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Johnny Ventura: 76 años y sigue tan campante

Durante su primera visita a Cuba, el dominicano habló de bolero, salsa y política con César Pagano.

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20 de marzo 2016 , 09:02 p.m.

Mientras celebrábamos jubilosos los 500 años de la añeja ciudad de Santiago de Cuba, en julio del 2015, una sorpresa mayúscula fue encontrarnos de golpe con Johnny Ventura, figura del arte dominicano, en su primera visita a Cuba.

Esa visita se produjo en medio de los acercamientos entre la isla y EE. UU., lo cual no pasa desapercibido: “La música es un común denominador de los pueblos del mundo y juega un papel bien importante –asegura–. En mi caso particular, le debo mucho a Cuba, pues nosotros escuchábamos Radio Habana y Radio Progreso como si estuviéramos en la isla. El chachachá y el mambo fueron dos géneros que penetraron el corazón de los norteamericanos. Yo iba a venir a Cuba de todas maneras, no es por esta coyuntura política”. (Lea también: Un Carnaval de Barranquilla sin 'lluvia' de críticas)

Alto, enérgico, apuesto, simpático, corpulento (sin barriga), despierto, conversador, con términos cultivados y hábil como político, este hombre ha cubierto 60 años en la historia musical del continente.

“Johnny Ventura, Juan de Dios Ventura Soriano, nacido y criado en la ciudad de Santo Domingo”, se presenta esta leyenda de 76 años. “El mote de Johnny viene desde 1959, cuando los dominicanos contrarios al dictador Trujillo formaron un frente expedicionario tratando de derrocar al régimen. El piloto de la nave se llamaba como yo y me vino una amable sugerencia para diferenciarnos: que adoptara mi nombre de barrio, Johnny”, explica.

En su familia no había antecedentes musicales, pero él afirma que bailaba desde el vientre de su mamá: “Desde niño cantaba y bailaba. Pero no estaba en mi mente ser artista. Estudié fervorosamente para ser el mejor arquitecto de República Dominicana. Las limitaciones económicas impidieron mi ingreso y tuve que estudiar una carrera corta de secretariado comercial para poder insertarme en el mercado laboral. Allí fue donde se descubrió el artista porque se cumplían actividades culturales cada quince días y entonces allí yo bailaba, cantaba y declamaba”.

¿Hizo estudios musicales?

Estudié canto, música y locución en la Escuela de Canto y Locución de La Voz Dominicana. La Voz del Yuna era la original, en la ciudad de Guanabo, y después al trasladarla a la capital le cambiaron el nombre por La Voz Dominicana. Ganaba el primero, el segundo, el tercer lugar todos los domingos cuando participaba con repertorio de la época de los años 50: Sonora Matancera y ‘¡Ay, cosita linda!’, de Pacho Galán, que la tuve que hacer muchas veces, tanto que el público me puso ‘Cosita linda’.

¿Quiénes fueron sus compañeros de generación?

El gran Vinicio Franco me llevaba dos años, pero casi todos fueron compañeros líricos, como Fausto Cepeda y la popular Grecia Aquino, que cantaba conmigo en la gran Super Orquesta San José, que dirigía Papa Molina. Mayores que yo eran Francis Santana (como diez años) y Joseíto Mateo, mucho más, pues cuando yo era un niño ya admiraba a este rey del merengue. Alberto Beltrán también era de los más connotados y en esos tiempos vino a Cuba y se hizo muy famoso con La Sonora Matancera, ‘El negrito del batey’ y otras canciones que lo elevaron a la fama. Wilfrido Vargas es de una etapa posterior, de otra generación.

¿Su surgimiento fue fácil?

Siempre me preparo, desde el comienzo, y lo sigo haciendo, así se vencen las dificultades. Toqué saxofón, pero cuando surgió Félix del Rosario, un gran maestro, yo colgué el mío y me dediqué a cantar y dirigir. Creo que a Del Rosario le faltó una disquera que hiciera el trabajo de promoción necesario para darlo a conocer continentalmente. Yo grabé con el sello Kubaney, que me abrió las puertas, y con Fonograma, un sello de Billo Frómeta, que me lanzó a Venezuela, Centro y Suramérica.

También me sirvió para Colombia, cuando empecé a actuar en los carnavales de Barranquilla muy temprano. Mis éxitos iniciales fueron ‘María Tomasa’, ‘La resbalosa’, después hicimos ‘Un dilema’, que empieza como bolero de Juan Lockward y que popularizaron Los Panchos, y luego se desarrolla en son montuno. Le adicioné ‘Como me besabas tú’, que era un merengue de mi profesor de música, José Dolores Cerón. Ese popurrí gustó mucho y me catapultó. Después lancé un éxito cubano, ‘1920’ (en Guantánamo), que lo adapté para grupo completo y trascendió. Ese tema después me llevó a EE. UU. y Puerto Rico, y por último a África, en 1968.

Después de esos sucesos, me convertí en el artista que internacionalizaba los éxitos colombianos en el continente. Yo saqué al ámbito internacional ‘La piragua’, de José Barros, y ‘Matilde Lina’, de Leandro Díaz, que fue un éxito grande. La hamaca grande fue otro éxito que se extendió por todos lados. Y ‘Patacón pisao’, de Ramón Chaverra, que me lo entregó en el Hotel del Prado en Barranquilla, en unos carnavales, y al cual no se le tenía mucha confianza, pero fue buena sorpresa cuando explotó.

¿Quién hacía sus arreglos?

El 85 % de los arreglos los hacía yo. Hace tiempo que mi hijo Andy Ventura ha tomado esa tarea, y la dirección musical. Antes la tuvo Pablito Cruz, quien murió hace poco.

¿Qué piensa de Cuco Valoy?

Cuco Valoy empezó como sonero con su hermano Martín Valoy en un dueto donde ellos adoptaron el nombre de Los Ahijados, a semejanza del grupo similar cubano de Los Compadres. Luego hizo su propia orquesta y yo lo promoví en diferentes países, por su calidad lo recomendé como persona y como músico, pues es un excelente compositor y vocalista.

¿Cómo explica el aceleramiento del merengue, que se volvió vertiginoso y abusó de temas anodinos?

El merengue tradicional tuvo una época de apoyo en la época del dictador Trujillo, pero llegó un momento en que se anquilosó, porque los artistas y los grupos querían dedicarle la mayoría de sus trabajos al jefe para obtener sus premios y ventajas. El ritmo del merengue se volvió reiterativo. Justamente ocho meses después de la muerte de Trujillo, yo grabo por primera vez y traigo colores diferentes y se organizan grandes eventos. Es allí cuando presento ‘La agarradera’, donde hay una variedad inmensa de números que siguió en mis otros discos. Nosotros –sin arrogancia– podemos decir que masificamos el merengue, pues no era música aceptada en toda la sociedad. Sin saberlo, a partir de Johnny Ventura aparece una obra renovadora en mis 105 discos. Ese camino era acertado, tanto así que después vino una pléyade de orquestas que siguieron ese mismo camino y triunfaron.

Pero pongo en duda el ejemplo de Wilfrido Vargas, con motivos triviales que parecían merengues para niños...

Wilfrido Vargas hizo aportes muy bien hechos. Él renovó y trajo valiosos recursos a nuestra música del merengue, tanto que yo me he atrevido a decir que de los músicos nuestros es el más talentoso y el que tiene una verdadera fábrica de música que yo admiro y respeto.

¿Qué balance hace de su participación en política?

Mi vida artística fue casi concomitante con mi vida política. Cuando matan a Trujillo, yo tengo 21 años. La música mía, que salió unos meses después, representó un aire de libertad, porque se destaponó aquel anquilosamiento del merengue. Yo mismo me pregunté qué hice en todos esos años y a partir de allí me propuse no ser un ente ausente del bienestar de los dominicanos.

Y empecé a incursionar en el Partido Revolucionario Dominicano, donde uno de sus principales líderes era Francisco Peña Gómez y el presidente Juan Bosch. Peña Gómez había sido compañero mío en la Escuela de Locución y a partir de allí acompañé a mi amigo en sus intentos de ser presidente de la República. Esta vinculación me llevó a ser diputado al Congreso, vicealcalde y luego alcalde de Santo Domingo. No quedé satisfecho, pues mis propias expectativas eran muy altas y el exiguo presupuesto que manejábamos era muy limitado para resolver los problemas mayores de las 17 alcaldías zonales, en más de 1.700 kilómetros cuadrados de ciudad con un presupuesto de 90 millones de dólares al año, para ese tiempo.

¿Cuál ha sido su sueño mayor como artista?

Después de casi 60 años haciendo música, lo que procuro es ganarme el cariño y la aceptación de la gente, y el público me lo devuelve con mucho entusiasmo y con demostraciones de afecto. Todo eso me hace pensar que hemos hecho algo razonable y digno.

¿Qué le recomienda al joven que se inicia en la música?

Siempre recomiendo lo mismo: la preparación seria y profunda. La música es una ciencia y un arte muy volátil que evoluciona y si no estás pertrechado para asimilar sus distintos campos y para desarrollar luego lo tuyo y defenderlo con solvencia, te frustras. Un aprendiz debe definir primero lo que quiere ser y hacer, para tener buenos resultados, y pienso que la preparación es fundamental para lograr esos fines.

¿Cuál es la situación del bolero en República Dominicana y los países que recorre?

Pienso que el bolero ha sido apartado de la difusión. Cuando empecé a escuchar bellas letras de boleros en la Casa Museo de Miguel Matamoros, aquí en Santiago de Cuba, recordé tantas cosas. Me pregunto por qué ahora las nuevas generaciones le ponen tan poca atención a ese tipo de creaciones. Pienso que el mundo se ha ido por la tangente. A través de los compositores, ellos sabían expresar sentimientos muy bellos. No sé si nos hemos debilitado en la educación y los jóvenes no se dan a sí mismos una formación de mejor gusto a través de la lectura, porque parece que lo que les importa es el mercado y la moda.

El mercado determina mucho o todo. A partir de que Nueva York se convirtió en la meca, una ciudad de máquinas, la ligereza en todos los aspectos se ha impuesto. Cuando Phidias Danilo Escalona, el locutor que hacía muchas horas de radio, gozó de popularidad entre los caraqueños, fue él quien creó la expresión salsa. Creo que Pacheco tomó ese vocablo publicitario y se lo llevó a Nueva York y lo regó por el mundo. Nos ha tocado aceptar esa moda con trabajo porque cada ritmo tiene su nombre: son, guaracha, guajira, mambo, bolero, etc.

¿Está de acuerdo en que el epicentro de la salsa se ha desplazado al triángulo Venezuela, Perú y Colombia?

Agrégale a esa aspiración a República Dominicana, porque tenemos una cantidad de muchachitos artistas que están haciendo salsa con mucho cariño: Chiquito Team Band, Brabford, Athos, Alice Marq, hay ocho o nueve de un movimiento nuevo que les falta penetración internacional. Nacen en una época con dificultad, donde no hay un periodista radial que los impulse, pero aspiro a que los conozcan por su calidad y formen una explosión mundial.

¿Por qué no había venido antes a Cuba?

Porque no soy artista de tours. Yo tocaba todos los días hasta cuatro veces en distintos lugares. Logré concertar para venir a Varadero, pero entonces ocurrió la invasión de Granada (1983), se pospuso el Festival y no volví a tener fecha. Fue en esa oportunidad cuando recomendé y di los datos de Oscar D’ León, quien vino y formó todo un alboroto sabroso. Fue todo un suceso que hasta dejó polémica.

Sus claves personales

“Me he casado tres veces y el último matrimonio lleva 45 años. Siete hijos, 16 nietos y dos bisnietos. Dos han salido músicos, actúo con la orquesta de uno de ellos”.

“Fui de los jóvenes de clubes de lecturas clásicas como el ‘Quijote’. Con esa avidez he leído a Gabriel García Márquez e incluso libros para entender las redes y los medios de comunicación. Era muy cineasta, no me gusta la ciencia ficción. Me gustan las películas donde puedo aprender algo y crecer en mi interior”.

“Me encanta que me cocinen. No desayuno, porque en mi casa en los primeros 17 años no hubo esa comida y me quedó esa costumbre. Después yo comía lo que aparecía. Siempre estoy preparado para comer”.

CÉSAR PAGANO
Especial para EL TIEMPO