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REVOCATORIA NO ES LA PRIORIDAD

El impredecible fantasma de la revocatoria del Congreso volvió a despertarse con los primeros anuncios del gobierno Uribe en materia de reforma política. Un hecho inquietante. Porque hay que recordar la frustrada y costosa experiencia del referendo que propuso hace dos años el presidente Pastrana, que terminó con un peligroso pulso entre poderes y alteró abruptamente el comportamiento de las principales variables económicas. Más allá de la conveniencia de cambiar el calendario electoral, la lección que quedó entonces fue muy contundente: la viabilidad de la reforma depende de la manera como se conduzca el proceso desde la Casa de Nariño.

04 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

El impredecible fantasma de la revocatoria del Congreso volvió a despertarse con los primeros anuncios del gobierno Uribe en materia de reforma política. Un hecho inquietante. Porque hay que recordar la frustrada y costosa experiencia del referendo que propuso hace dos años el presidente Pastrana, que terminó con un peligroso pulso entre poderes y alteró abruptamente el comportamiento de las principales variables económicas. Más allá de la conveniencia de cambiar el calendario electoral, la lección que quedó entonces fue muy contundente: la viabilidad de la reforma depende de la manera como se conduzca el proceso desde la Casa de Nariño.

Sería deseable que el Gobierno que se posesiona el miércoles tenga muy claras sus prioridades. So pena de casar peleas prematuras o entrar en desgastes políticos innecesarios. Poner por delante la polémica de reducir el mandato de los congresistas recién elegidos desata la reacción de los enemigos del cambio y les entrega valiosas herramientas para bloquearlo. El tema causa división y polarización precisamente cuando hay un ambiente de consenso en torno de Uribe y los acuerdos son un terreno más fértil para modificar las reglas del juego político. En la administración de César Gaviria, un pacto amplio terminó en una nueva Constitución, mientras que, en la de Andrés Pastrana, la polarización ahogó en el último minuto un proyecto que ya había recorrido casi todo el camino legislativo. Y eso que el proceso del 91 implicó nuevas elecciones legislativas.

Sería torpe desconocer estas experiencias. La revocatoria, hace una década, no fue ninguna panacea. Al final volvieron los mismos con las mismas, los auxilios parlamentarios se infiltraron con diversos disfraces, a pesar de estar formalmente prohibidos, y los escándalos de corrupción siguieron muy campantes. Para no hablar de la falta de resultados del trabajo puramente legislativo, del desorden de los debates, del carrusel de suplencias y de la feria de microempresas sin coherencia colectiva ni responsabilidades visibles. Hechos inocultables que, no por coincidencia, han desprestigiado al Congreso, hasta el punto de que, según las principales encuestas, ocupa los peores lugares en materia de aceptación pública.

Todo lo anterior corrobora, es cierto, la importancia de la reforma propuesta por el Presidente electo. Pero también confirma que su foco no está en la vendedora iniciativa de revocar por revocar, sino en una reflexión profunda sobre la estructura del Legislativo y las medidas que pueden tomarse para hacerlo más representativo y eficaz.

Los ensayos que han hecho países vecinos para contrarrestar la crisis de legitimidad parlamentaria también arrojan luces valiosas. La reducción del número de miembros o de una de las cámaras ahorra recursos, y eso es importante, pero su magnitud es insignificante frente a las cifras que se manejan en el presupuesto nacional y, en cambio, tiene efectos políticos imprevisibles. Basta ver lo que ha sucedido en los congresos reducidos a una sola cámara por gobernantes de inclinaciones autoritarias como Alberto Fujimori, en el Perú, y Hugo Chávez, en Venezuela, donde se pierden instancias útiles para la reflexión. Y cabe recordar que, en los últimos años, más de un funestomicoi ha sido detectado y eliminado en el paso del Senado a la Cámara o viceversa.

Por eso, más que la reducción de curules o el tránsito hacia el unicameralismo, se necesita discutir el tipo de Congreso que necesita Colombia y pueda ganarse la confianza de sus ciudadanos. Fortalecer los partidos y desincentivar las aventuras individuales, como lo hacen las democracias más maduras, con el fin de esclarecer la responsabilidad política de los elegidos y fortalecer la gobernabilidad, son alternativas que subyugan al futuro ministro del Interior, Fernando Londoño Hoyos.

Ese debate sí es de fondo. También lo es la discusión sobre las prioridades del gobierno que empieza el próximo miércoles. Son el orden público y la seguridad democrática? El cambio político? La reforma pensional? Los costos y sacrificios del ajuste económico? Lo puede hacer todo al tiempo, cuando hay tantos callos que deberá pisar, tanto en la economía como en la política? Quién sabe. En todo caso, la revocatoria del Congreso no parece ser la tarea más urgente. Y sí podría entorpecer la luna de miel del gobierno Uribe y llevarlo a malgastar su capital político. Y la crisis nacional no resiste una frustración más.