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CON LA FURIA DEL CORRALITO, SER CAJERO DE BANCO EN ARGENTINA ES PELIGROSO

Los bancos argentinos se han convertido en centros de trabajo de alto riesgo. Si no, pregúntele a Francisco Bidetti, ejecutivo de cuenta en una sucursal de Bank of Nova Scotia en esta ciudad.

07 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Los bancos argentinos se han convertido en centros de trabajo de alto riesgo. Si no, pregúntele a Francisco Bidetti, ejecutivo de cuenta en una sucursal de Bank of Nova Scotia en esta ciudad.

En mayo, Bidetti estaba a las puertas de la sucursal para dar a los clientes una dosis de malas noticias. La matriz canadiense del banco iba a suspender sus operaciones en Argentina. Y, como había ocurrido desde diciembre, los ahorristas sólo podrían tener acceso a una pequeña parte de sus ahorros.

Un nervioso cliente amenazó con traer una pistola si Bank of Nova Scotia no le devolvía los US$40.000 que tenía en depósito, cuentan Bidetti y otros empleados del banco. Luego, el hombre sacó una jeringa y se la clavó dos veces a Bidetti en su brazo, diciendo que contenía VIH.

Las pruebas del virus del sida le han dado negativas dos veces a Bidetti, pero todavía está temblando. Entiendo sus problemas, pero no es mi culpa , dice.

En estos tiempos, las horas de trabajo de los empleados de banca argentinos están llenas de angustia. Incapaces de dar rienda suelta a su ira por el congelamiento de los depósitos bancarios, los clientes se están desquitando con los cajeros.

En abril, un enfurecido cliente de la sucursal del banco Credicoop lanzó un pesado jarrón de vidrio que fue a dar al gerente de operaciones, Gustavo Labitzke, justo encima de su ceja izquierda. El corte exigió cuatro puntos de sutura. Las cicatrices han sanado, dice Labitzke, pero teme padecer de estrés postraumático. Dicen que estas cosas aparecen mucho más tarde , dice.

La imposición de límites a los retiros por parte del gobierno, conocida como el corralito , vino después de que los argentinos retiraran una enorme cantidad de depósitos a fines de 2001. Los argentinos temían, de forma profética como finalmente ocurrió, que el gobierno recurriría al confiscamiento de depósitos y a la devaluación de la moneda para intentar contener una prolongada recesión y crisis de confianza. Tras congelar los depósitos, el gobierno aumentó el daño en enero al devaluar el peso, que había mantenido una paridad con el dólar desde 1991.

En el centro de Buenos Aires, donde los ahorradores se concentran de manera habitual para realizar manifestaciones, los bancos han cubierto las elegantes fachadas de vidrio con cortinas metálicas reforzadas, que están plagadas de graffiti, llamando ladrones a los banqueros.

El sindicato de trabajadores bancarios dice que el número de empleados que solicita asistencia psicológica se ha triplicado desde diciembre. La Fundación Salvat, un instituto para la capacitación profesional sin fines de lucro, ha estado organizando sesiones de terapia de grupo en bancos internacionales. Pasaron de ser personas que venden productos a gente que dice a otros que no pueden sacar su dinero , dice Graciela Filippi, una psicóloga especializada en temas laborales.

Los ahorradores han utilizado todo tipo de recursos para intimidar a los banqueros. Norberto Roglich, un jubilado diabético de 64 años, había tenido problemas de efectivo para comprar insulina, según su abogado, Martín Navarro. En enero, Roglich compró una réplica de una granada de mano e ingresó en una sucursal del Bansud en la ciudad de Tandil. Mostrando su arma, Roglich logró que el banco le diera la cantidad de efectivo que necesitaba. Antes de que la policía llegara a la casa de Roglich con una orden de arresto, éste ya había escondido el dinero.

Ni los propios banqueros pudieron imaginar lo mal que se pondrían las cosas. Horacio Gallo, un empleado con 35 años de carrera en la sucursal de San Andrés de Giles del Banco Nación, dice que su familia le había consultado durante varios años si era seguro mantener el dinero en los bancos argentinos. Siempre les garantizó que lo era. Mi familia confiaba en mí , dice Gallo, de 57 años. Finalmente, decidió buscar apoyo psiquiátrico, tomar una licencia de dos semanas y hacer un viaje de 100 kilómetros para ir a una clínica de Buenos Aires. Tal como me siento ahora, no creo que pueda volver a trabajar , dice.