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La escuela Militar José María Córdova cumple 100 años de labores

Una radiografía a la promoción del centenario, 300 nuevos oficiales formados para cuidara a la patria.

02 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Juan Camilo Díaz acaba de dar el primer gran paso hacia su sueño: ser general de la República. El viernes, después de tres años de rígida disciplina de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, este tolimense de 24 años recibió su bautizo como oficial en el arma de infantería.

Él y los más de 300 compañeros de graduación salen con un orgullo adicional: ser la promoción del centenario de la escuela, creada en el gobierno del general Rafael Reyes, con la ayuda de una misión chilena que trajo otro general histórico, Rafael Uribe Uribe.

La mayoría de estos muchachos que recibieron el grado de subtenientes, con su traje azul y su sable, hace tres años no sabían qué era ducharse todas las madrugadas con agua fría ni hacer '30 de pecho' por cualquier detallito en la presentación. Tampoco qué era prepararse para un combate en un polígono virtual ni cómo se planeaba una operación de inteligencia.

Pero el caso de Díaz es un poco distinto porque empezó su carrera como suboficial. A los 18 años ya era cabo. En Chocó participó en una operación de cinco días en la selva que dejó 17 guerrilleros muertos y en sus piernas tiene huellas de una mina que explotó dejando a dos compañeros que iban adelante peor heridos que él.

Díaz mostró tanto talento para el mando, que sus superiores lo animaron a que tomara la carrera de oficial. Pero aún con esa experiencia, la escuela no fue para él precisamente un oasis.

De hecho, cien compañeros del comienzo se fueron a lo largo de los tres años porque no aguantaron. Javier Torres, otro de los nuevos oficiales, cuenta que vio partir a su amigo, a su 'lanza', el cadete Triana Triana, cuando en el segundo año, al momento de pasar a alférez, le dijeron que su daltonismo no lo permitiría seguir. También recuerda que de su pueblo llegaron cinco con él al principio y dos se fueron diciendo "esto no es lo mío".

Para Torres, en cambio, el Ejército sí era definitivamente lo suyo. Dejó cinco semestres de derecho para incorporarse a la escuela, aguantó los tres primeros meses sin ver la calle y los diez kilos de menos que le dejó su primera experiencia en la base de Tolemaida. "Aquí decimos que el entrenamiento debe ser tan fuerte que la guerra parezca un descanso", acota.

Al principio, cuando tenía salida, no hacía otra cosa más que dormir, pero el cuerpo y la mente se fueron acostumbrando a la rutina a todo trote de 5 de la mañana a 10 de la noche: las clases en una de las cuatro carreras alternas (derecho, ingeniería civil, educación física y administración de empresas) en la mañana; el entrenamiento militar, en la tarde, y de nuevo estudio en la noche.

"Uno aquí no solo adquiere disciplina sino que aprende a valorar el tiempo, a concentrarse en los objetivos y a dar lo máximo -dice-. Siente qué es tener la responsabilidad de vidas humanas y se da cuenta que en el país hay mucho por hacer".

El subteniente Torres es ahora un artillero como los soldados que conoció en Socorro. Siempre trató de estar en los primeros puestos en todo para poder escoger arma y ya es experto en calcular el ángulo y la dirección de los cañonazos en el combate.

Su compañero Díaz también logró graduarse como hombre de la infantería, aunque estuvo cerca de no hacerlo. Por las secuelas del bombazo en sus piernas, quisieron mandarlo a otra arma, pero apeló demostrando que era uno de los de mejores para ir al frente. "Eso hubiera sido como enjaular a un león", dice.

Torres y Díaz comparten en estos momentos un sentimiento encontrado: viven la ansiedad por ir a enfrentar la realidad y a la vez el temor que traen los altos riesgos de ser militar en este país.

Ambos ya saben cuál será su próximo destino. Uno va para Sogamoso y otro para el batallón Guardia Presidencial. Tratarán de hacer sus primeros méritos para llegar, por qué no, a dirigir el Ejército entero como el general Mario Montoya, quien vino de provincia como ellos, en 1969.

Montoya vivió también los duchazos que le "congelaban hasta los ojos" y muchas semanas sin salida. Recibió la misma capacitación que ellos, aunque sin las ventajas de un polígono virtual, por ejemplo. Y luego fue al frente de batalla. De su promoción, recuerda, 12 alcanzaron el rango de general, pero también 32 murieron en el servicio.