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CUATRO DE ESTOS COLES NO SON COMO LOS OTROS

- Música y ecología A Jessica, de 7 años, le encanta la tranquilidad del colegio El Rosario de Suba tanto como sus maestros. Pero lo que prefiere, por encima de todo, son las clases de música y la posibilidad de tener contacto con los animales, a los otros niños y a mí nos gusta tocar piano, violín y cuidar a los conejos y a las gallinas. Acá nos han enseñado que hay que quererlos, porque ellos pueden sufrir tanto como nosotros .

25 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

- Música y ecología.

A Jessica, de 7 años, le encanta la tranquilidad del colegio El Rosario de Suba tanto como sus maestros. Pero lo que prefiere, por encima de todo, son las clases de música y la posibilidad de tener contacto con los animales, a los otros niños y a mí nos gusta tocar piano, violín y cuidar a los conejos y a las gallinas. Acá nos han enseñado que hay que quererlos, porque ellos pueden sufrir tanto como nosotros .

Esta pequeña resume así los dos principales proyectos de trabajo de este centro educativo: la música y la ecología. Es un colegio pequeño, pero con espacio suficiente para albergar a una orquesta completa y una granja con patos, hámsters y gallinas. También tienen un pequeño sembrado con plantas que los niños ven crecer a diario. A través de la música y la ecología se interrelacionan con su ecosistema. Su encuentro con los instrumentos musicales desarrolla su inteligencia emocional y sensitiva, su trato con los animales les enseña a respetar toda forma de vida , explica la directora, María del Rosario Bosa.

En cada espacio del colegio también se habla del perdón. La guerra ha generado demasiado odio y eso lo saben los alumnos de este plantel, que solo llega hasta cuarto elemental. Siendo tan pequeños, están dispuestos a decirles a los gobernantes y a los violentos que sin perdón no hay justicia y sin justicia no hay paz , sigue.

Por petición de la Secretaría de Educación, de ahora en adelante los estudiantes de otros colegios de Suba van a ir por las tardes a conocer la experiencia de El Rosario y a tomar clases de música. El propósito es educar personas pacíficas promoviendo valores fundamentales como el respeto a la vida.

- Autorregulación, posible.

A diferencia de todos los colegios del país, en el Magdalena Ortega de Nariño los maestros, las estudiantes y los directivos decidieron que no necesitaban un manual de convivencia para que la disciplina y el orden escolar se mantuvieran. Todo lo dejaron en manos de la autorregulación, el respeto y la confianza.

No comer chicle en clase, mantener el uniforme al día, cumplir con las tareas, cuidar el colegio, llegar a tiempo y tratar con respeto a los demás. Nadie obliga a las estudiantes de la jornada de la mañana a cumplir estos compromisos, y sin embargo ellas lo hacen.

Olga de Ferro, coordinadora académica y de convivencia, cuenta que esta propuesta surgió de la necesidad de no estandarizar más el trato que se daba a las alumnas según su comportamiento: Los manuales son listados de normas frías que le dicen al colegio qué hacer cuando un estudiante se porta de una manera o de otra. Desconocen la individualidad y las razones que rigen el modo de ser de una persona .

Si las niñas empiezan a fallar, se dialoga con ellas y se hacen acuerdos personales para mejorar; si la falla es grave, también se habla y en su solución se involucran padres, maestros y hasta compañeras de clase.

Si es el maestro el que falla, tenemos el deber de decírselo, pero de buena manera. Eso es chévere, porque deja uno de tenerles miedo y empieza a tratarlos con confianza , afirma Verónica Santamaría, de 11 años.

La coordinadora dice que el manual les ha hecho falta es para asuntos más delicados, que han sido muy pocos. Son cosas para corregir. En esa tarea están, buscando la manera de llenar los vacíos, siempre y cuando su modelo de autorregulación, con el que han funcionado perfectamente desde 1998, se mantenga.

- Señales de amor.

Los primeros llegaron en 1997. Era un puñado de niños y adolescentes que aparecieron silenciosamente en los salones del colegio Jorge Eliécer Gaitán, de Bogotá. Estos jovencitos -dijeron los maestros- son sordos y a partir de ahora, con el apoyo de intérpretes en los salones de clase, van a cursar sus estudios con nosotros . Hoy son 73.

Natalia Barbosa era una de las recién llegadas. Había terminado su primaria en una institución para sordos, por eso, hacer su bachillerato en un salón lleno de oyentes era todo un reto. No fue fácil para maestros, estudiantes e intérpretes acomodarse al experimento, pero lo lograron poco a poco. Luego de ver las señas de Natalia, el intérprete traduce: Fue bueno ver que muchos compañeros querían aprender a comunicarse con nosotros, y hoy lo logran con una naturalidad inmensa .

Diana Garzón, amiga de Natalia, cuenta que le pareció divertida la idea de integrarse con niños sordos. Por eso se acercó a ellos y buscó la forma de hablarles, así fuera utilizando el lenguaje universal de los gestos, los dibujitos y los papelitos . Hoy las dos amigas se entienden, se cuentan chistes, se regañan y se corrigen en lengua de señas.

Norberto Barrero, jefe del departamento de sociales, afirma que la experiencia ha sido enriquecedora para los docentes, pues aprendimos a ser más creativos a la hora de manejar conceptos específicos y dirigir el trabajo en clase con sordos, oyentes y cada uno de los nueve intérpretes .

- La palabra es solucionar.

Los estudiantes del colegio Heladia Mejía ya no se quejan de los líos que afectan a Barrios Unidos, su localidad. Ahora los solucionan, pero sin acudir a fórmulas milagrosas, pues ya tienen claro que en Colombia abundan políticas, leyes e instituciones para remediar problemas y regular la sociedad. La magia está en conocerlas y utilizarlas.

Este es uno de 33 centros educativos que en todo el país experimentan un modelo pedagógico para el aprendizaje y la práctica de la ciudadanía desde los colegios, como parte del Proyecto Ciudadano de la Fundación Presencia.

El año pasado los alumnos de décimo decidieron resolver el problema del merodeo diario de indigentes por los alrededores del plantel. Al drama que cargan estas personas se sumaba la inseguridad que generaban. Incluso frente a la puerta del colegio había una casa en la que vivían muchos de ellos , recuerda Alejandra Torres, estudiante del colegio.

Primero diagnosticaron el tema. Luego acudieron a la alcaldía local, que los remitió a la Alcaldía Mayor después de decirles que éste era un problema de toda la ciudad.

Al cabo cuatro meses de inmersión en el tema y conocer a las entidades que manejan a esta población, se propusieron crear granjas integrales para resocializar a habitantes de la calle y sus núcleos familiares. Buscamos una solución con las políticas y programas que hay en la ciudad , dice Carolina Cetina.

Aunque las granjas no se han concretado, lograron que el Distrito visitara el colegio, el sector y ofreciera atención social a los indigentes. También se recuperó una casa que ocupaban.

Este año, el problema es otro: prostitución. Los alumnos de noveno lo escogieron, porque los alrededores del Heladia Mejía, en el barrio La Esperanza, también están sembrados de residencias y casas de lenocinio.

La primera mirada al tema los enfrentó con una realidad: no hay políticas claras ni suficientes para el manejo de la prostitución en Bogotá. Por eso ven lejos cualquier solución, pero no renuncian a buscarla. Puede tomarnos más de un año pero no importa. Tiempo y ganas es lo que tenemos , afirman.