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GOBIERNO NUEVO, VIDA NUEVA

Hoy es un día grande y distinto. No se trata de un 7 de agosto cualquiera sino de una fecha ojalá memorable, en la medida en que el Presidente entrante -Alvaro Uribe- entre a suplir todas las falencias y vacíos de su antecesor, Andrés Pastrana. Que no son pocos.

07 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Hoy es un día grande y distinto. No se trata de un 7 de agosto cualquiera sino de una fecha ojalá memorable, en la medida en que el Presidente entrante -Alvaro Uribe- entre a suplir todas las falencias y vacíos de su antecesor, Andrés Pastrana. Que no son pocos.

Fueron muchas las cosas que como candidato ofreció Uribe durante su campaña presidencial. Y los primeros que no deberían rasgarse las vestiduras son aquellos parlamentarios uribistas furiosamente preocupados ante el hecho de que les revoquen su mandato y frente a lo cual -para neutralizar esa decisión- también proponen la revocatoria presidencial.

Pero ellos, esos parlamentarios que votaron por Uribe con tanto entusiasmo, deberían ser consecuentes con las promesas que ante el pueblo planteó su jefe. Básicamente, disminución de las cámaras, pensando inclusive en acoger el sistema unicameral, y revocatoria total de sus miembros, como parte fundamental de la reforma política anunciada con ahínco por el entonces aspirante presidencial.

Claro. Una cosa es el éxito y la popularidad de este ofrecimiento (mejorado además con el congelamiento de los salarios de los congresistas) y otra cosa es el hecho de que eso sea lo más importante para el país. Es decir, la gran prioridad. Aparte de las rabietas de congresistas uribistas que piden que si hay anticipo de elecciones parlamentarias también debería incluirse la revocatoria presidencial, son los economistas a los que más inquieta este tema, puesto que las calificadoras de riesgo internacionales de inmediato se ponen nerviosas y los spreads de los títulos de deuda externa del Gobierno podrían dispararse inusitadamente.

Un editorial de Portafolio publicado el lunes pasado señala específicamente: Queremos insistir en la necesidad de evitar un conflicto entre el Ejecutivo y el Legislativo que paralice la urgente agenda que el Parlamento debe resolver antes del fin de año: las reformas económicas -pensional y tributaria-, así como una nueva ley de seguridad, que no dan espera . Y si el tema de la revocatoria toma más fuerza, en contraste con los demás proyectos de ley, esa inestabilidad puede traducirse en desgaste para Uribe, innecesario y sobre todo gravoso.

Pero, entonces, qué hacer? Promesas son promesas y son para cumplirlas, pues si de algo está aburrido el electorado es de que generalmente se lo pasen por manteca, cuando los candidatos en campaña le ofrecen el oro y el moro y, una vez llegan al poder, salen con un chorro de babas. He ahí el dilema de Uribe para resolver una situación que cuenta con gran respaldo popular, pero que por otra parte es evaluada con honda preocupación tanto por los observadores internacionales como por las calificadoras de riesgo económicas y financieras. Entre otras cosas porque nada garantiza que al reducir el Congreso y convertirlo en una sola cámara salgan elegidos los mejores y no los peores.

Se ignora qué va a hacer Alvaro Uribe para mantener esa fe ciega que tienen los colombianos en su capacidad de liderazgo. Los jefes del empalme -Fabio Echeverri y Rudolf Hommes- no solo han dicho que la olla está raspada sino que, por si fuera poco, hay que soldarla. Lo que resultaría cómodo y simplista sería echarle la culpa de esta situación al Gobierno de Samper, como si no hubiera habido cuatro años espinosos de cacareado manejo económico por parte de la Administración Pastrana. Pero además pienso que -así sea sin proponérselo- casi todos los cambios que sugiere el nuevo Presidente de alguna forma tienden a modificar principios establecidos en la Constitución del 91. Y no creo que a alguien como el ex presidente Gaviria le entusiasme mucho eso: cambiar otra vez el Congreso. Eliminar el Consejo Superior de la Judicatura. Transformar por completo la Corte Constitucional y hasta regular el derecho de tutela, único instrumento con el que los colombianos se han sentido cerca de poder apelar a la justicia con efectos rápidos.

En síntesis: cambiar la Carta del 91 con el ropaje de una gran reforma política (y sin incluir a la insurgencia) tiene toda suerte de reparos y bemoles. Siendo posible, además, que tal estrategia no sea la solución sino tan solo paños de agua tibia para los problemas neurálgicos del país. Hace cuatro años, Pastrana recibió un Gobierno según él completamente desahuciado. Mas, lo que señalan las conclusiones del empalme Pastrana-Uribe es que la situación es todavía peor y las probabilidades de que Colombia se argentinice con un dólar aceleradamente devaluado no son un espejismo sino una hipótesis cada vez más viable y real.

Que Uribe haga lo mejor que él crea, comenzando sin titubeos por la lucha contra la violencia y concretamente contra la guerrilla. Que no desperdicie su capital político en bobadas. Y, sobre todo, que no se aísle del pueblo ni de la opinión. A veces el Palacio de Nariño se convierte en un gueto rosquero e impenetrable. Y ello es lo que el nuevo gobernante tiene que impedir a toda costa para no perder sintonía con la cruda realidad.