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Jóvenes buscan en el Sena de Villavicencio mejor futuro laboral y huir de la violencia

El objetivo de estos jóvenes es poner en práctica sus conocimientos para ayudar a sus familias que se quedaron en su lugar de origen. Llano 7 días cuenta la historia de tres de ellos.

20 de junio 2007 , 12:00 a.m.

José Albeiro Quiroga ya se acostumbró a que cada vez que juega fútbol, sus compañeros lo llamen 'guerrillero'. "Es el estigma que le queda a uno cuando viene de La Macarena (Meta)", dice Quiroga.

Después de terminar el colegio y de ver que en su municipio 'no había mucho por hacer', Albeiro, de 24 años, se despidió de su mamá y subió a una flota el 2 de julio del 2006 con destino a Villavicencio.

"Yo estaba buscando un mejor futuro y proyectarme en la vida. No podía quedarme allá", dice el aprendiz del Centro Agropecuario El Hachón del Sena, quien hoy estudia una carrera técnica en procesamiento de alimentos.

Otra joven , María Ruth Beltrán, hizo lo mismo. Dejó a su familia en Paratebueno (Cundinamarca) y pese a que su papá siempre la regañó, cuando se iba a escondidas a las vaquerías, aprendió a ordeñar con técnica.

"Mi papá decía siempre que las mujeres debíamos estar en la cocina", recuerda la próxima técnica en transferencia de embriones.

Al principio, Ruth le tenía más miedo a las vacas que a los caballos. "Con ellos me sentía en familia -dice- pues en la finca mi papá tenía muchos". Ahora a sus 19 años es una experta ordeñando y ya aprendió a 'manearlas' (amarrarlas) bien, para que no la pateen, como le pasó la primera vez.

"La técnica es cantarles. Aquí encendemos la grabadora y empezamos a ordeñar con música llanera", cuenta Ruth.
Lo único que extraña de Paratebueno es a su familia. "De resto hay de todo, gallinas, cerdos y vacas como en mi casa", afirma.
Por su parte Viviana Reyes, de 20 años, también extraña su casa en Miraflores (Guaviare). Pero no se arrepiente de estar ahora en El Hachón. Allí aprendió algo que desde niña se negó a hacer: ordeñar.

"Mi papá ordeñaba, pero yo nunca iba a ponerle cuidado porque me daba pereza", asegura.

Cuando terminó el colegio no sabía qué hacer. "Solo sabía que era feliz en el campo jodiendo con las vacas".

En enero del 2005 llegó al Sena para estudiar tecnología en administración de empresas agropecuarias. "Ya me defiendo en una finca", asegura.

El truco -dice- es dejar el miedo. El mismo que Jose Albeiro y María Ruth vencieron para llegar a estudiar y huir del conflicto armado, que las Farc tenía sentenciado en su pueblo.

A pesar de esto, los tres desean regresar. "Mi mamá solo cuenta conmigo -afirma Albeiro-, por eso tengo que volver, para montar una microempresa de productos cárnicos o lácteos, porque allá son muy costosos"