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Bares swinger se están poniendo de moda en Ibagué

El intercambio de parejas se realiza a pesar de la censura de la iglesia y otros sectores conservadores, y de lo tradicional que es la capital del Tolima.

21 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Para los que todavía no creen que Ibagué hace tiempo que dejó de ser un pueblo, va esta experiencia:

Eran las 10 de la noche cuando llegamos con Lorena*, en un taxi, a una casa del barrio Limonar sin nada sobresaliente en su fachada.

El conductor pitó dos veces y un hombre corpulento abrió la reja del garaje, no sin antes verificar que teníamos reservación. Subimos cogidos de la mano a lo largo de una escalera estrecha.

Llegamos a un salón parecido al de una discoteca, en el que se insinuaban las siluetas de unas 30 parejas cuya piel brillaba tenue entre los bordes de unas batas bajo las cuáles no había nada de ropa.

Sí. Esto ocurre diariamente en Ibagué. La misma ciudad donde casarse por lo católico, ser fiel, ir a misa los domingos, comer tamal y lechona hacen parte de lo tradicional.

Pero lo cierto también era que todas esas personas estaban allí con sus novias, esposas o compañeras dispuestas a 'prestárselas' a otros para salir de la rutina, para probar algo distinto o sencillamente para concluir que ya no eran el uno para el otro.

Un mesero joven con el torso desnudo dijo que debíamos ponernos la bata y un antifaz. Nos dio tres condones y nos llevó hasta la mesa.

Nos cambiamos y nos sentamos en uno de los 30 módulos que había alrededor de la pista. Enseguida una mesera con acento paisa nos llevó la carta, que incluía varios cócteles cuyos nombres hablan por sí mismos: Seno libre, Orgía de fantasía, Mi pecho sobre tu espalda... 15 mil pesos en promedio. Lorena prefirió media botella de ron, a 65 mil pesos.

Un trago, el nerviosismo de la primiparada, la oscuridad, las otras parejas, la música... La temperatura empezó a subir. Hombres y mujeres bailaban pegando sus cuerpos al ritmo del 'reggaetón'. De ahí en adelante... déjele todo a la imaginación.

Era la media noche cuando llegó el temido momento. Una pareja apareció y se sentó en nuestra mesa. Ella dijo llamarse Diana; él, Germán. Ninguno pasaba de los 40 años. No tardaron mucho en darse cuenta que era nuestra primera experiencia 'swinger'.

Mientras hablábamos de varios temas, en mi cabeza solo rondaba la idea de que si todo salía bien yo iba a terminar 'durmiendo' con la esposa del señor que estaba al frente mío, y quizás muy seguramente con él mirando. Éramos unos perfectos desconocidos, era para volverse loco.

Luego, ellos -como si hablaran de algo normal- contaron que llevaban seis meses en el mundo 'swinger'. Germán es ingeniero civil y trabaja en una multinacional. Diana es odontóloga y tiene su consultorio en Bogotá.

Hacia las 2:00 de la mañana Diana se cansó de la espera y dijo: "¿Bueno, por qué no subimos?".

Realmente yo lo que quería era salir de allí. Sin embargo, no podía echarme para atrás y mientras ascendíamos al tercer piso donde había 12 cuartos recordé los consejos del padre José Vidal, rector del colegio Liceo de Cervantes de Barranquilla, donde estudié mi primaria. Entre ellos el octavo mandamiento: no desearás la mujer del prójimo.

Entonces, intenté devolverme o esconderme, pero ya era tarde. Sin embargo, dos cosas me tranquilizaron: ver a 30 parejas en el mismo plan y un trago de ron puro que me quemó la garganta.

También se me vino a la mente la tarde en que Lorena, mi pareja, me salió con este 'cuento'. Estábamos tomándonos unas cervezas en la Universidad del Tolima cuando ella exclamó 'te tengo el plan del próximo fin de semana'.

Me imaginé que venía a Ibagué Silvestre Dangond, Peter Manjarrés o algún cantante vallenato de los que tanto me gustan. Pero la sorpresa fue grande cuando Lorena me invitó a conocer este bar.

No la tomé en serio, pero la idea me quedó sonando por aquello de la aventura periodística. No sé en qué momento se me ocurrió hablar del tema en un consejo de redacción del periódico. ¡Esa nota va en la próxima edición!, fue la orden.

Y ahí estaba. Dándomelas de macho. Todo por el periodismo.

Diana tomó la iniciativa, se quitó la bata y pasó lo que los swingers quieren que pase. Lorena no era mi novia. Porque si lo fuera realmente lo más seguro es que no habría ido.

Cómo entrar en un bar swinger

Con algo de curiosidad llamé al teléfono celular que me entregó Lorena. Al otro lado me contestó Pedro, quien inmediatamente notó mi nervisismo y mi falta de experiencia.

"¿Usted con quién va a venir?", fue la primera pregunta de Pedro, quien se presentó como administrador del bar.

Una de las normas y punto primordial en el código de ética del mundo 'swingers' es ser heterosexual e ir con su pareja sexual estable.

Una de las funciones de la cita previa con el administrador del bar es poder confirmar que las parejas asistentes cumplen con los anteriores requisitos.

ANDRÉS RESTREPO FALLA
Redactor Tolima 7 días
*Nombre cambiado