Archivo

LUCES Y SOMBRAS DEL ATPA

Está a punto de convertirse en realidad la renovación y ampliación de la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas (ATPA), por parte del Congreso norteamericano. Es una noticia buena para nuestro país, pero debe ser evaluada objetivamente para no exagerarla en sus alcances. La divulgación de sus efectos favorables constituye una coyuntura propicia para analizar qué factores facilitan o dificultan exportar a los Estados Unidos.

02 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Está a punto de convertirse en realidad la renovación y ampliación de la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas (ATPA), por parte del Congreso norteamericano. Es una noticia buena para nuestro país, pero debe ser evaluada objetivamente para no exagerarla en sus alcances. La divulgación de sus efectos favorables constituye una coyuntura propicia para analizar qué factores facilitan o dificultan exportar a los Estados Unidos.

La competitividad de nuestras exportaciones depende de una gama de variables que incluye aspectos tan disímiles como: los costos internos de producción, los costos de transporte hasta el lugar de destino, la tasa de cambio, la calidad del producto y el cumplimiento en las entregas, entre otros. Por supuesto, esa competitividad se ve seriamente afectada cuando el país potencialmente comprador establece tarifas aduaneras o establece cuotas de importación.

En general, los aranceles en los Estados Unidos no son muy altos y la ley de preferencias arancelarias andinas, que estuvo vigente hasta diciembre de 2001, exoneraba del pago de aranceles a unos 6.000 productos. En la nueva ley se agregan a la categoría de arancel cero otros renglones importantes para la economía colombiana, tales como: textiles, confecciones, calzado, productos de cuero, muebles, orfebrería y atún. Sin embargo, el proteccionismo y la discriminación se siguen aplicando a través del sistema de cuotas de importación que limitan enormemente los beneficios de la exención arancelaria. El verdadero sistema preferente debería ser uno que permitiera una mayor y más rápida apertura en relación con dichas cuotas.

Norte América es el más grande y dinámico mercado del universo y Colombia debe apuntar a la conquista de una porción más significativa de ese mercado. Las compras del Tío Sam al resto del mundo crecieron en la década de los años noventa en un 130 por ciento, para colocarse en el año 2001 en la impresionante cifra de un billón doscientos mil dólares. De ese gran total, un 84 por ciento, está representado en demanda por manufacturas.

Actualmente, Colombia exporta a Estados Unidos unos 6 mil millones de dólares, de los cuales el 60 por ciento son productos primarios. Los nichos importantes por conquistar están en los renglones del área manufacturera.

En textiles y confecciones por ejemplo, la nación más rica de la tierra importó 76.500 millones de dólares durante el año 2001. De esa demanda, los países del sudeste asiático suministraron 21.700 millones, México 9.700, Honduras 2.500 y República Dominicana 2.300 millones de dólares. Colombia apenas provee unos 360 millones.

En muebles, juguetes y calzado, las importaciones de los norteamericanos son igualmente cuantiosas: 25.000, 22.000 y 16.000 millones de dólares respectivamente. De estos renglones, los países del extremo oriente suministran una proporción considerable: 50,, 90, y 75 por ciento, mientras la participación de nuestro país es mínima.

El ATPA es una invitación tentadora para que Colombia dirija sus esfuerzos exportadores hacia el gigantesco mercado norteamericano, pero para que esa estrategia tenga éxito es fundamental que se aprovechen las ventajas comparativas que ofrece la Costa Atlántica para incursionar en los mercados de América del Norte.

Es lamentable que estando tan cerca el Caribe Colombiano de la Costa Este de los Estados Unidos, nuestro país apenas ocupe el puesto treinta entre los proveedores de bienes a esa nación. Transportar una tonelada por vía aérea desde Colombia a Estados Unidos cuesta 85 veces más que transportarla por mar. Los fletes por tierra hasta los puertos de exportación nos hacen perder competitividad.

Un mecanismo como el Atpa se potencializa enormemente si se comprende y valora el papel que puede jugar el Litoral Caribe en la conquista de una porción significativa de los mercados norteamericanos.