso sabe que está en la mira y que si no cumple, ahí sí vendría contra esta institución una movilización ciudadana de incalculables proporciones y efectos.

Pero si, a la tramitación de las reformas, frente a las cuales no hay tiempo que perder, se introduce la obligatoriedad de la revocatoria, creo, francamente, que se le enreda el caminado al proceso de cambio que el país espera.

Me pregunto yo: vale la pena? Por lo demás, quedamos hasta el copete de candidatos, campañas, tarjetones, discursos, afiches y demás parafernalia electoral.

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Aunque, confieso, me ha sorprendido encontrar que algunos contenidos de las reformas defendidas por el designado ministro Londoño difieren en materia sustancial de lo propuesto por el candidato Uribe (ejemplo: reglamentación férrea de bancadas y castigo de las disidencias), creo que es necesario mantener convocados los apoyos para que el nuevo Presidente pueda cumplirle al país.

Hace bien el presidente Uribe en no dar marcha atrás en su referendo. Eso es admirable y Colombia lo apoya. No más auxilios, ni suplentes, ni contratos.

Queremos un Congreso más eficiente, austero y limpio.

Sin embargo, el concepto de revocatoria-castigo nunca fue planteado así por Uribe en su campaña. Su compromiso son las reformas, no la revocatoria-castigo. Y aunque sería ideal que una vez aprobadas las nuevas normas, inmediatamente pudiera entrar a actuar un Congreso nuevo y reducido, si ello implica poner en peligro las reformas fundamentales se generaría un costo demasiado elevado en un país que ya ha agotado todas sus reservas.

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Y más allá de las normas y del tamaño del Congreso, el verdadero cambio de las costumbres políticas radica en la decisión del gobierno entrante de romper el incesto entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo que se ha tejido en el pasado a punta de clientelas, contratos y componendas con las bancadas mayoritarias.

En eso he visto muy bien a Uribe y a Londoño. Es decir, en evitar que el Gobierno se convierta en un suculento pastel burocrático para repartirlo en cómodas tajadas a sus amigos y aliados.

Si las reformas se aprueban pronto y si se mantiene la buena actitud del gobierno Uribe frente a la independencia del Congreso, bien podríamos esperar en el 2006 el más importante proceso de renovación y depuración de la política colombiana en las últimas décadas. Si se mete a la brava una revocatoria, podríamos abortar grandes oportunidades.