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PUDOR Y DESNUDEZ

En estas semanas hemos presenciado un curioso debate sobre los resultados económicos y la situación del país. De acuerdo con un grupo numeroso de economistas, la mayoría de ellos en cargos oficiales o aspirando, la difícil situación del país no es la razón por la cual están nerviosos y pesimistas los analistas del extranjero. Según ellos, esa incertidumbre se deriva de que alguien haya dicho enfáticamente que la olla está desfondada y que hay que soldarla. Es el viejo cuento de los vestidos del emperador, pero con un giro moral: El equipo económico saliente le había hecho creer a la gente en Colombia que afuera los veían vestidos con un lujoso ropaje y aquí principiamos a verlos de la misma manera. Cuando alguien dijo que estaban empelotos lo acusaron de impúdico. El desvergonzado no es el que anda por ahí exhibiéndose sin ropa sino el que le dice que no la tiene!

13 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

En estas semanas hemos presenciado un curioso debate sobre los resultados económicos y la situación del país. De acuerdo con un grupo numeroso de economistas, la mayoría de ellos en cargos oficiales o aspirando, la difícil situación del país no es la razón por la cual están nerviosos y pesimistas los analistas del extranjero. Según ellos, esa incertidumbre se deriva de que alguien haya dicho enfáticamente que la olla está desfondada y que hay que soldarla. Es el viejo cuento de los vestidos del emperador, pero con un giro moral: El equipo económico saliente le había hecho creer a la gente en Colombia que afuera los veían vestidos con un lujoso ropaje y aquí principiamos a verlos de la misma manera. Cuando alguien dijo que estaban empelotos lo acusaron de impúdico. El desvergonzado no es el que anda por ahí exhibiéndose sin ropa sino el que le dice que no la tiene!.

Eso de que no hay que decir la verdad para que la gente no se de cuenta es una vieja maña de las instituciones colombianas supuestamente más serias, y es una maña que hay que erradicar. En el pasado, tanto el Banco de la República como la Federación de Cafeteros y el sector bancario se envolvían en un manto de confusión para que nadie se diera cuenta de lo que hacían y no tuvieran que rendirle cuentas al público. En esa época, por ejemplo, todas las cuentas y las discusiones cafeteras se llevaban a cabo en unidades de medida distintas -el café se vendía por libras, se exportaba en sacos de 60 kilos y se compraba por cargas. Los expertos cafeteros sabían hacer estas conversiones en la cabeza, y los Ministros de Hacienda se ufanaban de poderlas hacer también, no sin dificultad. En la Universidad de los Andes hubo hasta cursos de matemática cafetera (sic), que consistía más o menos en dividir los 60 kilos del saco de exportación por la tasa de conversión de kilos a libras americanas para saber cuanto costaba cada saco.

En el Banco de la República y en la Junta Monetaria hablaban en código. Se expedían resoluciones en lenguaje sibilino para que nadie se diera cuenta que hacían. Cuando querían regalarle plata a Paz del Río o a Fabricato, por ejemplo, expedían una resolución que cubriera a todas las empresas del sector, pero con un pequeño giro gramatical, una coma o un punto y coma que limitaba el beneficio para la empresa objetivo. Y en el sector financiero se pusieron muy bravos cuando los jóvenes graduados en los Sesenta se pusieron a hacer los cálculos y descubrieron que los bancos cobraban tasas absurdamente altas disfrazadas de razonables. Un presidente de una corporación le dijo aun grupo de jóvenes economistas que lo que ellos calculaban -la tasa efectiva de interés activa- era un interés chiflis. Si es tan chiflis, por que no les paga a los ahorradores el interés por adelantado como se los exige a los deudores? le preguntaron. Porque me quiebro. No me crean tan pendejo! .

Ese estilo no ha desaparecido. Hoy en día nadie sabe por qué el Banco de la República sacrifica varios centenares de millones de dólares de las reservas internacionales en una semana para llenar las arcas de los especuladores, cuando esa plata se puede necesitar con mucha urgencia en la eventualidad de una sequía prolongada del mercado financiero (gracias al financiamiento que ha recibido Brasil esto parece ahora remoto, pero no lo era la semana pasada).

Y el juego de espejos entre los economistas nacionales y los analistas internacionales es un vehículo para confundir y un arma política que se utiliza con demasiada frecuencia. Los economistas colombianos con aspiraciones dentro de los partidos tradicionales le soplan a los extranjeros que una reforma política puede ser obstáculo para que se pongan en práctica las reformas económicas. Luego usan los memorandos de los gringos para asustar a los timoratos; y si no les hacen caso, los acusan de imprudentes.