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Al lograr que Bush se comprometiera con el medio ambiente, Angela Merkel fue la gran triunfadora de la cumbre del G-8.

08 de junio 2007 , 12:00 a.m.

NO LE FUE NADA MAL a la Unión Europea en cumbre del Grupo de los Ocho, que tuvo lugar en la localidad alemana de Heiligendamm la semana pasada. El éxito llegó de la mano de Angela Merkel, la jefa del Gobierno conservador de Alemania, quien logró lo que parecía imposible: meter en cintura a George W. Bush, al comprometerlo a que Estados Unidos reduzca de forma "considerable" los gases de efecto invernadero, dentro de los parámetros de las Naciones Unidas.

Claro que Merkel no las tuvo todas consigo. Su propósito era sacarle más compromisos a Bush. La idea de la Canciller Federal consistía en que Washington firmara un documento en el que aceptara disminuir en un 50%, hasta el año 2050, las emisiones de los gases de efecto invernadero, que son los que generan el calentamiento de la Tierra.

Bush no se le midió pero Merkel, como hábil negociadora que es, le pidió 10 y se quedó con cinco luego de conseguir que el inquilino de la Casa Blanca admitiera reducir esas emisiones, de acuerdo con lo que concluya el Encuentro Mundial de Ministros de Medio Ambiente, que se llevará a cabo en Bali en diciembre. El objetivo de la líder germana es que, en los próximos 43 años, las temperaturas del planeta no suban más de dos grados centígrados.

"Acordamos que las emisiones de dióxido de carbono deben ser frenadas primero, y luego debemos continuar con reducciones sustanciales. Hemos abierto el camino para que en la reunión de Bali los ministros de Medio Ambiente puedan empezar a negociar", dijo la Jefa del Gobierno germano.

Pocos pensaron que alcanzaría semejante cosa. Hasta ahora, Bush se había negado a avanzar en ese aspecto argumentando que perjudicaría el crecimiento económico de su país. Y lo curioso es que la dirigente se salió con la suya sin enfrentarse con el Presidente.

Desde el inicio de su gobierno, Angela Merkel había tenido entre ceja y ceja esa iniciativa, que puso como tema central de la cumbre. Aquello, debido no sólo a que los europeos parecen estar más preocupados que los norteamericanos por los temas medioambientales, sino también a que la Canciller Federal es una científica que, tal como señaló la semana pasada The New York Times, "ha hecho de la lucha contra el calentamiento global una de sus banderas".

Como en botica

En cuestión de lucha contra el calentamiento global, Merkel está bien encaminada y muy a la moda. No hay líder político que se respete que no opine sobre la materia, en un grupo en el que sin duda lleva la delantera el ex vicepresidente norteamericano Al Gore, gestor del documental Una verdad incómoda quien por su defensa del medio ambiente acaba de ganarse el Premio Príncipe de Asturias en España.

Quienes creen que el calentamiento global requiere políticas globales van por buen camino. Los desastres que podría causar un incremento desmedido de la temperatura terrestre son incalculables. Y es clave que desde ya se sienten las bases para unas políticas de protección al medio ambiente pues el Protocolo de Kyoto, que regula estos aspectos y que no fue ratificado por Estados Unidos, expira dentro de cinco años. También vale la pena llamar al orden a las grandes potencias emergentes, como China e India, México y Brasil.

La cumbre del Grupo de los Ocho, integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia; -cuyo primer encuentro se llevó a cabo en 1975-, no estuvo exenta de la presencia de los manifestantes del grupo ecologista Greenpeace. En lanchas rápidas, los activistas enloquecieron a la policía que los siguió de cerca por las vecinas aguas del Báltico que bañan la villa de Heiligendamm. Otros manifestantes gritaron consignas contra Bush y los demás líderes.

Y, como era de esperarse, no podía faltar un concierto de Bob Geldof y Bono, vocalista de U2, al que asistieron más de 70.000 personas. Porque lo cierto es que estas cumbres del Grupo de los Ocho tienen de todo: gritos, agentes policiales bolillo en mano, gases lacrimógenos, dirigentes de primer nivel, miles de periodistas, ingeniosos manifestantes de Greenpeace. Como dice The New York Times: "Las reuniones del G8 tienen siempre una parte de sustancia, y otra parte de puro teatro". 

TOMA Y DACA

Algunos temieron el regreso de la Guerra Fría, pero al final no pasó nada diferente a un susto: Los protagonistas fueron el presidente ruso Vladimir Putin y su homólogo estadounidense, George W. Bush. El líder ruso amenazó inicialmente con apuntar una serie de misiles hacia Europa si Estados Unidos seguía moviendo sus hombres en Polonia y en República Checa, pero Bush le dio la vuelta al asunto y todo acabó en que Putin le ofreció usar un radar en Azerbaiyán para poner un escudo antimisiles que evite sorpresas desde Irán. Lo mejor del episodio es que la propuesta de Putin tomó por sorpresa a Bush, que no supo inicialmente cómo reaccionar.