Archivo

CAFÉ Y VIOLENCIA: ALERTA TEMPRANA

El orden de las relaciones económicas y políticas de la Colombia de hoy está guiado dominantemente por la lógica militar. La guerra, en efecto, revela algunos de los problemas de fondo de la sociedad colombiana, pero también impide ver otros. Entre los más protuberantes hay que registrar los que se están incubando en las zonas cafeteras.

23 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

El orden de las relaciones económicas y políticas de la Colombia de hoy está guiado dominantemente por la lógica militar. La guerra, en efecto, revela algunos de los problemas de fondo de la sociedad colombiana, pero también impide ver otros. Entre los más protuberantes hay que registrar los que se están incubando en las zonas cafeteras.

El café, como se sabe, contribuyó decisivamente a configurar la estructura agraria e industrial de la moderna Colombia, y se lo consideró por mucho tiempo amortiguador eficaz de tensiones sociales e incluso freno a los experimentos políticos populistas o revolucionarios. Pero sufrió igualmente de manera singular, y con efectos socialmente diferenciados, los embates de la violencia de mediados del siglo XX, fenómeno que condujo a las expulsiones y migraciones a las periferias rurales que, a su vez, dieron origen a un nuevo país, el de las colonizaciones. Estas, como se sabe, se convirtieron rápidamente en el centro de refugio y apuntalamiento de los dos grandes ejes del conflicto contemporáneo: el fenómeno guerrillero y el de los cultivos ilegales, alimentados en alta proporción por las masas empobrecidas del interior del país.

Por otro lado, y contra todos los vaticinios que consideraban el trauma de la Violencia como antídoto de cualquier asomo de inconformidad armada, el mundo de las colonizaciones, con sus conflictos y tensiones, se revirtió en una especie de contragolpe sobre las antiguas zonas cafeteras y hoy estas son escenario de todas las formas entrelazadas de violencia, al igual que tantas otras regiones del territorio nacional.

No escapa, en efecto, a cualquier observador de la sociedad colombiana actual que si en alguna región hay una sensación de degradación de las condiciones sociales, de pérdida de un pasado de prosperidad, es la zona cafetera. El mundo de la colonización regresó al mundo del café para encontrarse con que este se había derrumbado y ya no era más el nicho de idealizadas condiciones de vida.

Este proceso podría describirse entonces como la reconquista del país central por el país periférico, revancha histórica de los expulsados a los márgenes de la sociedad.

La crisis actual se inscribe pues en una crisis de larga duración de lo que podríamos llamar la crisis del modelo agrario en una triple dirección: crisis del modelo agroexportador; no resolución del problema agrario en la zona central del país que expulsó al campesinado a las zonas de colonización, y politización armada de esta colonización, que es al mismo tiempo la de los cultivos ilícitos.

Desplome de los precios internacionales del grano; competencia de cafés asiáticos (Vietnam); imposibilidad de una rápida reconversión a otros productos o al turismo, no sólo por razones geográficas sino por el mismo contexto de guerra; crecientes índices de desempleo; suicidios por deudas, y elevadas tasas de criminalidad, constituyen un acumulado desequilibrante al cual ya no se puede responder sólo desde el café. Para afrontar las dimensiones del desafío, los cafeteros deben dejar de hablar solo con y entre cafeteros. Y el país todo también debe reconocer que ese es un problema no exclusivo de aquellos. Hay que descafeinar el debate y el problema. Sólo así Colombia descubrirá la profundidad de una de las mayores crisis que hasta ahora se ha negado a pensar.

Hay que aceptarlo: el café ha pasado de regulador político, a ser uno de los grandes desestabilizadores de la sociedad colombiana.

Es preciso anticiparse a los impactos y causas de su crisis, ya que aún si se solucionara el conflicto armado mañana, la onda de criminalidad que seguramente sobrevivirá en estas zonas a eventuales acuerdos de paz creará enormes dificultades en la reconstrucción de una seguridad democrática posconflicto. No olvidemos tampoco que tras los acuerdos bipartidistas que pusieron término formal a nuestra guerra sin nombre de la Violencia de los años cincuenta, la zona cafetera fue el principal escenario del bandolerismo. Se repetirá el ciclo?.

Como sea, Colombia se encuentra hoy ante una tarea doble y titánica que no resuelve ocultándola: sustituir simultáneamente cultivos ilícitos y café.

* Profesor Titular del IEPRI, Universidad Nacional