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Cómo Francisco de Asís logró que el lobo de Gubbio firmara la paz

La historia habla de un lobo que devoraba hombres, el santo lo hizo entender sobre el perdón.

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28 de marzo 2016 , 10:43 p.m.

El lobo en la Edad Media era el símbolo del demonio que amenazaba a la comunidad cristiana. Representaba la vida licenciosa, la avaricia, la astucia, la herejía. El femenino lupa significa loba, prostituta: lupanar, la guarida de la loba. San Francisco de Asís vivió en una época del Medioevo de tan pagana liberalidad para pecar que los lobos, en manada o solitarios, hostigaban a la histérica cristiandad de entonces. No es de extrañar, por eso, que el caballero Francisco, como San Jorge, matador de dragones, sea tenido también por paladín cristiano matador de fieras; él no estaba para matar dragones, sino para amansarlos; si esta fue la actitud de Francisco sería porque muy otro sería el significado del lobo, que en la creencia precristiana era un símbolo sacro.

A más de Francisco de Asís, varios santos se han relacionado con los lobos.

San Patricio recorrió Irlanda montado en un uno de ellos. San Columbano, también evangelizador de Irlanda, los amansó invocando la protección de Dios. Santiago apóstol, bajo la apariencia de un lobo, cuida a los peregrinos que hacen la ruta de Compostela, como lo atestiguan en el paso de Ibañeta. San Froilán obligó al lobo que se comió a su burro a cargar por él sus chécheres de viaje. Para probar la firmeza de su fe, Dios hizo que una fiera de esas se llevara a un hijo de San Eustaquio (el segundo Job, ya en tiempos del Imperio romano). Un lobo acompaña a santa Quiteria, virgen y mártir. Un lobo protege de otras fieras la cabeza decapitada de san Edmundo mártir. San Norberto obligó a un lobo a cuidar un rebaño de ovejas, después de haberle obligado a soltar una que tenía en sus fauces. Otro santo irlandés, san Natalis, maldijo a una familia irlandesa para que cada siete años y por ese mismo lapso uno de sus miembros se convirtiera en lobo. El rey de Gales, Verecio, fue convertido en lobo por san Patricio.

Por otra parte, en esa época era muy fácil convertirse en hombre lobo: por la maldición de un santo (como en los casos de los santos irlandeses citados), por el conjuro de una bruja, por ponerse la piel de ese animal, por dormir desnudo bajo la luz de la luna, por ser el séptimo hijo de una familia pobre, por frotarse ungüentos preparados para tal fin, etc. Para recuperar la forma humana, se lavaban la cara con agua, o se la frotaban con hierbas mojadas de rocío. Los perros reconocían a los hombres lobo y los atacaban. Para probar si San Ronán de Bretaña era uno de ellos, el rey le soltó dos perros; mas Renán, cuando los perros se le abalanzaron, les hizo la señal de la cruz, se calmaron y pasaron a lamerle los pies. Fue absuelto, y la mujer que lo acusó de ser lobo fue tragada por la tierra.

Francisco debió de haber encontrado muchos lobos en su apresurada errancia por el mundo. De uno de esos animales ha quedado memoria para atestiguar su calidad de caballero libertador y pacificador de pueblos. Se trata del lobo de Gubbio, que se cuenta con tan sin igual llaneza que más bien parece un cuento de hadas y que habrá que entenderse más allá de lo literal, para tocar los lindes de lo simbólico, como en el caso de los pájaros. Podía ser también una alegoría del episodio del malvado ladrón, apodado ‘Lobo’, que asaltaba en el camino entre Las Marcas y Umbría.

Este ladrón y feroz asesino, con otros de su calaña, tenía su guarida en el monte La Verna. Por supuesto que no le gustó la llegada de los frailes a sus dominios; allí se le presentó a Francisco y se atrevió a amenazarlo si seguía yendo a esa montaña. Hasta allí llegó su accionar de bandolero, pues, tan amoroso, comprensivo y humano fue el comportamiento de Francisco con él, y tan convincentes, sinceras y firmes fueron sus palabras que el maleante prometió no molestar a los hombres de Francisco, no volver al mal camino y hacerse religioso; y así fue: vivió con los religiosos la experiencia de la oración y en sacrificio en esa montaña y después ingresó a la Orden con el nombre de Fray Agnelo, que le dio el mismo Francisco, amansador de lobos.

Había un lobo rabioso que tenía asolada la amurallada ciudad de Gubbio. Pérfido y voraz, lo mismo que engullía animales que se aventuraban por sus dominios, mataba hombres que se atrevían a salir de la ciudad. Por cierto que los de Gubbio no se estaban quietos aguardando a que el carnicero los matara a todos; armados en partidas, salían con sus perros a cazarlo. Cazaban lobos, sí, pero no era el que buscaban. Para amedrentarlo y correrlo del lugar, los de Gubbio colgaban a sus congéneres, muertos o agónicos, sangrantes por las múltiples heridas que les hacían, en horcas levantadas en la plaza o en las ramas de los árboles de los caminos; nunca fue posible dar con el animal que tenía su guarida en el corazón de la montaña, y porque, como lobo que era de la Edad Media, era tan astuto que para que no lo alcanzaran los perros corría en dirección contraria del viento; así, hasta el día en que el humilde y tonsurado caballero, que había ido a predicar a esa ciudad, en compañía de un hermano, decidió salir en busca de la fiera ante el asombro de los lugareños, algunos de los cuales, temerosos y a escondidas, lo siguieron y después contaron lo que entre el religioso y la bestia aconteció.

Antes se partir, uno de Gubbio le había dicho con aire de conmiseración:

–Padre Francisco, debe usted saber que la mordedura de estos animales es venenosa, pues se alimentan de sapos, y tan terribles son que donde ellos pisan no vuelve a salir hierba. Si va tras el lobo, procure verlo usted primero para poder vencerlo; que si ocurre lo contrario, la bestia lo paraliza y lo devora; si, con la gracia de Dios, usted sale indemne del encuentro, quedará mudo y paralítico por siempre. Mejor no vaya, que no es bueno tentar al diablo.

–Cuídese, padre bendito –le suplicó una mujer, tomando con unción su mano–, que ese animal es enemigo de Dios y de los hombres.

–Ningún mal le he hecho al hermano lobo para que me ataque –le contestó el decidido fraile, en voz alta para que todos lo oyeran, levantando los brazos y la cabeza al cielo, como para que desde allá lo arroparan con el escudo de la fe–. Conservad la salud, hermanos, y temed nomás a Dios.

Se volvió al hermano León para pedirle que mientras él iba tras la fiera quedase en la catedral en oración y penitencia, rogando a todos los santos que ablandaran el corazón de la fiera y lo pusiesen a él a salvo. Los frailes se bendijeron entre sí ante la multitud arrodillada, y Francisco, trazando en el aire la señal de la cruz hacia la montaña, marchó hacia ella, llevado por su valor y confiado al cuidado de la Providencia.

Cuando les dio la espalda, un lugareño malcarado refunfuñó:

–El que se hace oveja, los lobos se lo comen.

Por entre las angostas calles de la ciudad, sombreadas por las altas casas de piedra, llegaron a la puerta de la muralla, y allí el guardia, malcarado también y sucio, desde la garita lo despidió diciendo entre risas, para causar gracia entre los lugareños:

–Lobo no come lobo.

Nadie rió, antes bien, muy serios se fueron detrás del fraile, algunos portando palos, machetes y llevando perros amarrados. Con el religioso a la cabeza, iban de cacería. Las campanas de la catedral de San Mariano y San Jacobo Mártires despidieron al grupo de hombres friolentos y bulliciosos, a la salida de la ciudad. Silenciosos y cautos iban, y más a medida que se adentraban en el bosque, guarida de la más horrenda fiera. Atrás quedó la amurallada ciudad envuelta en la niebla matinal.

Los testigos dijeron que el lobo fue el primero en ver al hermano Francisco y que, no obstante, al religioso, por la gracia de Dios, nada le pasó. Contaron que el rabioso animal, de erizado y gris pelaje, se echó hacia atrás para tomar impulso y se abalanzó contra el fraile, con las fauces abiertas, ardidas de furia, venenosas y babeantes. Que el hermano Francisco le hizo la señal de la cruz y la bestia contuvo al instante su naturaleza fiera: cerró el hocico, amansó los ojos escarlatas y caminó hacia el fraile con la cola caída, cautelosa como un pájaro. Que el hombre de Asís, mirándolo con inmensa pena, le acarició la abatida testuz, y así el animal escuchó las amonestaciones que el hombre le hizo por su maldad y lo que por ello merecía de parte de sus víctimas. Le mencionó la horca. Después le hizo comprender que era posible alcanzar el perdón de parte de sus víctimas y que arrepentido e indultado podría vivir entre ellas, que lo proveerían de sustento y cuidados con la condición que no volviera a hacerles daño y viviese en paz. Que le preguntó si estaba de acuerdo con eso, y el animal asintió con humilde gesto, y que el fraile al final le dijo: Vamos, pues, hermano lobo, a la ciudad y firmemos este acuerdo con sus habitantes a quienes tanto daño has hecho. Yo seré tu garante.

Los ciudadanos de Gubbio lanzaron gritos de júbilo al ver entrar a la cuidad al caballero tonsurado seguido por la bestia a pasitrote. Alabaron a Dios y, bendiciendo al valeroso fraile, validaron el acuerdo que la fiera convertida refrendó colocando su rendida pata delantera sobre la mano izquierda extendida de Francisco, mientras con la derecha trazaba la señal de la cruz sobre la arrepentida cabeza del hermano Lobo:

–Ego te absolvo de omnibus peccatis tuis.

Así acabó la guerra entre los hombres de Gubbio y ese animal que murió de viejo, y el pueblo entero concurrió a su entierro, en homenaje al santo caballero por cuya bondad y valor fue posible que, tras el perdón y la promesa de no volver a matar, conviviera el lobo con los hombres. Los de Gubbio, para atestiguar la veracidad de este suceso, en el sitio donde Francisco se encontró con el lobo, levantaron una capilla llamada La Victorina. Allí mismo, según cuentan, hay una pintura que recuerda el hecho y en la inscripción que tiene se dice que en 1220 aplacó allí San Francisco al pernicioso lobo.

CARLOS BASTIDAS PADILLA
Abogado, Universidad de Nariño. Entre sus obras, ‘Hasta que el odio nos separe’, ‘Vida del general Santander’,  ‘Historia novelada de Francisco de Asís’.