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China, centro del comercio de marfil, crea último refugio de elefantes

En el sur del país, 150 elefantes caminan libres con el objetivo de conseguir perpetuar la especie.

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25 de marzo 2016 , 07:45 p.m.

Protegidos desde la distancia por un grupo de veterinarios y expertos chinos que les siguen los pasos sin importunarlos, en Yunnan, 2.700 kilómetros al suroeste de Pekín, 150 elefantes salvajes caminan libres sin peligro, con el objetivo de conseguir perpetuar la especie del elefante chino. Resulta irónico que este santuario esté en el país que se ha convertido en centro mundial de comercio ilegal de colmillos de elefante y cuya elevada demanda amenaza su especie.

La mayor parte del marfil que se vende en la segunda economía mundial procede de África, donde el tráfico ilegal de este material está provocando una caza furtiva de paquidermos sin precedentes, según datos del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés).

Pero en Xishuangbanna, comarca china que evoca a Tailandia y limita con Laos y Birmania (Myanmar), China ofrece otra imagen.

“Este es uno de los mejores lugares del mundo para los elefantes”, asegura Bao Minwei, uno de los veterinarios de la reserva de Yexianggu en Xishuangbanna, quien se dedica a salvar la vida de aquellos animales que caen presa de trampas de cazadores o de quienes sufren algún tipo de accidente o enfermedad.

La razón principal de que este espacio sea considerado por Bao un “paraíso” es el entorno en el que los animales se mueven: una gran área de bosque no habitado por el hombre, por donde pasan muchos ríos pequeños y que cuenta con abundancia de los alimentos que consumen.

Aquí los elefantes son los dueños, y el Gobierno protege sus derechos por encima, incluso, de los ciudadanos. Y eso está suponiendo un problema.

“Los elefantes salvajes no pueden ser controlados y a veces salen de la reserva, que no tiene fronteras físicas, y se comen los cultivos de granjas de los alrededores”, explica Yang Zhengbin, investigador de la reserva especializado en conservación de la fauna y la flora.

Ante las intromisiones, los campesinos han sacado sus armas, lo que ha provocado una lucha que anualmente cobra la vida de dos lugareños al año, según datos oficiales.

La última tragedia de este tipo se produjo en junio pasado. Una mañana, un matrimonio de campesinos fue sorprendido por una manada de elefantes que había salido de la reserva y apareció en su granja. Poco después, los vecinos encontraron el cuerpo sin vida del hombre y a la mujer, medio enterrada en los cultivos, gravemente herida.

Cuidadores, veterinarios y otros expertos protegen a los elefantes salvajes que viven libres en la reserva de Yexianggu. Foto: Tamara Gil

Durante la festividad del Año Nuevo chino, celebrado este año desde finales de enero hasta mediados de febrero, se ha vivido una escena similar en la región, aunque sin víctimas mortales.

Zhusunya, un elefante salvaje que habita la reserva, ha cruzado los límites del espacio y ha aparecido en carreteras de la zona, sorprendiendo a los turistas que decidieron acercarse al espacio protegido para celebrar el nuevo año del Mono.

Educación ambiental

En una actitud “juguetona”, según describieron los medios locales, Zhusunya destrozó o dañó en cuatro días más de cuarenta vehículos que estaban parqueados, y desapareció.

Los cuidadores creen que el animal está enfadado por no haber encontrado a una compañera de vida, aunque otros creen que lo que lo ha enervado es la presencia de tantos turistas, que han ubicado sus carros en espacios no destinados a ello, por los que suelen pasar los paquidermos.

Por accidentes como estos, el Gobierno ha entregado indemnizaciones de hasta 10 millones de yuanes (1,6 millones de dólares) en los últimos años, si bien los locales las consideran insuficientes. Y los enfrentamientos persisten.

La inexistencia de una frontera física también resulta una amenaza para los elefantes. “En países como Laos y Birmania está menos controlada la caza, y son atacados; aquí hay penas muy duras por matar a un elefante, aunque a veces hay cazadores que cruzan desde esos países”, comenta el investigador Yang.

Una decena de personas se encarga de verificar el estado de salud de los elefantes y de realizar rescates como el de la pequeña Yang Niu, a la que hallaron abandonada hace poco, con tan solo 3 meses de vida y un grave problema de corazón.

Junto a ella, otros diez animales están en cuidados en el hospital que instaló la reserva. “Algunos resultaron heridos por cazadores, otros por peleas entre ellos o con campesinos”, indica el veterinario Bao. Ninguno de los que han salvado consigue volver a adaptarse a la libertad del bosque, reconoce con pesar.

En los inicios de la reserva, abierta en el 2008, también se produjeron incidentes con turistas. El problema lo resolvieron con unas plataformas de madera elevadas. Desde esa altura, aquellos que pagan la entrada al enclave disfrutan de una privilegiada vista de la frondosa vegetación que los rodea y, si hay suerte, consiguen ver a algún animal paseando bajo sus pies.

“Según nuestros cálculos, los elefantes suelen pasar por aquí cada 1,3 días”, dice Zhang Zhongqin, una de las encargadas de la oficina que administra este enorme espacio, en una de esas pasarelas en las que abundan los mensajes para concientizar sobre la protección de este animal y su cuidado.

Y es que ese es el objetivo principal del espacio: generar conciencia a una sociedad para la que el marfil es símbolo de estatus social y que paga caro para conseguirlo.

El mensaje parece llegar a los turistas que visitan Mengyang, aunque se difumina al acabar la pasarela de madera y encontrarse con la llamada “escuela de elefantes”, un espectáculo circense de paquidermos.

Allí, los turistas se agolpan frente a un cuadrilátero de arena parcialmente cerrado por vallas de madera, para disfrutar, móvil en mano para grabarlo, de un espectáculo de trompas que izan banderas a toque de silbato.

“La reserva es uno de los últimos lugares en los que los elefantes salvajes se querrían ver (...). Si se preocuparan realmente por los animales, los tratarían con el respeto que merecen”, critican desde la organización animalista Peta.

El atento equipo que trabaja en la parte “buena” de la reserva se desmarca. “No tenemos nada que ver, fue creado por un tailandés, son elefantes de Tailandia. Los que cuidamos y viven en la reserva son chinos”, defiende la cuidadora Zhang, y asegura, zanjando la conversación, que están en trámites para que el espectáculo se traslade “lejos”.

Mientras, la gente se agolpa para entrar al evento, y los pases se multiplican. Hoy ya se han agotado todas las entradas.

En peligro porque no tienen hábitat

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, sigla en inglés), hay tres causas principales que han llevado a los elefantes asiáticos a estar en peligro de extinción: la fragmentación de su hábitat, la caza ilegal en busca del marfil de sus colmillos y los casos de muertes que resultan cuando son tomados del medio salvaje para usos domésticos. Desde 1996 la especie entró en la categoría de peligro, en vista de la dramática reducción del 50 % del tamaño de su población en las últimas tres generaciones. Para la IUCN, la reducción de estos elefantes se debe sobre todo a que su hábitat se ha perdido por el avance de la agricultura y los asentamientos humanos.

“Cientos de hombres y elefantes mueren anualmente como resultado de esas disputas. El futuro a largo plazo de estas especies fuera de las áreas protegidas, al igual que el de las zonas de reserva, está relacionado con la mitigación de estos conflictos. Este es el más grande reto de conservación de Asia”, explica la IUCN. Esta especie habita en la región con mayor crecimiento de población humana del mundo.

TAMARA GIL
EFE / REPORTAJES