Archivo

Autorretrato del mundo

Esa foto es el autorretrato de la humanidad que no puede concebir su vida sin una cámara en la mano.

notitle
30 de marzo 2016 , 10:54 p.m.

Ay, la especie humana. De verdad qué haríamos sin ella. Cuando todo parece estar perdido en manos de la solemnidad y el abatimiento y el desastre –la vida, en resumen–, siempre hay alguien que saca la cara por nosotros para recordarnos que al final esto es un sainete y que aun en los momentos más dramáticos el hombre tiene, como un as bajo la manga, su infinita capacidad para el ridículo.

Piensen ustedes, si no, en la foto que resume mejor que nada la noticia de esta semana en el mundo, la del secuestro de ese avión que iba de El Cairo a Alejandría, o al revés, y que un orate hizo aterrizar en Chipre bajo la amenaza de estallar un cinturón lleno de bombas. Durante varias horas la prensa internacional transmitió, segundo a segundo, el desarrollo de lo que parecía ser una verdadera tragedia, más en esta época tan paranoica.

Al final resultó que el secuestrador era un desequilibrado mental y que las bombas que llevaba adheridas al cuerpo, metidas como en esa especie de faja de lona blanca que acá muchos usan de verdad para guardar la plata en viajes largos, eran de mentira. La acción no correspondía a un atentado terrorista, como al principio se pensó, sino a una serie de peticiones inconexas de Seif Mustafa, el falso suicida, entre ellas la de ver a su exmujer.

Entonces todo acabó en opereta (por suerte): los rehenes fueron liberados uno a uno y el secuestrador se entregó a la policía con las manos en alto. Luego la prensa lo mostró mejor, ya custodiado en un carro, mientras hacía con los dedos la señal de la victoria. Dice el presidente chipriota que es un hombre con severos problemas psiquiátricos, aunque también sugirió, irónico y malicioso: “Siempre hay una mujer envuelta en estas cosas...”.

Pero la verdadera noticia que produjo este delirante secuestro, más allá del hecho mismo, y cuando al final ya se supo todo y quedó muy claro que no era nada grave y que los rehenes estaban a salvo, la verdadera noticia fue la de uno de los pasajeros que iban a bordo de la malhadada (y no) aeronave: el inglés Ben Innes, quien en medio de la angustia y la confusión decidió cumplir con el ritual sagrado de nuestro tiempo y pidió una foto.

Pero no una foto cualquiera, no. ¡Una foto con el mismísimo secuestrador en plena acción, tomada además por una de las azafatas secuestradas y obligadas a volar a un destino que no era el suyo! Parece que Innes, con total desparpajo y cinismo, sin que le importara nada, se paró y fue hasta donde la auxiliar y le pidió que le dijera en árabe al ‘terrorista’ que si se podía tomar una foto con él.

Así quedó para la historia, de la mano de una competente azafata, la que ya es sin duda la selfi del año, aunque ni siquiera sea una selfi. En ella se ve al pobre Seif Mustafa descamisado y sin consuelo, con unos estropajos en el vientre, donde se supone que llevaba la bomba. A su lado sale un sonriente Ben Innes con camisa azul y un gesto que es a la vez de escepticismo y placidez, de total distancia con lo que está pasando.

Esa foto es también, aunque no sea una selfi, el autorretrato perfecto de la humanidad, o lo que hoy llamamos así todavía: esta especie extraviada y risueña que no puede concebir su vida sin una cámara en la mano, para documentar con ella cuanto le ocurre, desde lo más emocionante o trágico o profundo hasta lo más insignificante. Selfi con una lechuga, selfi con el ladrón que nos va a robar el teléfono; selfi del ladrón luego con su novia.

Y así: estamos tan obsesionados con fotografiar lo que nos pasa que es como si pensáramos que hacerlo es un derecho humano y que todo el mundo debe estar preparado, en cualquier momento, a posar para nuestra vida.
A ser su pretexto y su paisaje. Sonrían.

Juan Esteban Constáin
catuloelperro@hotmail.com