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LOS QUE VAN A MORIR

Los que van a morir, señor Presidente, os saludan.

07 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Los que van a morir, señor Presidente, os saludan.

Desde el bando de las Fuerzas Armadas, con los reclutas pagando calendario extendido y con los reservistas a cuestas, convocados por la embajadora de los Estados Unidos antes de que lo haga nuestra Ministra de Defensa. A propósito, propongo que el actual Ministerio de Defensa vuelva a llamarse Ministerio de Guerra, para que no nos olvidemos de en las que estamos.

Desde la guerrilla, con sus efectivos despiadadamente armados en sus decenas de frentes, sumados a los adolescentes aldeanos reclutados a la fuerza, al estilo de Puerto Alvira.

Desde el paramilitarismo, dispuesto a hacer el trabajo sucio de la lucha contra la subversión terrorista y, de paso, despojarla del negocio más fructífero de la Tierra, que además de acabar con la tierra se parrandeó en el ideal libertario.

Desde la población civil o convidados de piedra, para que aprendamos a no entrometernos en el camino de la balacera. Primero los ancianos, los lisiados, las mujeres y los niños, como aconseja la urbanidad, víctimas obligadas de los ataques del terror indiscriminado.

En mi resquebrajada libreta de apuntes encuentro la frase del futurista Marinetti, subrayada en mi adolescencia: Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere , y los emocionados cantos de amor a las maravillas de la guerra de Apollinaire y Dariolemos. Anoche, el ex combatiente León Valencia lanzó un libro, a medias titulado Bienvenida la guerra. Pero ya no estoy tan seguro de que la guerra deba ser saludada.

El señor Presidente debe venir cargado de la mejor voluntad para fabricarnos la paz dándonos la pela de la guerra. Pero como el hombre es su alma más las circunstancias que lo acosan, esperemos que de sus decisiones de mando se desprenda el menor número de muertes. El estar en contra de la guerra no implica desear un estado débil. Con lo que ha venido luchando y sacado ventaja la guerrilla es con la debilidad del Estado. La nueva fortaleza del Estado podría consistir en ganar la guerra sin necesidad de librarla... hasta el exterminio.

Pero antes de que se desencadene la guerra total, y a qué costo, qué va a pasar con los secuestrados, algunos de los cuales son militares que llevan cinco años en cautiverio, otros políticos y funcionarios y comerciantes, y otros hijos humildes de un país que ha soportado impávido su tormento? La guerrilla los ofrece en canje por sus milicianos prisioneros en las cárceles del Estado. Y si es válido el aforismo jurídico de que es preferible absolver a un culpable que condenar a un inocente, por qué no va a imponerse la libertad de los cautivos a costa del castigo de sus captores? Bien sabido es que los guerrilleros trabajan más aplicadamente por su causa en las cárceles que en el monte.

Ha develado la prensa que desde allí ejecutan, a punta de celulares, sus célebres extorsiones, además del cobro por la dormida a los reclusos comunes. Para empezar, su libertad sería la mejor manera de que el Estado recuperara el control de las penitenciarías y evitara tantas fugas penosas. Si se firmare cualquier acuerdo de paz, de todas maneras esos prisioneros terminarían liberados. Y si se pensara en el ataque frontal contra la insurgencia con toda la pirotecnia prometida, con qué alientos atacarían los contingentes del Gobierno a una fuerza protegida por un cinturón de tres mil secuestrados, entre ellos sus compañeros de armas? Se trataría de repetir tres mil veces la tragedia de Diana Turbay, por mencionar sólo un ejemplo?.

Qué alivio para el país que se lograra la libertad de todos los secuestrados aun al precio más alto, que es el que piden. Y que no se les olvidara que con Ingrid y Clara y el gobernador y los militares y los políticos, también estamos esperando al hijo de nuestro poeta nacional Eduardo Carranza, y hermano de nuestra poeta María Mercedes, a Ramiro Carranza. Después sí, que comience el fuego.