Archivo

GRACIAS AL LIBERALISMO NO SE CAYÓ LA ESTANTERÍA

Leí el editorial titulado La indispensable oposición , cual me lleva a hacer los siguientes comentarios.

05 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Leí el editorial titulado La indispensable oposición , cual me lleva a hacer los siguientes comentarios.

Colombia requiere un gobierno fuerte, aunque no autoritario, y una oposición legítima, porque ello fortalece la democracia, impide la tiranía, combate la corrupción, permite un verdadero control político al Ejecutivo y consolida a la sociedad civil. Además, frena a quienes creen que la única oposición posible se ejerce a través de los fusiles.

Esos fueron mis objetivos cuando le declaré la Oposición Patriótica al funesto gobierno que termina. Gracias a esa labor fue menor el impacto negativo de la pésima administración, la anarquía y la insensibilidad demostrada por el Presidente Pastrana, cuyo gobierno será recordado como el más corrupto, improvisado, insensible, inequitativo e impopular de la historia. El liberalismo le cerró el paso al programa neoliberal pastranista, destapó los casos más aberrantes de corrupción protagonizada por los amigos del Jefe del Estado, e impidió el avasallamiento del ordenamiento constitucional. El país no está peor, porque gracias al liberalismo no se derrumbó totalmente la estantería.

No obstante ser oposición, apoyó reformas que se consideraron necesarias. Si se hundió la reforma política fue por la terquedad del Presidente y sus ministros. De igual manera, respaldó la política exterior y fue solidario con los fallidos esfuerzos para alcanzar la paz negociada, en una actitud patriótica que en algunos sectores se malinterpretó de mala fe.

La experiencia nos demostró que el sistema no permite ejercer la oposición a cabalidad. Se requiere una reforma política que garantice el acceso equitativo de la oposición a los medios de comunicación, permita la réplica, haga cierta la independencia del Congreso y operante la moción de censura, asigne a la oposición los órganos de control, reconozca los derechos a las minorías políticas y acepte el disentimiento y la fiscalización.

A pocos días de comenzar el gobierno del presidente Uribe, resulta saludable que el país abra un debate, sereno, maduro y abierto, sobre la necesidad del disentimiento y la crítica, porque el desmedido triunfalismo de los amigos del entrante Mandatario y la arrogancia de algunos de sus designados ministros envían señales equívocas.

Defender la democracia es tarea que no corresponde exclusivamente a la oposición, sino al Gobierno, que debe rodear de plenas garantías a sus contradictores y abandonar los señalamientos a las ONG de derechos humanos, a los ecologistas, a los sindicalistas y a quienes no compartan sus políticas. Lo que se necesita, por el contrario, es fortalecer a la sociedad civil y dejar de ubicarla como objetivo del régimen. Los enemigos son la guerra y sus apologistas, no quienes dentro de la legalidad defienden otro modelo social.

Los medios de comunicación deben promover la pluralidad de pensamiento, siendo objetivos en sus comentarios, aceptando en sus páginas a los voceros de la oposición, evitando los estereotipos y clisés contra los protagonistas de lo público y no doblegándose ni a la seducción ni a las presiones del Gobierno o los poderosos.

Y, por supuesto, los partidos políticos deben demostrar que sí son capaces de modernizarse y construir nuevos paradigmas. Un gran paso en ese sentido lo dio el Partido Liberal al aprobar sus Estatutos, la plataforma ideológica y el Código Disciplinario en consulta popular. El reto de hoy es poner en marcha esos logros.

En la campaña presidencial presenté un proyecto de reforma política que, el pasado 20 de julio, fue puesto a consideración del Congreso por la bancada liberal. La colectividad espera el texto del Gobierno para iniciar el debate. La decisión es hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para que ese pacto democrático sea realidad, pero sobre la base de que tiene que significar un avance y no un retroceso para la nación y para la democracia.

En el campo personal, seré consecuente con mi trayectoria y mi pensamiento político: apoyaré la institucionalidad, sin compromisos con el statu quo; estimularé el espíritu de la Constitución de 1991, sin caer en la ingenuidad de creer que es una obra perfecta; defenderé la democracia y los derechos humanos; me opondré al neoliberalismo y a todas las formas de represión; propiciaré escenarios adecuados para la solución negociada del conflicto armado; y exigiré las grandes reformas sociales que necesita el país.

Espero pronto culminar mi tarea como Director del Liberalismo, pues la colectividad deberá asumir a plenitud el nuevo ordenamiento estatutario y renovarse. Seguiré siendo un militante leal y solidario con mi Partido, y donde quiera que esté defenderé sus legados históricos. Pero, sobre todo, nunca claudicaré en mi compromiso social, ni renunciaré a defender el proyecto político que puse a consideración de mis compatriotas en la campaña electoral.

A pocos días de la posesión del nuevo gobierno, quiero reiterar que mi postura al respecto no ha cambiado: como liberal, apoyaré una cooperación constructiva, sin contraprestaciones de ninguna especie, pero ejerceré a fondo y con independencia el derecho al control político y a la crítica.