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LOS HUÉSPEDES DE EL INFIERNO

Sobre la pared blanca del patio número ocho de la cárcel de máxima seguridad de Valledupar, alguien dejó un mensaje lapidario para los presos nuevos: Bienvenidos a morir en el infierno .

25 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

Sobre la pared blanca del patio número ocho de la cárcel de máxima seguridad de Valledupar, alguien dejó un mensaje lapidario para los presos nuevos: Bienvenidos a morir en el infierno .

Los 155 condenados acaban de subir a sus celdas en los cuatro pisos de la torre. Casi todos están en pantaloneta. Algunos pegan su cuerpo a los barrotes azules. Así intentan escapar del calor endemoniado que envuelve a esta penitenciaría, cuyas torres grises y sus muros coronados por espirales de alambre cortante dominan una planicie árida, a tres kilómetros y medio de Valledupar.

- Aaaagua, que nos asamos...! -grita uno de los condenados. Son las 5:46 de la tarde. El guardia que me acompaña calcula más 30 grados centígrados a la sombra. A pesar de que las horas más calurosas ya pasaron, el aire quema las mejillas y causa escozor en los ojos.

En ninguna de las 800 celdas de las nueve torres de esta penitenciaría hay un ventilador. Tampoco hay agua en forma permanente. Una planta bombea el líquido durante media hora, a las 7 de la mañana, cuando los penados ya están en los patios y pueden bañarse, y durante otros treinta minutos, a las seis de la tarde, para que los prisioneros se duchen en sus celdas antes de acostarse.

Como si se tratara de oro líquido, los condenados recogen agua en fondos plásticos de gaseosa dos litros y los alinean junto al camastro para empaparse la piel y aplacar la sed durante la noche.

Ni dinero ni caciques.

El calor, sin embargo, no es lo verdaderamente demoniaco para todos los reclusos de esta penitenciaría, considerada un modelo de seguridad y resocialización, y cuyo manejo administrativo y tratamiento al interno recibió la certificación del Icontec.

Lo realmente infernal para otros, especialmente para los caciques y los compradores de privilegios, radica en el férreo y exigente régimen disciplinario. Este no admite privilegios y trata con igual dureza al millonario y al desarrapado y les ofrece a todos la oportunidad de educarse y aprender oficios certificados por el Sena.

Los prisioneros se levantan a las cinco de la mañana con el pito estridente de los guardias que recorren los pasillos.

Inmediatamente, como si se tratara de una colmena en desbandada, los presos comienzan a bajar de las torres.

Los que tiene tarjetas prepago hacen cola frente al único teléfono disponible en cada patio. Un interno anota los nombres y luego los llama a gritos, a medida que el aparato queda disponible.

Se uniforman para la contada, se bañan y desayunan con 30 gramos de queso, un pan, un huevo frito y un vaso de café. Con esa ración llegan hasta el almuerzo, pues están prohibidos los caspetes , restaurantes u otro tipo de negocios creados por los reclusos.

Aquí no circula el dinero. Cada interno tiene una cuenta a la que le pueden consignar, cada mes, hasta un salario mínimo. La penitenciaría les vende cigarrillos, jugos, ponquecitos, gaseosas y tarjetas telefónicas y se los descuenta. Así intentan frenar las extorsiones.

Pero estas no han desaparecido. Solo que ahora el mayor botín que pueden lograr los antiguos y temidos caciques de otras prisiones son gaseosas o bolsas de papas fritas.

Al llegar a los patios, los reclusos tienen la única oportunidad de ver televisión en un aparato de uso colectivo, pues en las celdas ni siquiera se permite un radiecito de pilas.

Algunos presos rezan y cantan alabanzas durante tres o cuatro horas seguidas. Uno recién llegado lee Omnibus al Infierno, de Leo Bucaglia. Un interno flaco, de ademanes nerviosos, raspa la pared con la uña, como si buscara una chispa de oro.

- Esto es un moridero!, -grita un habitante del patio seis cuando ve las cámaras de reportero gráfico.

Basta que cualquier extraño asome la cara por alguno de los patios para que le caigan encima varias docenas de miradas, casi todas escrutadoras e intimidantes.

- Disculpe... ustedes son del Inpec?, -me pregunta un hombre de gafas y de rostro triste en el patio cinco.

- Esos manes quiénes son..? - A esos manes hay que echarles mano!, amenaza un interno de mirada inquieta.

A mediodía el calor y el tedio se vuelven insoportables entre estos muros de once metros de alto. Lo único que cambia en el paisaje es el retazo de cielo y los cucaracheros que se posan sobre las espirales de alambre.

Así pueden pasar el resto de sus vidas hombres que ahora tiene 25 ó 30 años y que quizá nunca más podrán recorrer un área más grande que este patio, del tamaño de unas tres canchas de basquetbol.

El que sí logró hacerlo fue Ferney Manrique, un condenado a 21 años. En enero pasado, cuando lo sacaron del penal a palear fango, se fugó por una cañería de aguas negras. Era casi un suicidio.

A pesar de su dureza, algunos internos prefieren esta cárcel. -Aquí uno no ve muertos, a uno no lo violan, ni lo extorsionan. Somos apenas dos internos por cada celda y uno no tiene que pagarle a un cacique , -dice un recluso de la torre nueve.

Sesenta minutos de sol.

La hora del almuerzo es agridulce para los detenidos.

- La comida no es mala, pero es muy poquita, a las dos horas uno no sabe que hacer del hambre tan berraca, -dice un interno. Y, a juzgar por el menú de hoy, tiene razón: carne, arroz, ensalada, sopa y un vaso de jugo. Todo en pequeñas porciones.

Las raciones, establecidas por una nutricionista, son iguales para todos, excepto para los 124 aquejados de alguna enfermedad. El ex senador Alvaro Oviedo, por hipertensión, es uno de ellos. Oviedo, condenado a 39 años por doble homicidio, es monitor de tercero y cuarto de primaria. Dicen que infunde mucho respeto a sus siete alumnos.

Por la dureza de este régimen se han presentado cuatro motines en la penitenciaría, inaugurada en octubre del 2000. Cuando esto sucede, la guardia, un cuerpo elite entrenado con recursos del buró de prisiones de los Estados Unidos, desata una operación con gases lacrimógenos.

Los que intentan atrincherarse en su celdas, lo piensan dos veces. De ellos se encarga un temible equipo de cinco hombres encabezado por un guardia que choca al preso con un escudo antimotines.

Los demás se le abalanzan y en pocos segundos lo inmovilizan como a un toro bravo, lo encadenan de pies y manos y así va a parar a las celdas de aislamiento.

Los detenidos de este pabellón tienen derecho a una hora de sol diaria que reciben en una jaula de barrotes, de unos 25 metros cuadrados.

En estas celdas también permanecen, por su alto perfil, el narcotraficante del Valle, Víctor Patiño Fómeque; Yesid Arteta, ideólogo de las Farc; Luis Fernando Acosta, alias Ñangas , uno de los hombres de Pablo Escobar, y un jefe paramilitar de Magangué, acusado de matar a cinco agentes del DAS, y conocido como El Tigre .

- Su hora de sol, señor Arteta, -le anuncia un guardia mientras le franquea la puerta al insurgente. El hombre, en pantaloneta y chanclas, con la imagen del Che Guevara tatuada en su brazo izquierdo, prefiere tomarla en el corredor del pabellón.

El guerrillero está a punto de terminar una novela titulada La camisa amarilla de don Gabriel.

A pesar de sus antecedentes, estos detenidos son los que menos trabajo le dan a los guardias.

Los de los otros patios rompen los lavamanos, escriben en las paredes Muerte a los hps guardias e intentan formar bandolas que son disueltas de inmediato.

- Aquí respetan o respetan, -advierte el director del penal, Marino Moreno, un mayor retirado de la Policía, especializado en resocialización, que igual responde en tono pedagógico a las inquietudes de los reclusos, o encara a algún interno que intenta intimidarlo y le anuncia en tono áspero: - Aquí el único cacique soy yo, amigo!-.

En esta cárcel no se han registrado muertes violentas, a pesar de que los 1.400 internos tienen condenas superiores a 13 años, la mayoría por homicidio, y algunos pueden acumular sentencias por más de un siglo.

Sin embargo, 44 internos fueron heridos este año con chuzos que los reclusos fabrican con lapiceros, cepillos de dientes y grifería.

La guardia actúa de inmediato cuando hay una riña. -Algunos reclusos sienten tal desesperación que hace un mes uno de los que llaman copados , porque tienen 40 o más años de condena, le pidió a un funcionario: -Mándeme para un lugar donde me puedan matar-.

Los presos solo pueden tener una pantaloneta, chanclas, camiseta, una toalla y una máquina de afeitar, desechable. El uniforme (pantalón y camisa caqui con franjas anaranjadas) es obligatorio durante la contada y en los talleres y actividades educativas.

Lluvia de piropos.

Pero tal vez el mayor tormento para todos es el régimen de visitas. Son cada quince días. Los niños pueden ingresar cada treinta días y los encuentros conyugales ocurren, durante dos horas, cada mes y medio.

El encuentro se cumple en una losa de cemento revestida por una colchoneta de tamaño matrimonial. La penitenciaría les proporciona toalla, jabón y un rollo de papel higiénico.

Algunos reos no hay visto a familiar alguno en el tiempo que llevan aquí. Ochoa es uno de ellos. Está condenado a 40 años y llegó hace año y medio de la Modelo de Cúcuta. Se porta bien y por eso está en la lavandería, junto con otros 21 internos. Se gana una bonificación diaria de 2.500 pesos.

Ochoa pinta carboncillos y escribe cartas adornadas con corazones a cambio de gaseosas y tarjetas telefónicas.

En la última semana pintó a un prisionero pensando en una mujer voluptuosa, vestida de negro, con ligueros y medias encarnadas, que vigila a un par de críos de pañales rojos que gatean hacia un abismo.

- El rojo son las pasiones. Uno las demuestra desde que está pequeño y si no las controla... Vea!, -dice el hombre y se da un tajo en el cuello con el canto de la mano.

La de Valledupar es una cárcel de imágenes inesperadas. Sorprende la presencia de Lina María Quintero, una trabajadora social trigueña y menuda, que recorre radiante el penal, con sus ocho meses de embarazo.

Con ella, hay otras treinta mujeres, entre secretarias, guardias y profesionales, que reciben una lluvia de piropos de los internos: Doctorcita, como está de linda , les dicen cuando se los encuentran de frente. O les gritan -Mamacita rica - , desde el anonimato de la montonera.

El llanto de los duros.

A las diez de la noche las luces de las celdas empiezan a apagarse. A las diez hacemos un recorrido alrededor de la prisión, por el corredor habilitado en lo alto del muro de casi un metro de ancho, y que conecta las nueve garitas.

Marino Moreno, el director, va adelante con un fusil Galil colgado del hombro. Cierra un guardia con un arma similar. Del lado izquierdo se ven matorrales y un cerro enmontado que los guardias miran con desconfianza, sobre todo después de que hombres armados mataron, hace un mes al guardia Bernardo Rodríguez, a un kilómetro de la cárcel, y les mandaron a decir con otro que los iban a matar a todos.

El funcionario duerme en una casa fiscal con su fusil en la cabecera y 200 tiros sobre la mesa de noche. La subdirectora, una maternal funcionaria de 52 años, con magíster en planeación socioeconómica, se acuesta en la casa vecina con la Biblia abierta en el salmo 59, El señor es nuestro protector y un cuadro de la Virgen sobre la almohada.

Recientemente un recluso que se cortó las venas pidió a gritos: -tráiganme a mi cuchita . La subdirectora fue hasta a la enfermería y lo consoló de sus penas durante unos minutos.

Ella los escucha a todos y a veces regaña, como si se tratara de sus nietos.

La prisión se queda en silencio. Hoy tiene 15 nuevos huéspedes que llegaron en un vuelo chárter de Bogotá. Esta mañana los peluquearon a ras, les dieron uniforme y un número de identificación y les hicieron tres entrevistas. Luego se los llevaron esposados para sus celdas. Algunos presos dicen que hasta el hombre más berraco llora aquí la primera noche.

FOTO/Reynel Ruiz EL TIEMPO.

1- Ochoa trabaja en la lavandería y pinta carboncillos en la cárcel de máxima seguridad. Está condenado a 40 años.

2- Aquí pueden estudiar desde primaria o aprender oficios técnicos o artes. Los del Ocho interpretan boleros y rancheras.