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¿Quién dijo que el sexo es pecado? / Sexo con Esther

Es algo básico: el sexo es una función biológica tan necesaria como respirar, comer o dormir.

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26 de marzo 2016 , 07:04 p.m.

Más allá de las creencias de cada cual, y de las motivaciones o restricciones que se impongan para enfrentar los asuntos de la cama y sus aledaños, me permito decir hoy, al final de esta semana dedicada a la reflexión, que el sexo no es pecado. Y punto.

No se trata de llevarle la contraria a nadie. Simplemente digo que el sexo, una función tan biológica y necesaria como respirar y comer, no merece ser sometido a juicios de valor.

Sin ánimo de criticar o molestar, debo insistir en esto: decir, o siquiera pensar a estas alturas de la vida, que la sexualidad es pecaminosa, sería lo mismo que devolverse a la Edad Media de un salto.

El sexo en sí mismo no tiene ni una pisca de negativo. ¿Quién dijo? Por el contrario: en toda su extensión es un gran aliado del bienestar físico, mental y emocional de la gente... Una buena herramienta para enfrentar la vida como debe ser.

La libertad con la que debe asumirse esta dimensión de las personas no disculpa, sin embargo, a quienes usan el sexo para distorsionar la esencia con que la naturaleza lo creó.

Que no se olvide que la sexualidad tiene dos propósitos esenciales: procrear y obtener placer legítimo; ahora, si mientras se cumple uno se logra el otro, pues qué mejor, ¿no les parece?

Otra cosa muy distinta es que a algunos les dé por explotar sexualmente a otros para alimentar un negocio; por ese camino se atenta contra la dignidad y el respeto que merecen las personas; aquí puedo decir tranquilamente que no solo se comete un pecado, también se incurre en faltas graves que merecen toda clase de censura.

Hay que poner las cosas en su lugar y decir que lo malo de la sexualidad es practicarla (o forzar a otro a practicarla) pasando por encima de los principios y valores que en este aspecto tiene cada quien.

Si alguien, por ejemplo, siente rechazo auténtico por las encamadas por fuera del matrimonio, se respeta; pero también si a otro le gustan, simplemente porque es cosa suya.

Y si me permiten deslizarme por esta vía, valga decir que despotricar desde algunos estrados por las “relaciones antes de las uniones oficiales” no es más que una intromisión indebida en la intimidad de las personas. Lo mismo que convertir en blanco de críticas a quienes, por gusto, no consuman sus uniones en la cama.

Lo digo con vehemencia: meterse bajo las sábanas de los demás sí que debería estar proscrito, tanto como colgar algunas creencias de la genitalidad humana o condicionarlas a las relaciones heterosexuales. Eso es cosa de cada quien, repito.

Claro, cuando digo que el sexo no es pecado, por extensión incluyo en el mismo paquete a la masturbación, ver porno de vez en cuando y echar mano de condones y otros anticonceptivos a la hora del aquello. Nada de eso es de extraterrestres o de gente rara y diabólica; es de seres humanos más comunes y corrientes de lo que todos suponen.

Disculpen la diatriba, pero es urgente restarle tanta mojigatería a la sexualidad. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO