Archivo

Editorial: Alimentos en la basura

Para reducir la vergonzosa cifra anual de comida desechada se debe actuar en distintos campos.

29 de marzo 2016 , 11:16 p.m.

Las cifras estremecen: según el Departamento Nacional de Planeación, 9,76 millones de toneladas de alimentos se pierden o se desperdician al año en el país. Cantidad que serviría para alimentar a 8 millones de personas, que evitaría importar la totalidad de la comida que al año llega al país y, en consecuencia, permitiría ahorrar los más de 5.000 millones de dólares que cuesta.

El panorama se hace más desolador si se mira a la luz de indicadores como el revelado recientemente por la Unicef, según el cual uno de cada diez niños en Colombia sufre de desnutrición crónica. Por donde se la mire, es una situación inaceptable y bastante vergonzosa.

Es necesario aclarar que este triste fenómeno no es exclusivo de esta parte del mundo. Mil trescientos millones de toneladas de comida se desechan anualmente, en un planeta con 900 millones de personas desnutridas.

Sus causas en Colombia son diversas. Desde las de carácter macroeconómico, que llevan incluso a que en ciertas coyunturas los comportamientos del mercado tengan como consecuencia que recoger una cosecha no sea rentable para el productor, hasta unas de profundo arraigo cultural.

Estas últimas apuntan a las razones por las que una persona en un supermercado descarta una fruta solo por su apariencia, no obstante que se encuentre en condiciones perfectamente aptas para el consumo. Simplemente no encaja en un determinado ideal estético. Los más radicales hablan, tal vez con justificación, de una peculiar forma de racismo.

También lleva su parte el atraso, tantas veces comentado, del campo colombiano en términos de acceso a tecnología y conocimiento que ayuden a optimizar los procesos productivos.

Para disminuir esta cifra, desafío inaplazable, se requieren aportes de distinta índole, y aquí sí que es importante el que puedan hacer los ciudadanos. La ya mencionada optimización en los métodos y técnicas de cultivo, cosecha, procesamiento y distribución es fundamental. También lo es el encontrar –mediante la innovación– maneras de que los alimentos que sean descartados por motivos distintos, claro está, a su vencimiento puedan ser aprovechados por los más necesitados.

Es evidente que normas que tienen una razón de ser impiden en algunos casos detener el desperdicio al poner obstáculos a comerciantes dispuestos a darle un destino diferente al del camión de la basura a comida que ya no venderán. Sin descuidar –insistimos– los cánones sanitarios, habría que apostarle a la innovación, incluso a la movilización social, para que estos no se vean más en ese callejón sin salida, económicamente explicable pero éticamente injustificable.

Mientras lo anterior ocurre, la buena noticia es que en este asunto sí que es amplio el campo de acción y grande el potencial transformador de los cambios que los ciudadanos adoptemos. Comprar solo la cantidad que en realidad se va a consumir, tomando nota de las fechas de vencimiento, dejando de lado prejuicios que llevan a descartar productos por motivos que nada tienen que ver con su calidad o sabor.

Una vez más, es un desafío que obliga a actuar con sentido de comunidad. Como con el cambio climático: recordar siempre que no estamos solos. 

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com.co