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CAPACIDADES + MEDIOS RESULTADOS

No es la primera vez que se clama por resultados de las Fuerzas Militares en la prolongada confrontación interna que destroza, empobrece y ensangrenta a Colombia. Como es obvio, todos los ansiamos, muchos los desconocen, otros cuantos los minimizan y no faltan quienes los niegan. Mientras tanto, las Farc se regocijan al medir los efectos de su estrategia terrorista sobre la desvertebrada sociedad que sufre sus embates y se desconcierta al pensar que su Fuerza Pública es ineficiente.

23 de agosto 2002 , 12:00 a.m.

No es la primera vez que se clama por resultados de las Fuerzas Militares en la prolongada confrontación interna que destroza, empobrece y ensangrenta a Colombia. Como es obvio, todos los ansiamos, muchos los desconocen, otros cuantos los minimizan y no faltan quienes los niegan. Mientras tanto, las Farc se regocijan al medir los efectos de su estrategia terrorista sobre la desvertebrada sociedad que sufre sus embates y se desconcierta al pensar que su Fuerza Pública es ineficiente.

Para escrutar en la profundidad del asunto, conviene repasar la cuestión planteada en el título de esta columna. Las capacidades de las Fuerzas Militares para batirse exitosamente con la guerrilla quedaron en evidencia cuando esta quiso pasar de la clásica lucha guerrillera a la fase más avanzada del desafío, probada con éxito a bases militares aisladas y columnas en movimiento. Despertaron los mandos a una nueva realidad: la guerrilla había aumentado su poder con base en los astronómicos ingresos del narcotráfico, los secuestros y la extorsión, mientras las Fuerzas Militares habían permanecido estáticas en su imaginario paradigma bélico. Tuvo lugar entonces la profunda transformación iniciada a mediados de 1998, que se tradujo en breve tiempo en golpes devastadores a columnas guerrilleras, reacción aeroterrestre ante ataques sorpresivos y operaciones conjuntas en aire, tierra y ríos, así como nuevas organizaciones contraguerrilleras.

Ante esta nueva realidad, la guerrilla abandonó su estrategia de combate y recurrió al terrorismo, generalizado y brutal. Es esta la forma más difícil de contrarrestar en cualquier parte del mundo. En Irlanda, un Ira numéricamente pequeño como lo es el territorio donde actúa, no ha podido ser desenmascarado por el quizá mejor servicio de inteligencia del mundo, a la par con el israelí, que no ha podido con el terrorismo palestino. Tampoco en España, donde no hay contrastes socioeconómicos que acentúen la dimensión del problema, el gobierno ha dominado al Eta.

La administración Pastrana entregó a la Fuerza Pública medios y recursos abundantes, que elevaron su capacidad de combate e hicieron más contundentes los golpes a la guerrilla. Pero ni el Estado como un todo ni la población civil participaron en la lucha que se delegó, una vez más, en las Fuerzas Armadas. La del doctor Uribe Vélez se empeña con decisión e ímpetu en comprometer la población civil y el Gobierno en la brega, a la vez que incrementa los recursos para la Fuerza Pública, pero el esfuerzo apenas comienza y sería fantasioso esperar resultados inmediatos.

Soplones? Sapos? Colaboradores? Este curioso y paradójico país nuestro se sumerge en contradicciones profundas, cuyo efecto viene a ser en la práctica plantear problemas a las soluciones, en vez de soluciones a los problemas. Todo el mundo coincide en que urge mejorar la inteligencia de los organismos de seguridad. Inteligencia que depende del flujo de informaciones provenientes de la población civil. Pero cuando se trata de organizar esa población para que colabore con la Fuerza Pública suministrándole información oportuna y veraz, sale a flor de piel el veneno que llevamos por dentro, para aplicar epítetos denigrantes a quienes asuman su deber de informar a los organismos de seguridad la presencia de grupos armados fuera de la ley o las actividades clandestinas de sus redes de apoyo.

Así cómo se puede organizar un servicio de información recto, probo, confiable? Estamos condenando a quienes lo integren; sin penetrar en la verdadera intención del proyecto. No se trata de que los informantes se conviertan en usufructuarios de un poder personal sobre vecinos, enemigos o contendientes en casos de desavenencias lugareñas. Los colaboradores de los organismos de seguridad del Estado limitan sus informaciones a lo que afecta el orden público y solamente a eso, sin privilegios o reconocimiento de actividades distintas a las que específicamente se enumeran al configurar las redes de apoyo.

Por otra parte, si la ciudadanía clama por mejorar lo relativo a inteligencia, no puede oponerse en sana lógica a que se organice el flujo de información. La marcha encubierta de fracciones guerrilleras para converger sobre un objetivo en áreas remotas, solo puede detectarse con un servicio de información rural. No es ecuánime ni razonable descalificar el que se comienza a organizar, adjudicándole a priori intenciones malignas y desalentando a quienes deseen colaborar con injurias.

Si exigimos resultados, no escatimemos los medios o la ecuación planteada como título a esta columna jamás podrá tener viabilidad.