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Las últimas familias que resisten en el cerro de Monserrate

Así es la vida de los pocos habitantes que quedan en uno de los sitios más visitados de la capital.

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20 de marzo 2016 , 08:10 p.m.

Lejos de los visitantes, una familia de arrieros cruza a lomo de mula las rejas que separan a Monserrate de un sendero prohibido en un lugar en el que, además de figuras religiosas, han vivido cuatro generaciones de campesinos.

Según cuenta Carlos Andrés Meza, investigador del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), “desde los cerros orientales hasta la cuenca del río Teusacá habitaron campesinos que se dedicaban a la extracción de leña y carbón. Estas tierras fueron producto del intercambio de su trabajo con familias adineradas de Bogotá”.

Esta historia es frecuente escucharla entre los campesinos de la zona que heredaron esas tierras, como Cristóbal Cruz, quien ha vivido y trabajado desde hace 40 años en los alrededores del cerro, a la sombra de miles de turistas, que en un día normal pueden sumar 20.000 personas.

“Desde chiquito mi papá me enseñó a trabajar el campo, sembrábamos de todo, maíz, papa, porque estos terrenos son muy fértiles. Pero ahora subo la remesa, las canastas de cerveza y todo lo que los vendedores del cerro necesitan para los turistas, porque vivir solo del campo es muy duro”, lamentó Cruz.

Así es su rutina

A las 9 de la mañana este campesino encincha a sus siete mulas y sale de la casa que construyó con bahareque, barro y tejas. A las 10, recoge en la Circunvalar los productos que se venderán durante la Semana Santa en este punto.

Cory Forero, la autora de las fotografías que acompañan este artículo, estuvo con ellos durante un mes y logró observar cómo los hijos de estos pobladores se divierten en el campo, cómo una abuela de 90 años conserva la costumbre de desgranar el maíz que luego consume y cómo cuidan las mulas que les ayudan a soportar las cargas.

Laura Riaño –asistente de monseñor Sergio Pulido, encargado del santuario– comenta que “a los arrieros les permitimos pasar porque los vendedores no tienen otra forma de subir sus enseres, ya que el teleférico y el funicular no se pueden utilizar todos los días para subir cargas pesadas como las que llevan en los caballos”.

Pero la situación es muy diferente para Blanca Rodríguez, quien con su esposo y sus hijos vive en un terreno público, el cual, de acuerdo con el Instituto Distrital de Gestión de Riesgos (Idiger), desde 1977 fue declarado reserva forestal.

“Monserrate no es un lugar turístico para nosotros, es nuestro hogar, no tenemos a dónde más ir, aquí nacimos y de aquí no nos vamos”, afirma Blanca.

Esta situación se presenta desde el 2002 cuando el Distrito desalojó a más de 170 familias que vivían en el sendero y a las que después de un acuerdo se les compraron los predios.

“Muchas de estas familias, a pesar de que fueron indemnizadas, insisten en que esos terrenos son una herencia de sus ancestros. Otros dicen que también debemos indemnizar a los hijos, y es ilógico pagar dos veces por el mismo predio; por esa razón, regresaron a ocupar el espacio público”, afirmó la alcaldía local de Santa Fe.

Pero a Blanca lo que más le preocupa es que esta semana mayor no pueda salir a vender sus jugos a los deportistas y visitantes, ya que, por orden del Idiger, el sendero peatonal estará cerrado hasta noviembre, debido a las obras de mantenimiento que se están adelantando allí.

A esto se le suman las 20 intervenciones en las que se retirarán casetas y viviendas que pueden resultar afectadas por el rodamiento de piedras.

“Esperamos que antes de reabrir el paso 20 de las actuaciones de recuperación de espacio público se hayan ejecutado, aunque sabemos que es muy difícil porque mientras desalojamos a uno, tres más están regresando a invadir”, señaló la alcaldía local de Santa Fe.

Ante esto, en Monserrate se preparan para lo que, según Laura Riaño, puede ser una Semana Santa diferente. “Sabemos que los vendedores que antes estaban en el sendero peatonal harán todo lo posible por saltar las rejas para vender aquí adentro”, dice.

Mientras tanto, Cristóbal y su familia continuarán trabajando sin que los turistas se enteren de que aún quedan rastros de los primeros pobladores de uno de los lugares más visitados en esta Semana Santa en el país.

LEIDY TATIANA ROJAS
Especial para EL TIEMPO